Se debería trabajar en la abolición de las «leyes contra la blasfemia», no en fortalecerlas

El futbolista italiano de la Sampdoria Nicola Pozzi ha sido suspendido con un partido por blasfemar. Concretamente, por decir «porco Dio!». Sería un hecho anecdótico si no fuera porque, a instancias de los países islámicos, la ONU pronto adoptará una resolución contra la «blasfemia y difamación de religiones», que algunos proponentes quieren incluso que contemple condenas penales recogidas en la legislación internacional.

Las consecuencias que estas leyes contra la blasfemia puedan tener en libertades fundamentales es preocupante. Como ya ocurre en los países que tienen leyes de este tipo, es muy probable que su uso sirva para suprimir la libertad de expresión o la libertad de conciencia. Su aplicación protegerá por sistema la fe mayoritaria, sea ésta cristiana, islámica o judía. Y las minorías nacionales o religiosas, las religiones preislámicas o aquellos que simplemente defienden el agnosticismo o el ateísmo podrán ser castigados. Los creyentes de otras confesiones -o de la no-fe- tienen todo el derecho del mundo a cuestionar a Dios. Incluso a mofarse. Y a expresarlo en libertad. Es un derecho básico irrenunciable.

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