Un pintor palestino deja boquiabierta a la localidad de Ramala con una exposición inédita de cuerpos de mujer

El artista se rebela contra el integrismo religioso de Hamás

No demasiada gente acudió a la exposición en Ramala. Un título aséptico, Estructura corporal, y la decisión de los gestores de la galería Al Mahta de publicitarla lo menos posible, lograron que pasara inadvertida para muchos. A los que fueron, en cambio, les costará olvidarla: «El público se agolpó frente a la entrada. Esperaron a que se cortara la cinta y entraron decididos. Al ver el primer cuadro se pararon como estatuas y empezaron a retroceder». No esperaban encontrarse frente a frente con uno de los tabús de la cultura musulmana: el desnudo. Cuerpos de mujer sin velo, abaya ni celosías.
El responsable de aquel atentado contra las buenas costumbres responde al nombre de Mohamed Saleh, un pintor palestino afincado en Ramala y nacido en Jordania hace 49 años en el seno de una familia nacionalista de refugiados. Saleh se formó artísticamente en la Alemania Oriental, trabajando con modelos desnudas, pero a su regreso al mundo árabe aparcó el estudio del cuerpo, consciente de las sensibilidades locales. «No hay casi ningún pintor árabe que haga desnudos. La tradición pesa mucho y es muy difícil modificarla o enfrentarse a ella», explica desde su estudio en la capital administrativa de los territorios palestinos. La victoria electoral de Hamás supuso su particular aldabonazo, su llamada a filas, su alistamiento artístico. «Sentí que debía sacar mis sentimientos más profundos. Pintar desnudos es una forma de rebelarme, de disentir públicamente. Quería buscarle las cosquillas a Hamás porque ellos representan lo opuesto a mí».

Picasso y Matisse

Desde entonces Saleh, admirador de Picasso y de Matisse, y cercano en su estilo al expresionismo alemán, optó por un arte explícito. Mujeres con la falda levantada y las piernas abiertas; torsos ondulantes con el pubis perfilado y el pecho erguido. A su juicio no hay nada de erótico o morboso en su pintura. Y ni mucho menos pornográfico, como algunos quieren interpretar. Sus mujeres, en acrílico o en carboncillo, inclinan la cabeza, en posición de abandono, dejando que sea el cuerpo el que hable.
«En esta sociedad se puede pensar abiertamente y se puede ser progresista, pero tarde o temprano la religión acaba arruinándolo todo. Nuestro país está inmerso en una ola de religiosidad muy poderosa, de tintes fanáticos», arguye este comunista confeso. Hamás no ha mordido el anzuelo pero, aun así, a Saleh le cuesta exponer y todavía más vender sus cuadros. En la exposición de Ramala no vendió ni uno. «Hay países donde es mucho peor. Yo podría exponer esto en el Líbano y quizás en Túnez, pero nunca en Siria o Egipto y, ni mucho menos, en el golfo», explica el pintor. Tampoco puede encontrar modelos para sus desnudos: «En los 80 todavía las había en el mundo árabe pero ahora es imposible. Vamos hacia atrás en el tiempo».
Exponer en Ramala, la más liberal de las capitales palestinas, ya fue todo un logro. Unos días antes, la misma galería organizó un desfile de moda y los dardos arreciaron. «Se criticó con dureza en las mezquitas. Se llegó a hablar del desfile hasta en Tulkarem», rememora.
Saleh se gana las lentejas con un empleo en el Ministerio de Cultura y otro como profesor de pintura. El arte no le da de comer. «Es muy difícil vivir del arte en Palestina. No hay mercado ni galerías profesionales. Esta sociedad –añade– no está artísticamente educada. En Ramala hay dinero, pero vas a una de las mansiones de la gente rica y no hay un solo cuadro en la pared, sino ramos de flores de plástico».

Libertad de expresión

La buena noticia es que se han ampliado los márgenes de la libertad de expresión. «Antes de Oslo cualquier cosa que pintaras, aunque fuera un jardín, tenía que transmitir un mensaje político», recuerda Saleh, refiriéndose al acuerdo sellado entre Israel y la OLP en 1993, que dio pie a la creación del Gobierno autónomo palestino. «Desde entonces se relajó la presión de las autoridades, los artistas empezamos a respirar y pudimos dedicarnos a hacer cualquier cosa», asegura. O casi.
Tras despedirnos, la traductora, una cristiana de izquierdas, liberal y sin velo, masculla consternada: «Me he llevado el mayor shock de mi vida. Aun siendo cristiana, no podía mirar los cuadros. Entiendo el resentimiento de nuestra cultura hacia este tipo de arte».

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