El manifiesto de la Liga Nacional Laica de 1930

El presidente de la Liga Nacional Laica en España, Manuel B. Cossío

En 1930 se constituyó la Liga Nacional Laica en España. Contamos con dos estudios muy interesantes sobre la misma. En primer lugar, estaría el trabajo de Julio Ponce Alberca, “El laicismo español en los prolegómenos de la Segunda República. La Liga Nacional Laica (1930-1937), publicado en Hespérides, (1993), y, luego, el más reciente de Julio de la Cueva Merino, “Socialistas y religión en la Segunda República. De la Liga Nacional Laica al inicio de la Guerra civil”, en el libro de Izquierda obrera y religión en España (1900-1930), del año 2012.

Pues bien, el objetivo de este artículo es acercarnos al manifiesto fundacional de la Liga Santa, empleando como fuente el número del 10 de junio de 1930 de El Socialista. Aporta algunas claves sobre la presión social que ejercía el catolicismo en la España que comenzaba la intensa década de los treinta, y de los intentos de establecer el Estado laico en España, en vísperas de la proclamación de la Segunda República.

La secretaría de la Liga publicó un manifiesto en el que informaba sobre esta asociación fundada en Madrid, y que nada más nacer sufrió un duro ataque de El Debate, aunque también había recibido muchas adhesiones y hasta algún donativo sustancioso. Los miembros de la Liga querían dejar claro que no pretendían combatir creencia alguna. En su seno cabía todo el mundo, incluidos los que profesasen alguna confesión religiosa, porque el objetivo de la Sociedad no era atacar a nadie, sino defender el derecho de cada persona a tener y exteriorizar sus ideas en materia religiosa y sus derivaciones, es decir, en relación con las cuestiones de la vida espiritual de las personas, y que la mayoría de los españoles, siempre según el texto, resolvían siguiendo las soluciones que brindaba la Iglesia, o la “religión oficial”. Se estaban refiriendo a cuestiones relacionadas, por ejemplo, con la muerte, los cementerios, y otros momentos de la vida que monopolizaba la Iglesia.

Los miembros de la Liga se lamentaban que hubiera que seguir luchando por los derechos de las minorías que no profesaban la religión del Estado. Esas minorías no podían dar testimonio de su conducta, y debían mantenerse en la esfera de lo privado. La Liga insistía mucho en la presión social en relación con las creencias. Habría una influencia inquisitorial y una tradición gregaria que impulsaba a la sociedad y a los poderes a combatir a los disidentes cuando aspiraban a ocupar un lugar público. Para ello se empleaban todos los medios de coacción. En España quien se manifestaba como no católico si no disfrutaba de una determinada posición económica, social o intelectual sufría claramente esa presión. La situación era aún peor cuanto más pequeño fuera su lugar de residencia. Era común el empleo de la violencia física contra los protestantes, la quema de libros, el cierre arbitrario de escuelas laicas, la apertura de causas criminales sobre supuestos sacrilegios, etc. Por eso, la Liga anunciaba que protestantes y judíos españoles encontrarían apoyo de la misma.

La Liga esperaba el apoyo de los ciudadanos que, de distintas ideologías, defendiesen la libertad de conciencia. Se era consciente, por lo demás, del creciente número de españoles de espíritu independiente que trabajaban por la mejora y progreso del país, justo en un momento especial, ya que el país estaba viviendo un proceso de cambio. Recordemos que nos encontramos a mediados del año 1930, ya terminada la Dictadura de Primo de Rivera, y con muchas expectativas sobre lo que podía ocurrir en el futuro inmediato.

La Liga no luchaba por la tolerancia, sino por la justicia, y por respeto hacia todas las creencias y las manifestaciones religiosas.

La Liga iba a luchar, especialmente, por el establecimiento de un régimen jurídico en el Estado por encima de la Iglesia y de cualquier privilegio, porque era la única forma para que hubiera libertad y armonía. Constituía una vía para que los españoles pudieran convivir en libertad, y convertirse en el marco propicio para el desarrollo de la cultura.

La Liga difundiría estas ideas en actos públicos.

La secretaría de la asociación se abriría provisionalmente en la Casa del Pueblo de Madrid.

La Junta Directiva de la Liga estaba formada por un conjunto de personalidades muy destacadas del mundo intelectual y político españoles del momento. El presidente era Manuel B. Cossío; el vicepresidente primero sería Ramón Pérez de Ayala, mientras que la segunda vicepresidencia estaba ocupada por Álvaro de Albornoz. El secretario era Pedro Rico, y el de actas, Antonio Fernández Quer. Por su parte, Jacobo de Castro era el tesorero, mientras que Antonio Mairal era el contador. Por fin, los vocales serían los siguientes: Victoria Kent, Luis Araquistáin, Américo Castro, Ricardo Baeza y Luis Fernández Martínez.

Eduardo Montagut. Historiador

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