Yihadismo en África, y la distancia que no aleja

La solución nunca será militar, y el esfuerzo internacional habrá resultado baldío si los gobiernos africanos no atajan las razones profundas de esta amenaza

En el inmediato sur de Europa, el extremismo violento a favor de una pretendida yihad continúa su alarmante expansión, lejos de la atención mediática que merece. En los últimos años, el derrocamiento de Gadafi y el declive de Daesh en Oriente Medio han sido determinantes para convertir el norte y la franja saheliana de África en santuario de grupos extremistas empeñados en dinamitar toda esperanza de futuro para millones de africanos y en desestabilizar el orden internacional. Más allá de sus terribles cifras de víctimas mortales –43.000 entre 2009 y 2017, según Naciones Unidas–, esta lacra violenta está reventando cualquier atisbo de seguridad y desarrollo; a pesar del incontestable –pero no suficiente– apoyo internacional desplegado en el continente vecino.

Escenario convulso

Los cuatro puntos cardinales al norte del Ecuador africano están infectados de yihadismo. En Libia, facciones leales a Daesh o Al Qaeda mantienen una lucha sin cuartel en medio del desgobierno y el caos. Malí se consolida como epicentro regional del yihadismo vinculado a Al Qaeda, a pesar del esfuerzo de tropas africanas y francesas por frenar su expansión territorial. Más al sur, Nigeria es el mayor bastión africano de Daesh, y ni siquiera una contundente fuerza militar regional consigue aplacar las atrocidades de Boko Haram. En el cuerno de África, Al Shabaab –el grupo yihadista más mortífero y estructurado del continente– retiene su capacidad de aterrorizar Somalia frente el acoso constante, pero poco eficaz, de más de 20.000 militares africanos. Un convulso escenario que se agrava por los enfrentamientos entre comunas y clanes, que luchan por su supervivencia frente al terror yihadista y la desatención de sus gobiernos nacionales.

En el inmediato sur de Europa, el extremismo violento a favor de una pretendida yihad continúa su alarmante expansión, lejos de la atención mediática que merece. En los últimos años, el derrocamiento de Gadafi y el declive de Daesh en Oriente Medio han sido determinantes para convertir el norte y la franja saheliana de África en santuario de grupos extremistas empeñados en dinamitar toda esperanza de futuro para millones de africanos y en desestabilizar el orden internacional. Más allá de sus terribles cifras de víctimas mortales –43.000 entre 2009 y 2017, según Naciones Unidas–, esta lacra violenta está reventando cualquier atisbo de seguridad y desarrollo; a pesar del incontestable –pero no suficiente– apoyo internacional desplegado en el continente vecino.

Escenario convulso

Los cuatro puntos cardinales al norte del Ecuador africano están infectados de yihadismo. En Libia, facciones leales a Daesh o Al Qaeda mantienen una lucha sin cuartel en medio del desgobierno y el caos. Malí se consolida como epicentro regional del yihadismo vinculado a Al Qaeda, a pesar del esfuerzo de tropas africanas y francesas por frenar su expansión territorial. Más al sur, Nigeria es el mayor bastión africano de Daesh, y ni siquiera una contundente fuerza militar regional consigue aplacar las atrocidades de Boko Haram. En el cuerno de África, Al Shabaab –el grupo yihadista más mortífero y estructurado del continente– retiene su capacidad de aterrorizar Somalia frente el acoso constante, pero poco eficaz, de más de 20.000 militares africanos. Un convulso escenario que se agrava por los enfrentamientos entre comunas y clanes, que luchan por su supervivencia frente al terror yihadista y la desatención de sus gobiernos nacionales.

Jesús Díez Alcalde

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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