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Solsona y Gomorra

Estamos todos cargados de razón, hablamos a golpe del tuit, de nuestro todólogo de cabecera.

Hace muchos años se repetía como un mantra, cuando no se sabía lo que era un mantra, la frase manoseada “que un perro muerda a un hombre no es noticia, que un hombre muerda a un perro sí lo es”. La versión contemporánea de la frase está en los marcos conceptuales de George Lakoff. Por ejemplo: no le damos importancia al hecho de que sacerdotes que hayan abusado de niños que estaban a su custodia, era tan habitual y se han publicado tantas veces (Don Javier, en Cádiz, o la oscarizada película Spotlight que lo explica bien) que no merece la pena insistir, cualquier noticia sobre el tema la colocamos en ese marco. De la misma forma es habitual que haya obispos tridentinos que suelten de manera reiterada mensajes contra el uso del preservativo u otros métodos anticonceptivos, contra el aborto, contra la eutanasia, contra el matrimonio entre homosexuales.

Es tan repetitivo que no se convierte en noticia. Incluso que un obispo troglodita que repita lo anterior sea a la vez defensor a ultranza del independentismo catalán porque al fin y al cabo beben en la misma fuente de la intolerancia y el supremacismo. Lo llamativo es que el mismo que defendía todo el paquete, obispo de Solsona, se haya fugado con una escritora de novela erótica de la que se ha enamorado. Para que la justicia poética fuera completa sería conveniente que esa mujer fuera españolista. En este influjo del perro mordedor, cualquier noticia en la que algunos desalmados asalten a unos homosexuales forma parte de la desgracia habitual de una sociedad donde un partido homófobo, racista y franquista tiene 50 escaños y millones de votos. Así que cuando nos dicen que un pobre chaval ha sido agredido y marcado por un grupo de ocho encapuchados caemos en la tentación de creerlo sin necesidad de comprobación, incluso de salir a la calle a manifestarnos contra la homofobia, y el ministro del Interior y el presidente del Gobierno saltan indignados sin esperar a que la Policía investigue la denuncia.

Por supuesto, los medios de comunicación que se dirigen al electorado más de izquierdas salieron desaforados, los tertulianos más ignaros que viven de posar como rojos clamaban contra Vox. Cuando se ha demostrado que estábamos equivocados, nadie ha pedido perdón, nadie ha reconocido su error, nadie ha reflexionado sobre el hecho de que no podemos reaccionar sin comprobar la información. El periodismo falló de manera estrepitosa, los hooligans de costumbre cambiaron de tema. Como cuando aquello de Juana Rivas: “Juana está en mi casa” y luego ha recibido siete condenas sin que nadie rectifique. Estamos todos cargados de razón, hablamos a golpe del tuit, de nuestro todólogo de cabecera.

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