Albert Camus y el pensamiento laico

Vida y obra de Camus

El pasado 7 de noviembre de 2013 se cumplieron 100 años del nacimiento del escritor, ensayista, dramaturgo, periodista y filósofo francoargelino Albert Camus Sintes, calificado de existencialista por algunos, aunque él personalmente negó siempre pertenecer a dicha corriente de pensamiento. Nació en Argelia, pero su familia eran colonos franceses o “Pied Noirs”. 

Albert fue siempre crítico de los dogmáticos y de la violencia, sea cual fuere su origen o causa, al punto de prescindir de las revoluciones de su Argelia en busca de la independencia. “En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel. Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre”, fue su respuesta a la interrogante efectuada por un estudiante que abogaba por la “justa” Revolución Argelina.

Casi no conoció a su padre, pues éste falleció cuando Albert tenía poco más de un año de vida, como soldado en la Primera Guerra Mundial, el año 1914 en la Batalla de Marne, Francia. Pese a ello, le acompañó siempre el recuerdo de una anécdota, que encontraba a Lucien en una ejecución pública asqueado de la escena, pese a que en primera instancia apoyó la medida contra el condenado asesino de una familia que incluía menores. 

A los 17 años de edad comienza su tuberculosis, que le acompañará el resto de su fecunda vida, mientras cursaba sus primeros estudios de filosofía en la Universidad de Argel, los cuales no logró terminar por dicha causa. 

Su obra comienza el año 1935 cuando empieza a escribir El Revés y el Derecho a la par de su afiliación al Partido Comunista, en su visión antifascista, anticolonialista y antiimperialista que, para Camus, son un todo. “El fascismo no es más que la expresión definitiva del capitalismo acorralado”. La obra se publica en 1937, con Camus ya fuera del partido y separado también de su primera mujer, tras 2 años de matrimonio. 

En 1936 fundó su primera compañía de teatro donde adaptó numerosas obras de Malraux, Gorki, Dostoievski, entre otros, y a los dos años siguientes comienza su vida de periodista en el Alger-Republicain, para continuar luego en varios otros medios como Paris-Soir y Combat, y con distintas funciones y cargos. En 1939 publica su ensayo Bodas. El año 1942 publica su novela El Extranjero y su ensayo El Mito de Sísifo que le valen excelentes críticas y le tornan conocido, comenzando su amistad con el reconocido filósofo Jean Paul Sartre. 

En 1944 aparecen sus obras de teatro Calígula y El Malentendido. Tres años más tarde publica su novela La Peste. Un año más tarde hace entrega de su ensayo Cartas a un Amigo Alemán y de su obra de teatro Estado de Sitio, a los que les siguen su pieza teatral Los Justos en 1950 y el ensayo El Hombre Rebelde, un año después. Cierran su bibliografía El Verano, Reflexiones sobre la Guillotina, sus novelas La Caída, El Exilio y el Reino y su obra de teatro póstuma Los Posesos. 

En dicho intervalo, se casa nuevamente, esta vez con Francine Faure, y tiene dos hijos: Catherine y Jean. Es distinguido con el Premio Nobel de Literatura en 1957. El 4 de enero de 1960 muere en un absurdo accidente automovilístico, aunque en palabras de su doctor “con sus pulmones demasiado dañados Camus no habría llegado a viejo”.

Humanista a toda prueba

La vida de Camus estuvo marcada por su humanismo y laicismo, los que reflejó no sólo en su extensa producción intelectual recién mencionada, sino consecuentemente con su pensar y su actuar. En sus propias palabras, tal como él utilizaba sus personajes para expresarse, develaremos el carácter de este autor, con motivo de extraer de sus citas la enseñanza que su legado deja.

Rebelde a lo que acontecía en su entorno  – léase Segunda Guerra Mundial, alza del fascismo y nazismo, guerrillas independentistas en África, etc. -, colocó al hombre siempre en primer lugar y guió sus conductas en ese ámbito. “Cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie”. ¿Cómo no va a ser digna de ejecución esa frase tan célebre de Camus? Qué contemporánea además, hoy donde las cadenas se representan de múltiples formas, pero con el mismo efecto: supresión de libertad al hombre. 

Del mismo modo, a través de La Peste, nos regala este sabio consejo: “El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere” y de paso, una reflexión: “Si es cierto que los hombres se empeñan en proponerse ejemplos y modelos que llaman héroes, y si es absolutamente necesario que haya un héroe en esta historia, el cronista propone justamente a este héroe insignificante y borroso que no tenía más que un poco de bondad en el corazón y un ideal aparentemente ridículo. Esto dará a la verdad lo que le pertenece, a la suma de dos y dos el total de cuatro, y al heroísmo el lugar secundario que debe ocupar inmediatamente después y nunca antes de la generosa exigencia de la felicidad. Esto dará también a esta crónica su verdadero carácter, que debe ser el de un relato hecho con buenos sentimientos, es decir, con sentimientos que no son ni ostensiblemente malos, ni exaltan a la manera torpe de un espectáculo”, en clara alusión a las religiones imperantes.

Embelesado y convencido  – “Hay más cosas de admirar en el humano que de despreciar” –   no sujeta al hombre al precepto eclesiástico, mostrando su lado más ateo-humanista: “No se puede disertar sobre la moral. He visto a personas obrar mal con mucha moral y compruebo todos los días que la honradez no necesita reglas. El hombre absurdo no puede admitir sino una moral, la que no se separa de Dios, la que se dicta. Pero vive justamente fuera de ese Dios. En cuanto a las otras (e incluyo también al inmoralismo), el hombre absurdo no ve en ellas sino justificaciones, y no tiene nada que justificar. Parto aquí del principio de su inocencia”,  párrafo extraído de El Mito de Sísifo.

