Sin laicidad no habrá democracia ni progreso

            La historia de la humanidad, y muy en particular la de España, ha venido muy condicionada por la guerra santa, cruzada, persecución de herejes o cismas llegan a nuestros días. Se impone la confusión entre fanatismo y poder para que prevalezcan los de cada bando como los únicos verdaderos. Desde la noche de los tiempos, se dió la cooperación entre el brujo y el jefe de la tribu. Este acuerdo, y autojustificación para el proselistismo, voluntario o a sangre, se siguió manteniendo en el mundo de las tres religiones del libro. De una u otra manera permanece la confusión entre el altar y el trono, entre el pecado y el cumplimiento o no de la ley, entre el   conocimiento o la superstición,.. Disensiones que han venido retardando el humanismo. Éste se retoma en el renacimiento, se reformula con el siglo de las luces, para llegar a su versión intercultural y universal en los Derechos Humanos. Ahora ya, sólo nos falta que éstos se cumplan.

            Con la iglesia hemos topado seguiría diciendo hoy Cervantes ante el cínico ropaje del reciente Defendiendo Libertades: Crisitianos ante las urnas. Ese es el mensaje que Gil Tamayo, portavoz de los obispos, comparte con los directores de ABC, La Razón,y los más integristas diputados o ex de PP o Unió, y directivos de colectivos pro-vida y familia tradicional para despotricar contra la ideología de género. Aunque hablan de libertades, rezuman el franquismo que sigue beatificando a sus “mártires de la Cruzada del 36”.

            La secularización creciente, apenas se sostiene con romerías y procesiones, o por el control que la jerarquía inflige sobre la moral sexual (aborto, divorcio, homosexualidad,..). En este terreno el clero encuentra la connivencia de poderosos grupos integristas (Opus Dei, Legionarios, Kikos,..)que hacen valer su influencia en la enseñanza, medios de comunicación , en el gobierno, parlamento y judicatura. Así la libertad de conciencia avanza poco para orientar la reponsabilidad ciudadana.

            El terrorismo islámico es otro ejemplo de confusión. Según se mire, éste puede ser la salida del fanastismo religioso, o la instrumentalización del mismo que, por parte de occidente, se arbitra para el dominio de riquezas petrolíferas y/o la creación del enemigo necesario. Una vez que éste,el terrorismo, es una realidad, permitiría el control de la ciudadanía mundial. Ésta, asustada acepta leyes mordaza o guerras dramáticas e inútiles como las de Irak o Afganistán, así como la siembra de los Ben Laden o S. Husseim en beneficio de occidente, para el integrismos terrorista que ahora se dice exterminar.

            Gil Tamayo un día identifica el laicismo como peligro similar al terrorismo islámico. Otro patea el diccionario y la verdad con frases así:“Se está tratando de imponernos un laicismo que es, en el fondo, una confesionalidad atea o laica”. Aportemos el rigor que el clero omite y rechaza.

           El Laicismo, como requisito imprescindible para la democracia, parte del respeto de tod@s a la conciencia o creencias, religiosas o no, de todas y cada una de las demás personas, siempre que de tales creencias no se deriven incitaciones o daños para el resto. Eso significa la radical separación de lo público (lo común) de lo privado (creencias personales o colectivas). Una sociedad será laica y por tanto democrática cuando:* la educación no adoctrine con dogmas y fomente proselitismo desde la infancia, *En política donde los cargos públicos actúen como representantes de la ciudadanía y no como feligreses de algún credo. *En sanidad respete la voluntad de la persona enferma válidamente expresada. *Con la mujer en sus decisiones sobre sexualidad y procreación. *En orientación sexual para superar la discriminación social de épocas no democráticas. *En la ciencia-investigación-conocimiento no perduren el dogma (creacionismo), la superstición o persecución (censura Galileo, o muerte Servet).

            ¡Ah! El laicismo es aconfesional para ateos y creyentes.

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