Toque de mercados y toque de fornicación

Aunque no estoy muy versado en asuntos de Iglesia, creo recordar -pues me suenan a niñez distante y nacional-católica-, que entre los toques de campanas están los de maitines, los de oración al mediodía, los de oración al atardecer y los habituales toques a misa con hasta tres llamadas y una más que señalaba o señala el comienzo de la ceremonia. Esto por lo que respecta a la campanadas de uso diario, porque además había o hay otros toques de carácter extraordinario, como el de difuntos, el de gloria (utilizado en las defunciones de los niños), el toque de fuego, el de rogativas, que se sucedía en los tres días previos al de la Ascensión, y el de volteo, propio de las festividades.

Dicho esto, a modo de somero preámbulo, debo añadir que un cura de Povegliano, en la que presumo muy vistosa y aireada región alpina de Trentino-Alto Adige, al nordeste de la península italiana, está haciendo sonar las campanas de su modesto templo por un nuevo e inédito motivo. El toque, que tiene lugar todos los días a las 17,31 (16H31 GMT), hora exacta en que se cierra la Bolsa de Milán, sirve al sacerdote para exponer su más sonora  protesta contra el sistema financiero que nos reconcome.

Dice Giovanni Kirchner, que así se llama el párroco de esa localidad de tan solo 5.000 habitantes, que de este modo pretende despertar la conciencia de la población frente a la especulación financiera, responsable de la política de extrema austeridad que están llevando a cabo los gobiernos europeos en beneficio de los llamados mercados, que según Kirchner no respetan regla alguna. “¿Cómo se puede pedir a la gente que sea normal ante tales comportamientos?”, comentó el religioso a la agencia France Press. Kirchner se muestra favorable a la creación de bancos éticos, por lo que lanzó un movimiento de apoyo a este tipo de iniciativas a finales del año pasado.

Lo que no se nos dice en la noticia es si el padre Giovanni ha dado un determinado nombre a este nuevo toque de campanas que resuena desde hace meses en los apacibles valles alpinos de aquella comarca, ni el carácter, ritmo, intensidad y número de las campanadas. Lo podría llamar toque de mercados, pues tan arrasador puede ser no hacerle caso como lo sería no responder al toque de fuego, que traería consigo la quema de las cosechas y bosques de los lugareños.

Cabe preguntarse qué sentido puede tener, al lado de la constructiva idea del cura Giovanni, la reciente campanada del obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, dada a conocer en su última epístola,  llamando a huir de la fornicación que se fomenta en las escuelas, en términos tales que así: “Cuando la sexualidad está desorganizada es como una bomba de mano, que puede explotar en cualquier momento y herir al que la lleva consigo. Y esto sea dicho para todos los estados de vida: para la persona soltera, en la que no hay lugar para el ejercicio de la sexualidad, para la persona casada, que ha de saber administrar sus impulsos en aras del amor auténtico, para la persona consagrada, que vive su sexualidad sublimada en un amor más puro y oblativo”.

Monseñor Fernández huye del mundo y no se enfrenta a los mercaderes -contra quienes sí lo hizo Cristo- porque todas sus obsesiones están centradas, como le viene sucediendo a la mayoría de sus colegas por los siglos de los siglos, en lo que atañe a cada ser humano de cintura para abajo, como cuando sonaban las campanas en tiempos de Franco o en tiempos de la Inquisición.

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