Vírgenes al poder

A finales de 1978, se aprobó una Constitución que aún es vigente. Había que poner blanco sobre negro el pacto que habían hecho los franquistas que llevaban 40 años en el poder y los nuevos llegados al mundo de la política. No hubo discusiones, unos y otros pactaron y brindar por aquel pacto de la vergüenza que dejaba libres a tantos y tantos asesinos de los cuarenta años de franquismo y que dejaba la puerta abierta a una democracia coja y vigilada. Ahora los herederos de la ideología franquista, PP y Ciudadanos, con la ayuda otra vez del PSOE, se aferran firmemente a aquella Constitución, donde algún que otro artículo, como los que hablan de la sacrosanta unidad de la patria llegaron a la Comisión redactora con el texto que querían los milicos del Alto Estado Mayor del Ejército. Así lo dice Sole Turà, uno de los padres de aquella Constitución, en sus memorias.

Y ahora mismo, tantos años después, la derecha extrema y la extrema derecha, han olvidado artículos de ese texto que tanto defienden, derecho al trabajo, derecho a una vivienda, derecho a una pensión digna, y puestos en trabajo, han olvidado que el artículo 16-3 de la Constitución dice que «Ninguna confesión (religiosa) tendrá carácter estatal», para ellos España, a veces su «cortijo», no es un Estado aconfesional y por eso se dedican, allí donde tienen el poder , a ayudar a los colegios religiosos, y,  lo que es más grave, a dar medallas y honores policiales a las vírgenes de varias advocaciones. Para los que no somos creyentes, aunque respetamos  lo que crean los que lo son, nos parece una incongruencia otorgar honores y medallas a un trozo de madera, adornado con todo lo que queráis. Cada uno en su vida privada puede adorar lo que más se estime, un trozo de madera, la Luna, el Sol, las estrellas o Manitou, pero a los poderes públicos hay que recordarles que España es un país aconfesional.

En Calpe, PP y Ciudadanos han nombrado «alcaldesa perpetua» a la Virgen de las Nieves, una medida que la oposición considera «impropia de un Estado aconfesional», pero en el  mismo pueblo, Calpe, en 1949 también habían nombrado alcalde perpetuo al Santo Cristo del Sudor, y es que, para algunos, el tiempo no pasa y siguen anclados en un pasado de miedo, tristeza y reverencia a los poderes públicos, entre los que estaba, y por desgracia todavía está, la iglesia.

Los hechos de Calpe no son una excepción. En Valencia la Virgen de los Desamparados tras la «guerra del francés» fue nombrada capitana general de los ejércitos de tierra y mar, aunque no había aviación por entonces. Y, como con el paso de los años, aquella distinción militar había quedado olvidada se aprovechó la visita a la ciudad del dictador Franco en mayo del 47 para que ciñera la cintura de la amada «xeperudeta» con los entorchados de Capitana General de los ejércitos rebeldes que habían ganado una guerra contra la legalidad republicana. Mientras Franco hacía los honores de Capitán General a esa Virgen donde «la patria valenciana ampara bajo tu manto», todavía quedaban presos políticos en la cárcel  Modelo y en la de San Miguel de los Reyes y aún se continuaba fusilando a aquellos que Franco consideraba enemigos.

Somos un pueblo de correr junto a los santos con un cirio en procesión o de perseguirlos con un garrote. Y mientras, la derecha extrema y la extrema derecha siguen olvidando que esa Constitución que tanto defienden ahora califica España como aconfesional, y continúan, cada vez más, obligando a la gente a admitir por la fuerza sus ideas, de nada servirá dar un falso poder a las vírgenes. Los milagros ya no se hacen ni a Lourdes.

Rafael Esteve Casanova

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