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¿Es constitucional el Funeral de Estado celebrado en la catedral de La Almudena?

No es concebible que el Gobierno decrete un Funeral de Estado confesional, siendo España un Estado Aconfesional. Aquí algo falla y ningún Gobierno se preocupa de ponerle remedio

Si tenemos en cuenta que el funeral de Estado es una ceremonia funeraria pública en honor de Jefes de Estado o Gobierno de una nación, o de alguna otra figura de relevancia nacional ¿se puede llamar funeral de Estado a un acto eminentemente político y confesional?

El ex-presidente Suárez recibió cristiana sepultura en el claustro de la catedral de Ávila -esa era su voluntad- junto a los restos de su esposa. El funeral religioso fue concelebrado por varios obispos y sacerdotes católicos, conforme a su fe y creencias.

Fue despedido con el cariño y respeto del pueblo llano que se volcó para darle el último adiós y agradecer su magna labor -que no le reconoció en vida- con la dignidad, pompa y solemnidad que merecía. Recibió los honores militares que protocolariamente le correspondían y fue asimismo condecorado con el Collar de la Real Orden de Carlos III que, a título póstumo, le fue impuesto por el Jefe del Estado.

Si a ésto añadimos que el Art. 16.3 de la Constitución dice literalmente que: ninguna confesión tendrá carácter estatal, al acto celebrado en la madrileña catedral de la Almudena se le puede llamar cualquier cosa menos funeral de estado.

No es concebible que el Gobierno decrete un Funeral de Estado confesional, siendo España un Estado Aconfesional. No se justifica ni aunque el Jefe del Estado siga ostentando el Título de Rey Católico, un Título otorgado en 1496 por la Bula «Si convenit» del Papa Alejandro VI -también conocido como el Papa Borgia- uno de los personajes más siniestros y corruptos de la Historia de la Iglesia. Un título al que, en mi opinión, debería haber renunciado el monarca hace tiempo, por sí y sus descendientes; ello le eximiría, tal vez, de doblar la cerviz y besar la mano -un gesto humillante y servil absolutamente anacrónico- del jerarca católico de turno.

Aquí algo falla y ningún Gobierno se preocupa de ponerle remedio; ni siquiera el Sr. Zapatero pasó de una tímida tentativa. No importa el color o signo político, en materia religiosa nada cambió, en la práctica, desde los tiempos del Nacional-catolicismo. Leyes las hay, pero ni se cumplen ni se hacen cumplir; ni por gobernantes que juran sus cargos sobre la Constitución ni por los que lo hacen sobre la Santa Biblia. Y me pregunto qué puesto o cargo ocupa en el organigrama del Estado la figura del Cardenal Arzobispo de Madrid, que justifique su presencia en actos públicos, ya sean religiosos o civiles.

Los políticos en general, el Gobierno y la Casa Real, con el Rey a la cabeza, o no saben o no quieren limitar lo privado de lo público, en materia religiosa se entiende, porque en otros asuntos son bien celosos de preservar su privacidad.

Dicho ésto y a la vista de quiénes asistieron al funeral, los Reyes, los Príncipes de Asturias, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy -que el sábado enterró a un hermano en Pontevedra- y la práctica totalidad de los ministros, excepto el de Economía, Luis de Guindos, que se encontraba de viaje en Bruselas. También lo hicieron los tres ex-presidentes del Gobierno, así como los presidentes de las diecisiete comunidades autónomas y los de Ceuta y Melilla así como los presidentes del Congreso, Senado, Tribunal Constitucional, Poder Judicial, Consejo de Estado, Tribunal de Cuentas y Consejo Económico y Social, así como la Defensora del Pueblo y el Fiscal General del Estado; el líder socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, los portavoces en el Parlamento de las diferentes formaciones políticas, los miembros de las mesas del Congreso y el Senado; presidentes de comisiones parlamentarias y ex-presidentes de las dos cámaras; ex-ministros de los gobiernos del fallecido expresidente Suárez; el presidente de la CEOE, Juan Rosell, y algunos "padres" de la Constitución como Miquel Roca y José Pedro Pérez Llorca y un tercer "padre" que también asistió, aunque me pregunto cómo tuvo la poca vergüenza siendo de dominio público la deslealtad, por no llamarle traición, que tuvo para con el fallecido ex-presidente. Entre las autoridades locales, además del presidente autonómico, estaban la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y la delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes.

