Una construcción del patriarcado

La familia se ha convertido en elemento de confrontación política, de trinchera ideológica y de deslegitimación del Gobierno Los obispos no defienden la familia del Evangelio, sino la que legitima el funcionamiento de la Iglesia católica

La doctrina sobre la familia que defienden los obispos españoles no es la descripción de la realidad familiar como hoy funciona, y menos aún la idea que de ella se expresa en el Evangelio, sino la construcción ideológica que viene a reforzar el patriarcado en la sociedad y a legitimar la organización jerárquico-patriarcal de la Iglesia católica. Lo reconocía Benedicto XVI: "Solo la fe en Cristo, solo la participación en la fe de la Iglesia salva a la familia" y "la Iglesia solo puede vivir si se salva la familia" (2 de marzo de 2006).
Ambas afirmaciones, sin embargo, me parecen incorrectas. La mejor contraprueba de la primera es el fracaso de muchas parejas casadas por la Iglesia, muchas de las cuales ven anulado su matrimonio por los tribunales eclesiásticos. Si solo la fe en Cristo salva a la familia, ¿por qué hay tantas familias cristianas que se rompen? El argumento más contundente contra la segunda afirmación es que la Iglesia no se sustenta en la familia, sino en la comunidad cristiana. El mismo Jesús relativiza la familia dentro del movimiento que pone en marcha, como se ve cuando considera madre y hermanos a quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica y pone en cuestión la vinculación intrínseca entre el ser mujer y la maternidad.

LOS OBISPOS tienen una concepción homófoba y excluyente del matrimonio: solo reconocen la modalidad heterosexual, que consideran, además, indisoluble. Bajo la guía de Benedicto XVI defienden que la "unión entre un hombre y una mujer, basada en el matrimonio" pertenece a la estructura natural de la familia, califican de "pseudomatrimonio" la unión entre personas del mismo sexo y afirman –no demuestran– que su visión familiar y matrimonial no son normas de la moral católica, sino "verdades elementales que conciernen a nuestra humanidad común". En Valencia, el Papa llegó a calificar el matrimonio heterosexual indisoluble de "patrimonio de la humanidad". El matrimonio y la familia son insustituibles y no admiten alternativas. Para ello dicen apoyarse en el Génesis, que describe la creación del hombre y de la mujer. Pero el texto no se refiere al matrimonio ni a la familia, se sitúa en un contexto distinto del nuestro y pertenece a un género literario que no es el histórico, sino el simbólico. Hacer una lectura literal del texto y aplicarlo miméticamente al día de hoy me parece un ejercicio de fundamentalismo.
A esto cabe añadir que los obispos ofrecen una imagen catastrofista de la familia: el aumento de los divorcios y la facilidad para acceder a ellos (divorcio exprés), la plaga del aborto y el frecuente recurso a la esterilización, la mentalidad anticonceptiva y el rechazo de las normas morales en el ejercicio de la sexualidad dentro del matrimonio. Todo son nubarrones. ¿No aciertan a descubrir claros en el cielo de la familia? Pues existen, se lo aseguro, y muchos. Lástima que las renuncias que se ven obligados a hacer les impidan a disfrutar de ellos. Habría que recordar a los obispos, con la antropología cultural y religiosa en la mano, que el matrimonio y la familia no son realidades fijas e inmutables, sino que han evolucionado a lo largo de la historia y siguen evolucionando hoy, como evoluciona todo lo humano. Sin embargo, ellos y los grupos que los apoyan tienden a ver perversión en la evolución.
La jerarquía eclesiástica y los movimientos católicos conservadores han convertido el tema de la familia en bandera de la identidad católica en España, en un momento de profunda crisis del catolicismo, de descrédito de esta Iglesia en la sociedad (es la institución peor valorada por los ciudadanos españoles: solo el 3% de los jóvenes dicen que es importante en su proyecto de vida), y de desafección de los propios católicos, que no siguen las orientaciones de los obispos en materia sexual ni comparten, en la práctica, su idea del matrimonio. La familia se ha convertido en elemento de confrontación política, de trinchera ideo- lógica frente a lo que la jerarquía llama "laicismo radical", y de deslegitimación del Parlamento y del Gobierno. Ese fue el sentido que quisieron dar los obispos españoles a la visita del Papa a Valencia para clausurar el Quinto Encuentro Mundial de la Familia.

EN EL MISMO paradigma de confrontación se desarrolló el acto Por la familia cristiana el 30 de diciembre en Madrid, que contó con la presencia de la mayoría de obispos españoles y con el apoyo de Benedicto XVI. La manifestación no tenía una intencionalidad evangélica, sino claramente política, como pusieron de manifiesto los mensajes de los obispos que acusaron a la legislación española sobre la familia de inicua e injusta, de estar destruyendo los cimientos de la familia, de no respetar la Constitución, de ir camino de la disolución de la democracia. Llegaron a calificar al laicismo radical de "fraude que solo lleva al aborto y al divorcio exprés" y a afirmar que el actual ordenamiento jurídico español "ha dado marcha atrás respecto a la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU".
Yo creo que los mensajes episcopales transmitidos en la concentración de la plaza de Colón constituyen una clara deslegitimación del Estado de derecho. Lo que no me sorprende, porque, en los últimos años, es práctica habitual ocupar los espacios públicos para ir en contra de las instituciones públicas. A mi juicio, las leyes sobre la familia y el matrimonio aprobadas por el Parlamento no solo no atentan contra los derechos humanos, sino que, más bien, los amplían y reconocen a todos los ciudadanos y ciudadanas, sin discriminación por razones de sexo, etnia, religión, clase social, procedencia geográfica, discapacidad, etcétera.

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