Ya era hora: El homenaje laico de Estado a las víctimas de la pandemia

El pasado día 16 de julio a las 9 horas en punto de la mañana tuvo lugar en el patio del Palacio de Oriente de Madrid el primer ¿homenaje, ceremonia, funeral? laico del Estado español. ¡Ya era hora! Y no lo digo por la necesidad de celebrar el acto en sí mismo, sino por ser la primera vez que esto ocurre en España en muchos años. Una ceremonia laica «de Estado» sin precedentes en las últimas generaciones.

En los caminos de mi infancia aún resuenan los «Ave María Purísima, sin pecado concebida» como inicio de las mañanas en la escuela, los meses de mayo dedicados a María, las procesiones, vía crucis, confesiones, aparte de bautizos, comuniones, bodas y funerales, donde la iglesia católica ejercía su control sobre la vida de todos nosotros. El acto de recuerdo a los fallecidos y a los que trabajaron activamente para ayudarnos en esta pandemia vírica merece toda nuestra atención y respeto. Fue una ceremonia llena de recuerdo y de fuerza, donde la liturgia no desentonó en absoluto de la tradicional y larga experiencia de la Iglesia en este tipo de actos. La sencillez, la pulcritud, la belleza y el contenido de todos los participantes hicieron saltar unas lágrimas de mis ojos mientras lo seguía por televisión. La Constitución española señala en su artículo 16,3 que ninguna confesión tendrá carácter estatal. Sin pronunciar la palabra «laico», el Estado deja vía libre para las diferentes prácticas religiosas pero no se adscribe a ninguna de ellas. El acto celebrado en Madrid es pues un buen ejemplo de que, independientemente que cada grupo religioso pueda recordar a los fallecidos mediante sus ceremonias habituales, el Gobierno de todos los españoles decidió hacerlo de una manera que inicia un excelente camino de «normalidad». Mis felicitaciones a todos los que participaron y nos representaron y mi reproche a los que decidieron abstenerse. Hacen falta más ceremonias civiles, a las ya cada vez más habituales en bodas y funerales, para recordarnos a todos que la religión es algo personal que puede compartirse pero nunca obligatoriamente. Soy de los que piensan que cada uno de los gobiernos de la democracia dejó al menos algo positivo, que ya queda entre nosotros como plenamente habitual.

Algunos de estos hechos tienen una gran trascendencia social, como la ley del divorcio (Calvo Sotelo), la despenalización del aborto (González) o el matrimonio entre personas del mismo sexo (Rodríguez Zapatero). Como nos recuerda el físico danés Niels Bohr, muchas veces es necesario que pasen una o dos generaciones desde la introducción de un cambio, para que el hecho forme parte de la rutina diaria y nadie recuerde como era posible que aquello no existiera. Tal es lo que espero que pase con la ceremonia civil de la que nos hacemos eco. La llama purificadora del fuego, símbolo que se utilizó durante el acto mencionado, junto a la pureza de las rosas blancas, cuyo perfume llegó a todos los hogares, son un buen ejemplo para recordar. Fuego que hay que preservar como ocurría en la época más primitiva. Fuego que incinera nuestros cuerpos pero preserva el espíritu, que trasciende a los que nos siguen. Fuego que deja de ser maléfico para transformarse en fuerza motora, para ayudarnos a salir del mal momento.

Y la palabra. Siempre ajustada, reconfortante, sincera, que sale de quienes sufrieron, de quienes trabajaron en la trinchera y de quienes nos representan ante el mundo. Sin olvidar la belleza del silencio hablado de Octavio Paz. A todos ellos, muchas gracias por participar en un acto que va más allá del momento y que espero sea un ejemplo para el futuro. ¡Ya era hora!

Pere Casan Clarà

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