Tengo un cura sanador en el palier de mi edificio

Una cadena de gestos automáticos: levantar la mano y agitarla –la señal para que el Señor de Seguridad me abra la puerta–, traspasar la reja y aprontar la pierna derecha para subir el primer escalón. Luego atravesaría el hall, subiría al ascensor y terminaría en el piso 8 con la llave lista para entrar al departamento donde vivo. Pero no. Cuando cerré el portón y levanté la mirada, vi a unos veinte “desmayados” sobre el palier del edificio. Recostados, con los ojos cerrados y los brazos abiertos. Murmurando una oración o entregándose a la emoción sin resistencia. No era todo: una fila de unas cuarenta personas esperaba su turno.

“No pasa nada, eh, hay un cura sanador”, me dijo el Señor de Seguridad que me habrá visto con cara de catástrofe y un pollo de la rotisería en la mano. Me lo dijo como se dice “llueve”, como si la presencia de un cura de ese estilo en el condominio fuera cosa de todos los días. Entonces vi entre la gente a un hombrecito moreno, que vestía una camisa-blanco-ala y pantalón negro, secundado por dos hombres que traducían del inglés al español y atajaban a los fieles.

Buenos Aires suele ser contradictoria. Vivo en un barrio picante pero en una torre que se maneja con la lógica imperativa de un country: una cárcel de mínima seguridad con una pileta metida en un rectángulo de pasto y cámaras de vigilancia estratégicamente ubicadas. Un Gran Hermano de naturaleza domesticada en la que para todo hay multas porque el reglamento interno y los guardianes del orden así lo exigen. La pileta, por ejemplo, se usa de tal a tal hora y no pueden ingresar más de dos invitados por mes.

Pero ahí estaba el rebaño del padre, ovejas convencidas de que alguna dolencia, enfermedad terminal o problema familiar se resolvería con su imposición de manos. “¿Y quién es?”, le preguntaba al de Seguridad sin poder sacar los ojos de ese hombrecito que tiraba personas abajo como un leñador a los árboles. “No tengo idea”, me devolvió y se apuró: “Acá tengo la foto de mi hermano, ahora termino el turno y voy a la fila”. No llegué a preguntarle qué le pasaba a su hermano cuando me sacudió otra catástrofe, la administrativa: la posibilidad de un tendal de multas, cartas documento, quejas en el libro de actas, notas anónimas en el ascensor…

Esquivé a un mujer que todavía sucumbía a los efectos de la mano tibia del pastor, que repetía su pase mágico en cada frente. Saqué –otro gesto automático– mi celular y mientras intentaba hacer foco una voz gruesa me ordenó: “No es para Facebook”. No supe quién lo dijo, toda mi atención estaba puesta en retener a esos cuerpos que caían prolijos sobre las baldosas. Alguien me tiró el nombre: Tomas Mathews. Busqué en Google quién era el predicador pero había poco: indio, católico, sanador desde 1994. Debo decir que tengo mis santos preferidos pero que mi religión es más bien terrenal: para mi el mundo está habitado en su mayoría por personas con buenas intenciones.

Como esa mujer que acababa de salir de su desvanecimiento milagroso: “Yo estaba en silla de ruedas, después pasé al andador y ahora ando con bastón. Todo por el padre Tomas. ¿Vos ya te hiciste la imposición de manos?”. Al lado de la señora –el pelo como una nube, los ojos dulces como el almíbar– había hombres con cáncer y radiografías y estudios clínicos y fotos y rosarios. Bebés que lloraban y madres con problemas de pareja. Chicas de mi edad vestidas de secretarias obedientes, que con un inglés perfecto le pedían al padre Tomas un poco de felicidad. A esa altura yo también estaba en la fila esperando que el hombrecito hiciera su trabajo.

–¿Cómo te llamas?

–Victoria.

–¿Tienes alguna enfermedad?

–Ninguna.

Me dio una estampita –me tocó María Auxiliadora– y llegó el momento: una señal de la cruz que terminó en un leve empujoncito de su pulgar en mi frente. Me dejé caer y en el piso, sentí la frustración del que no siente nada. Dejé pasar unos segundos en los que simulé que la carga energética del padre Tomas me había tomado por completo: no quería que el hombrecito se diera cuenta de que una de las ovejas era impermeable a sus dones. Pero en cuanto pude me escurrí, pollo en mano, al ascensor. Tenía vergüenza, lo admito. El jueves pregunté si algún vecino se había quejado de semejante convocatoria pero el Señor de Seguridad me dijo “¿Vos sabés que no?”. Aleluya: nadie se atrevió a ponerle precio a toda aquella fe.

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