 “Lo importante – dijo Castel – no es que esta manera de razonar sea o no buena, lo importante es que obligue a reflexionar”, señala a su vez en La Peste, en concordancia con el espíritu de los postulados del laicismo, defensor de la libertad y promotor de la reflexión, del uso de la razón en un marco de tolerancia.

Sumado a la anécdota en que, según sus biógrafos y acorde a su aversión a los honores, estuvo a punto de rechazar el Premio Nobel cuando le fue otorgado, pues consideraba que su amigo Malraux “lo merecía mucho más”, nos demuestra su rebeldía ante el fácil camino de la fama y la idolatría: “Después de los fracasos no hay nada más peligroso que el éxito”, respondía en una entrevista en plena entrega del Nobel reforzada hoy por otra de sus frases célebres “No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”. 

Pasada por Chile

Albert Camus recorrió tierras chilenas en su gira latinoamericana el año 1949, donde alabó nuestra geografía que le hizo sentirse reconfortado con lo que llamó la ternura de los volcanes, aunque a la vez se vio sorprendido por la Ley de Defensa de la Democracia, de González Videla, que prohibió al Partido Comunista o Partido Progresista Nacional y les despojó de sus cargos públicos en ese entonces, y por la protesta denominada en su minuto “el chauchazo” que incluyó quema de buses y enfrentamiento entre Carabineros y manifestantes contrarios al alza de 20 centavos en el pasaje. 

Su periplo nos regaló su visita durante 5 días en agosto, donde realizó conferencias en la Universidad de Chile y en el Instituto Chileno-Francés de Cultura, entrevistas en radio y periódicos y coloquios con estudiantes, literatos y filósofos. “Me hallo bien en Chile y podría vivir aquí un tiempo, en otras circunstancias”.

Hijos de la carencia

Negado a la posibilidad de la “vida eterna” predicada en algunas religiones monoteístas, equilibra lúcidamente la disyuntiva del mundo actual en su pregunta planteada en La Peste: “¿Quién podría afirmar que una eternidad de dicha puede compensar un instante de dolor humano?". La historia del hombre nos ha plagado de ejemplos al respecto donde, religión mediante, se han cometido atrocidades de todas las magnitudes posibles. ¿No es acaso una invitación perfecta a la reflexión al respecto? Y no solo a la meditación, sino al hecho: “Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción”. 

“Seguramente Dios no existe, porque si existiese los curas no serían necesarios”, manifestaba Camus a través de uno de sus personajes en el mismo libro, en una marcada invitación a reflexionar sobre la importancia de un humanismo prescindiendo de la religión. Remarcado esto en el diálogo entre Paneloux y Rieux: “Hermanos míos –dijo al fin Paneloux, anunciando que iba a terminar–, el amor de Dios es un amor difícil. Implica el abandono total de sí mismo y el desprecio de la propia persona. Porque sólo él puede borrar el sufrimiento y la muerte de los niños, sólo él puede hacerla necesaria, mas es imposible comprenderla y lo único que nos queda es quererla. Ésta es la difícil lección que quiero compartir con vosotros. Ésta es la fe, cruel a los ojos de los hombres, decisiva a los ojos de Dios, al cual hay que acercarse. Es preciso que nos pongamos a la altura de esta imagen terrible. Sobre esa cumbre todo se confundirá y se igualará, la verdad brotará de la aparente injusticia. Por esto en muchas iglesias del Mediodía de Francia duermen los pestíferos desde hace siglos bajo las losas del coro, y los sacerdotes hablan sobre sus tumbas, y el espíritu que propagan brota de estas cenizas en las que también los niños pusieron su parte Justamente. Puede llegarse a ser un santo sin Dios; ése es el único problema concreto que admito hoy día. Es posible -respondió el doctor-, pero, sabe usted, yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos… No tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre”. 

Pocas veces ha sido posible ver como una frase se contrapone de manera tan correcta a un completo parlamento. La novela hace ostensible en su recorrido la manifestación del espíritu librepensador, de la fraternidad y la libertad individual, en contraposición a la autoridad extraterritorial y los autoritarismos, como ejes de un mundo solidario que permita alejarnos del absurdo en que estamos inmersos.

Esa interrogante lo sometió a continua discusión con los suyos, como cuando le planteó a Jean Grenier, su primer profesor de filosofía: “No estoy seguro de ser un intelectual. No soy un filósofo. Lo que me interesa saber es cómo hay que comportarse. Y más exactamente, cómo puede uno comportarse cuando no se cree ni en Dios ni en la razón”.

Estimo que de cierta manera se respondió al señalar  “Me siento más próximo a los valores del mundo antiguo que a los valores cristianos”. Personalmente, estoy cien por ciento representado en esta frase de Camus.

Resolver esta cuestión no es trivial y es algo que ocupa a muchos laicistas, tanto en el 1950 como en nuestra época actual. Pese a que hemos avanzado como humanidad en libertades, derechos y deberes, el estado actual del mundo, traducido en ignorancia, en luchas de poder transformadas en leyes intolerantes (como el reciente caso de Uganda) o, simplemente, en guerras, solo entrega desazón a quienes requieren de un entorno mucho más humano y afable, convirtiendo en terreno fértil para las religiones la población de este planeta  constituyendo a los distintos dioses en “hijos de la carencia”, como señaló Camus en alguna ocasión.

Albert Camus Iniciativa Laicista 12

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