¿Sociedades postseculares?

En la víspera del arribo del Papa para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, las tensiones entre fe cristiana y sociedad laica se muestran como en un escaparate. Y es que por muy postseculares que sean las sociedades occidentales del siglo XXI, y pese a lo que afirmaban algunos pensadores hace un par de siglos, la ciencia no llegó para sustituir a la religión.

Hace una semana la presidenta de la Comunidad de Madrid reclamó con energía la prohibición de una marcha de más de un centenar de organizaciones, calificándola de manifestación ‘anti Papa’. De mis impuestos, al Papa cero, Por un Estado laico y Los católicos pueden campar a sus anchas, con dinero público, por todo Madrid, pero al resto de ciudadanos se nos restringe ese derecho, reclamaron las asociaciones convocantes, que quieren hacerse notar en esta cita que reunirá en la capital española a más de millón y medio de personas entre el 16 y el 21 de agosto. Los marchistas representan partidos y sindicatos de izquierda, iglesias católicas de base, el Foro de Curas, Redes Cristianas, los teólogos de la Asociación Juan XXIII y Europa Laica; reclaman un emplazamiento que les resta visibilidad. El Ejecutivo apela también a la imagen de la ciudad como argumento para justificar el veto: La presencia de grupos antagónicos supone una tensión o un reto para la seguridad ciudadana (Milenio, 9/VIII/2011).

Hace un año Benedicto XVI arremetió contra el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, asegurando que en España ha nacido un secularismo agresivo, como se vio en la década de los 30. Fue cuando Rodríguez Zapatero tuvo que recordarle al Papa que España es un Estado aconfesional (Reforma, 9/VIII/2011). Esto significa que su legislación prevé positivamente el hecho religioso, especialmente el catolicismo, pero la enseñanza de la religión es un derecho, tiene carácter obligatorio para todas las escuelas, pero es de adscripción voluntaria en función del criterio de los padres.

El contexto de la visita del pontífice es la grave crisis económica y el movimiento M-15 de los indignados, quienes también han expresado su rechazo a la visita papal, por estar subvencionada en parte con recursos públicos: 80 millones de dólares costará aproximadamente la visita del Papa, y 80 por ciento de beneficios fiscales podrían recibir las empresas patrocinadoras del viaje. Por si faltara, se han convocado dos huelgas en el aeropuerto, una de ellas el día del arribo de Ratzinger, que involucran a 60 mil trabajadores, entre ellos personal de asistencia a personas de movilidad reducida, los encargados de las rampas para acceder a los aviones y los trabajadores de carga.

Es un hecho que ni el Estado aconfesional, ni el Estado laico que rige en otros países como Francia o México, han podido garantizar una convivencia pacífica entre las ideologías. Como reflexionó Jurgen Habermas en el diálogo que sostuvo con Ratzinger en enero de 2004: en el capitalismo tardío el proceso de secularización tendría que verse como un doble proceso de aprendizaje que fuerce tanto a las tradiciones de la ilustración como a las enseñanzas religiosas a una reflexión sobre sus respectivos límites (Entre razón y religion: dialéctica de la secularización, FCE, 2008). La aceptación pública hacia las comunidades religiosas exige una comprensión para normar el trato político entre ciudadanos creyentes con ciudadanos no creyentes. El concepto de tolerancia en las sociedades pluralistas considera que los ciudadanos son capaces de reconocer cierto tipo de disenso, lo que implica dejar de negar el derecho de los creyentes a aportar discusiones públicas en lenguaje religioso, pero además exige traducir dichas aportaciones a un lenguaje asequible para el público en general.

Habermas, quien se considera a sí mismo poco musical en materia de religión, también alerta sobre el peligro de excluir la solidaridad social en la sociedad contemporánea. Ese concepto tiene raíces en conceptos bíblicos: la idea de que el hombre está hecho a imagen y semajanza de Dios está en la base del derecho a la igualdad y absoluta dignidad de todas las personas. Pero la dinámica de la economía mundial y de la sociedad mundial está desmoronando la solidaridad ciudadana, no sólo de los mercados privados sino que también de las administraciones estatales, que cada vez se orientan más por el beneficio propio y por las preferencias individuales. Esa tendencia explica, en parte, la despolitización, la fragmentación y el descontento hacia las instituciones y hacia la constitucionalización del derecho.

Me pregunto, ¿quién de nuestra clase política mexicana tiene un pensamiento postsecular? ¿Habrá alguno que tenga claro los límites de la razón y de la religión? ¿Será que alguno de los variados candidatos a la Presidencia o a las gubernaturas estatales esté apostando a la solidaridad social y no al beneficio propio? Tengo mis dudas.

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