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Su infierno

Los testimonios de las víctimas de abusos en los colegios religiosos producen una tristeza profunda. Sus vidas machacadas desde entonces. La huella eterna del mal. Y la impunidad de la que la institución católica ha dotado a los verdaderos culpables.

Pasé toda mi infancia y mi adolescencia en un colegio de monjas. Como las mujeres no suelen violar niñas, no sufrí abusos sexuales ni tengo noticia de que otras niñas los sufrieran. En otros colegios, como estamos sabiendo, sí sucedió, y sus víctimas también son víctimas, aunque conviene insistir en que la inmensa mayoría de los agresores sexuales eran y siguen siendo hombres: en los colegios católicos, son los curas quienes han violado a niños, a niñas y a las propias monjas. Los abusos en un colegio religioso de chicas suelen ser de otra naturaleza, generalmente sutil. En el mío había una monja seglar (que parecía moderna porque no vestía el hábito tradicional), jefa de estudios, que te llevaba a solas a su despacho y te hacía preguntas demasiado íntimas, hurgaba en los asuntos más delicados de tu familia o indagaba sobre tus amigas y tus gustos. Se acercaba mucho a ti mientras hablaba y podía, por ejemplo, apartarte un mechón de pelo de la cara. Si tienes 12 años, esa situación es intimidatoria, incluso repugnante. Y, al tiempo, establece una cercanía que puede seducir, una tentación de sentirte elegida, de confiar tus cuitas de persona aún desvalida a alguien que representa el poder. Esa erótica manipuladora. Yo no soltaba ni mu.

Había además una evidente discriminación de clase, esa forma de abuso que sufrían principalmente las compañeras con beca. Eran alumnas de segunda y eso se hacía notar, aunque la palabra se dijera siempre entre dientes porque tener una ayuda para estudiar en un colegio elitista, es decir, ser pobre, era un tabú, por mucho que chocara con las consignas cristianas en las que nos formaban. También había monjas ricas y monjas pobres, y el trato entre ellas no era igualitario. Probablemente, salvo excepciones, todas -monjas, profesoras y alumnas- participábamos de esa discriminación. A veces solo es precisa la condescendencia. En mi colegio no había hombres, salvo un jardinero cabizbajo (siempre barriendo en silencio hojas de plátano), un psicólogo muy dinámico (que se pasaba por allí una vez al año a hacernos unos test que no contaban nada de nosotras) y un cura muy cariñoso que a mí no me tocó un pelo, quizás porque lo tenía color zanahoria. No sé a otras. Con los curas siempre nos quedará la duda.

Un par de veces al año hacíamos ejercicios espirituales en vetustas y frondosas residencias de la sierra madrileña, o en modernos edificios con vocación arquitectónica, y por allí aparecían otros curas de paso que nos hablaban del amor a Cristo, de la fe en Dios y del pecado. Yo no debía de prestarles demasiada atención, la verdad sea dicha, porque cuando he pecado después jamás me han venido sus lemas ni sus caras a la cabeza. En general, he podido pecar libre de culpa. Me refiero a sus pecados. Porque, en términos generales, una culpa difusa, acechante, de rango universal, se hará casi omnipresente y acompañará siempre a cualquiera que haya pasado toda su infancia y su adolescencia en un colegio católico. Por mucho que hayas salvado el pellejo.

Para que confesáramos cualquier tontería infantil que hubiéramos hecho nos decían que si no lo hacíamos pagarían justos por pecadores (lo decían así, en masculino, aunque todas fuéramos niñas). Era una amenaza opresiva, pues si no entonabas el mea culpa por, por ejemplo, haberte reído, castigarían a todo el mundo. Acababas por reconocer que aquella risita había sido tuya. Nos obligaban a reconocernos públicamente como pecadoras, aunque insistían en que no importaba el pecador sino el pecado. Ahora entiendo por qué establecían esa contradictoria diferencia: tenían su iglesia infestada de pecadores. Ahora, reconocen el pecado pero protegen a los pecadores. Ahora, cuando ya sé qué pasaba en los colegios religiosos mientras a nosotras nos forzaban a confesar una chorrada o, peor, a acusar a una compañera, siento por esa hipocresía todo el odio que nos decían que una buena persona no debe sentir.

Los testimonios de las víctimas de abusos en los colegios religiosos producen una tristeza profunda. Sus vidas machacadas desde entonces. La huella eterna del mal. Y la impunidad de la que la institución católica ha dotado a los verdaderos culpables, que deslegitima además todo ese discurso hipócrita suyo, produce una indignación igualmente profunda. Escuchar al escritor Alejandro Palomas, leer lo que cuenta Santiago Codesido, acercarse al infierno de las 251 personas víctimas de pederastia en el seno de la Iglesia católica que El País ha entregado hasta ahora al Vaticano y a las autoridades eclesiásticas españolas, me hace pensar en cuántos de nuestros hermanos, de nuestros primos, de nuestros amigos y compañeros del colegio de al lado, estaban siendo arrasados ​​por aquellos pecados contra los que a nosotras nos adoctrinaban. Cuántas de nosotras no fueron también sus víctimas silenciosas.

Llamar “error” a los actos cometidos por esos curas contra niños, niñas y monjas, como ha hecho Isabel Díaz Ayuso, es ser cómplice moral de lo que no son sino graves delitos recogidos en el Código Penal. Y tan repugnante complicidad moral se vuelve peligrosa complicidad política cuando quien la exhibe es presidenta de la Comunidad de Madrid. De esa complicidad política con las derechas y las ultraderechas se ha alimentado la impunidad de los delincuentes de la Iglesia católica española, los pederastas y violadores que han gozado del privilegio de su silencio y connivencia. Son un peligro los criminales, como son un peligro los partidos políticos que los amparan. Ante tales peligros, solo quedan las palabras de la verdad de las víctimas, la acción de una justicia que los condene y la repulsa, moral y política, de una sociedad que les mande a su infierno.

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