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Aconfesionalidad en España: El Cautivo de Doña Mencía

Uno de los obstáculos con los que nos en­contramos es el desconocimiento y/o ter­giversación intencionada, del significado de los términos y objetivos relacionados con la laicidad, que la asocian a estar en contra de lo religioso. Este mensaje for­mó parte de la propaganda del régimen teocrático que se impuso durante los cua­renta años de dictadura franquista. Recor­demos que, según la narrativa de la época, «el caudillo Franco» llegó a la jefatura del Estado “por la gracia de Dios”, olvidando la guerra civil tras el golpe de estado contra el gobierno elegido democráticamente. En este tenebroso periodo de nuestra histo­ria, la simbiosis Iglesia-Estado alcanzó tal intensidad que resultaba difícil discernir dónde terminaba una y empezaba otro.

Durante los más de cuarenta años en de­mocracia, instituciones y representantes políticos de todos los colores, han sosla­yado esta cuestión y seguimos viviendo en un estado definido como aconfesional en la Constitución, pero que en la realidad es «criptoconfesional», cuando no explíci­tamente clerical, ya que los tentáculos de la iglesia católica siguen penetrando en todos los ámbitos de la sociedad, incluido el Estado, siendo frecuente la presencia de representantes públicos en manifestacio­nes religiosas de toda Índole en ostenta­ción del cargo que ocupan.

Resultan lamentables hechos como el ocu­rrido recientemente en la población de Arahal, donde la corporación municipal aprueba que el centro de salud se deno­mine «Santísimo Cristo de la Esperanza»

Supongo que los habitantes de este mu­nicipio querrán que los profesionales del centro de salud los atiendan de acuerdo con los mejores conocimientos médicos disponibles y no que cuando acudan sean bendecidos o tratados con plegarias tal como sugiere su nombre.

Necesitamos una labor pedagógica, acla­rando conceptos y demandando a los re­presentantes en las instituciones que no solo se proclamen demócratas, sino que actúen como tales. Especialmente desde los ayuntamientos por su cercanía a la población.

Aunque en otros idiomas, como el francés, laicidad y laicismo se utilizan indistinta­mente por entender que son sinónimos, en nuestra lengua castellana, tan rica en matices, resulta conveniente hacer una distinción: Entendemos por laicidad un principio que establece la separación entre la sociedad civil y la religiosa. Se trataría de estable­cer un régimen social de convivencia, en el que las instituciones políticas estén le­gitimadas por la soberanía popular y no por elementos religiosos. Así, con “Laici­dad del Estado», entendemos la condición de emancipación, es decir, liberarse de la subordinación o dependencia del Estado de las organizaciones religiosas.

La tres pilares de la laicidad

Los tres pilares sobre los que descansa la laicidad son: 1– La libertad de concien­cia. lo que significa que la religión es libre pero solo compromete a los creyentes, y el ateísmo es, igualmente, libre pero solo compromete a los ateos. 2– La igualdad de derechos, que impide todo privilegio pú­blico de la religión o del ateísmo. Se trata del valor ético consistente en “la igualdad ciudadana en el ámbito de lo público», que intenta garantizar “el derecho a la diferen­cia sin diferencia de derechos». 3– La Uni­versalidad de la acción pública, es decir, sin discriminación de ningún tipo.

El laicismo evoca el movimiento histórico que reivindica la emancipación laica. Se trata de las ideas y las actuaciones orienta­das a la consecución y defensa del Estado Laico, la laicidad de sus instituciones y la actuación consecuente de los cargos públi­cos en el ejercicio de sus funciones. Implica un posicionamiento político de exigencia al Estado democrático del cumplimiento de la laicidad, en el que se deberían situar todos los representantes políticos que se postulen como demócratas al margen de sus creencias religiosas o no. Por último, “laicista” hace referencia, o bien, a las per­sonas partidarias del principio de la laici­dad y del laicismo como movimiento para conseguirla, o al modelo de organización, en el que se aplican los principios de la lai­cidad en su estructura u organización.

Terminemos recordando lo que nos dice André Comte-Sponville en su Diccionario Filosófica «La laicidad nos permite vivir juntos, a pesar de nuestras diferencias de opinión y de creencia. Por eso es buena. Por eso es necesaria. No es lo contrario de la religión. Es, indisociablemente, lo contra­rio del clericalismo (que querría someter el Estado a la Iglesia) y del totalitarismo (que pretendería someter las Iglesias al Estado)».

Antonio Pintor Álvarez es médico. Miembro de Córdoba Laica

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