Con este selecto elenco de actores asistentes, colijo que el acto político-religioso, más que para honrar la figura de Don Adolfo Suárez, fue organizado para lucimiento y exhibición personal de convocantes y convovados, aprovechando el tirón y prestigio del finado; distraernos de los serios problemas que atraviesa el país, cuya responsabilidad nadie asume y, a la vez, dar al mundo una imagen de unidad y normalidad que no se corresponde con la realidad que día a día vivimos los españoles.

Sin embargo el acto puede calificarse de verdadero fracaso habida cuenta la exigua e irrelevante nómina de representantes extranjeros. Entre los más relevantes estaban el incombustible político, ex-primer ministro portugués y presidente de la Comisión Europea, José Manuel Duraõ Barroso; el primer ministro marroquí, Abdelilah Benkirán, algunos embajadores, diplomáticos, un ex-gobernador y ex-senador de los Estados Unidos de América y, para rematar el dictador Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial, único Jefe de Estado, a quién le faltó tiempo para poner en evidencia al monarca al «agradecer públicamente al Rey su influencia para participar en un acto en el Instituto Cervantes en Bruselas»; algo que podría calificarse como cacicada real aunque el portavoz de Zarzuela se haya apresuró a desmentirlo.
Todo un éxito de nuestra diplomacia o ¿un despropósito más del Ejecutivo de Mariano Rajoy? Juzguen ustedes mismos, pero el daño está hecho.

Para añadir alicientes al evento, el Señor de Villalba, Príncipe de la Iglesia Católica y Arzobispo de Madrid, monseñor Rouco Varela, pronunció una homilía, que más parecía una arenga política, con mucha retórica y en clave apocalíptica, en la que también recordó «la necesidad de mantener la unidad de España». Mucha política y poco Evangelio en la línea habitual del cardenal.

Así que yo, emulando al hombre que hasta después de enterrado logró reunir en torno a su figura lo más variopinto de la «fauna ibérica» política -incluidos los tres ex-presidente que le sucedieron- dando una imagen de unidad y armonía, aunque fuera efímera: puedo denunciar y denuncio que los dos principales partidos, PSOE y PP, por la probada y manifiesta incapacidad no saben o no pueden resolver los problemas que llevaron al umbral de la pobreza a más de seis millones de conciudadanos, y aún menos sacarnos del abismo al que ellos mismos nos condujeron a los largo de estos años -desde que oscuros y nunca aclarados «intereses» desalojaron de Moncloa al «mago de la transitransición» el llorado Adolfo Suárez- alternándose en el poder para engordar su patrimonio y permitiendo medrar a su sombra a amigos y familiares.

El Art. 1.2 de la Constitución dice que «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.»
Es una verdad con trampa porque nuestro único arma es el voto y los políticos saben cómo comprarlo y también cómo manipular voluntades cuando les interesa, y para ello cuentan con todos los medios necesarios, como la radio y la televisión públicas, estatales o autonómicas, y además de forma gratuita.

Hoy, más que nunca, necesitamos cambiar el modelo de gobierno en el que la participación directa de la sociedad se haga efectiva. El próximo día 25 de mayo tendremos una oportunidad única de demostrar que si queremos podemos cambiar los destinos de nuestro país.

No milito en ningún partido y, como muchos españoles, suelo abstenerme de votar en las elecciones Europeas, pero en esta ocasión sí lo voy a hacer y animo a todo el mundo a hacer lo mismo. El objetivo es votar racional e inteligentemente, hasta dónde alcancemos, a cualquier partido que no sea ni el Partido Popular ni el Partido Socialista Obrero Español.

funeral Adolfo Suarez 2014 autoridades

Expresidentes del Gobierno y ministros en el funeral de Estado en la catedral de Madrid.

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