Un embrión de menos de 20 semanas está legalmente muerto

El debate sobre el aborto ha girado desde siempre en torno a una cuestión filosófica fundamental: ¿cuándo comienza la vida humana? La ciencia se ha unido a este debate recientemente y ha abordado esta cuestión mediante el estudio del desarrollo del feto con el fin de determinar en qué momento éste pasa de ser un grupo de células humanas con un programa genético de desarrollo a ser un ser humano desarrollado con capacidad para sentir y responder a estímulos.

Entiendo que desde una perspectiva católica -muy minoritaria por cierto en nuestro mundo- la ciencia no tenga nada que aportar al debate sobre el aborto o sobre el comienzo de la vida humana sencillamente porque estas cuestiones no han lugar.

Para el catolicismo (como para otras creencias religiosas) la vida humana existe desde el primer instante de la gestación, incluso desde antes. Es más, continúa más allá de la muerte del cuerpo físico en algún otro estado o forma inmaterial.

Que la gente le siga hoy en día la corriente a la Iglesia ante tales afirmaciones e incluso que se las crea, en especial la de la vida después de la muerte, me deja sencillamente atónita, incluso desesperanzada, por aquello de la ausencia de pensamiento crítico. Pero basta una mirada abierta al exterior para ilusionarse con que el ser humano se está acercando, por fin, a lo que el filósofo George Steiner ha denominado la “era de la pos-religión”.

“Todas las culturas son mortales”-dice el filósofo de Cambridge-“todas las religiones también. Todos son eventos culturales mortales, como mortales son los hombres que las producen. Y ahora nos encontramos en un momento de transición. Estamos entrando en la era de la pos-religión. El cristianismo va a morir, como ha muerto el marxismo. ¿Qué va a llenar el vacío? ¿Qué nos espera? ¿Qué va a nacer?”.

La ciencia no tiene aún la respuesta a esas preguntas pero sí nos está acercando cada vez más a la comprensión de fenómenos o características humanas complejas como la religiosidad, el altruismo o la felicidad. Estos estudios darían para muchas entradas interesantes en Cuaderno de laboratorio.

Volviendo al debate sobre el aborto, estoy de acuerdo con quienes expresan que hay vida humana en el embrión desde el instante de la fecundación, si por vida humana se entiende la presencia de células con ADN humano y con el potencial de convertirse en un ser humano desarrollado.

Sin embargo, hay un momento del desarrollo en que esa vida humana carece de actividad cerebral y para mí esto es relevante porque entiendo que la esencia de nuestra especie humana está ligada al funcionamiento de nuestro cerebro, a la existencia de actividad cerebral.

En este sentido, algo muy relevante para este debate es que, en medicina, los signos clínicos de la muerte del ser humano están bien definidos. El criterio médico para declarar la muerte de un paciente es el de muerte encefálica, que consiste en el cese global e irreversible de todas las funciones del encéfalo. Para que haya muerte encefálica han de constatarse y concurrir tres criterios: ausencia de respiración espontánea, ausencia de reflejos cefálicos y electroencefalograma (EEG) «plano», demostrativo de inactividad bioeléctrica cerebral.

Contrariamente a las afirmaciones de gran parte de la literatura anti-aborto, los embriones no tienen actividad cerebral ni “ondas cerebrales” a las 6 semanas de vida. Pueden tener algunos impulsos eléctricos pero no ondas cerebrales, un término que se refiere a los patrones eléctricos producidos por la región del cerebro llamada córtex cerebral. Esta región no se desarrolla hasta bien entrada la segunda mitad del embarazo y el cerebro del feto no produce algo parecido a las ondas cerebrales hasta por lo menos las 20 semanas de desarrollo. Es decir, si fuera posible realizar un EEG al embrión antes de este momento, sería plano, estaría legalmente muerto.

En el año 2012 se produjeron 112,390 abortos voluntarios en España (ver fuente aquí). El 68.1% de estos abortos se realizaron antes de la semana 8 de gestación y el 90.2% antes de la semana 13. Es bastante improbable que estas 112,390 mujeres, cualesquiera que sean sus tendencias religiosas o políticas y sus motivos personales para abortar, se hayan tomado a la ligera este suceso en sus vidas.

Es bastante improbable también que ninguna de estas 112,390 mujeres sea católica o procedente de una familia católica y que ninguna haya tenido que enfrentarse a un conflicto moral por someterse a esta operación. En todos estos casos, intuyo, estas mujeres estarán interesadas en saber que la evidencia científica indica que los embriones abortados antes de las 20 semanas no sienten ni padecen estímulo o daño alguno.

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