¿Sacramentos laicos o razón laica?

 "Lo característico de España no es que en ella la Inquisición quemase a los heterodoxos, sino que no hubiese ningún heterodoxo que quemar"
(J. Ortega y Gasset, "El espectador")


Hace unos días se ha celebrado en la Comunidad Valenciana un "bautismo laico", como otro, representado por progresistas de postín, hecho antes en Madrid. A mi modo de ver esto sería mera broma entretenida si no fuera porque pone de relieve lo difícil que es ser laico consecuente en España y, sin embargo, lo fácil que es acabar ayudando a la Iglesia Católica con bienintencionadas pantomimas. Y es que, de entrada, el gesto parece ignorar que lo que tuvo fuerza auténticamente revolucionaria fue el invento del Registro Civil, que despojó a la Iglesia del monopolio sobre identidad y trayectoria vital de las personitas que llegan al mundo y que son, sin permiso de Dios, integradas en el ámbito formal de la esfera pública. Que, una vez efectuada la inscripción, la familia quiera organizar un sarao con brindis al Che Guevara y berridos folk hasta que la criatura se desmaye, ya es cosa de cada cual; que también tienen narices que estas ráfagas de acratismo requieran del respaldo del poder político para realizarse.

Si dejamos aparte el matrimonio, que antes que acto religioso ya era contrato y que es ejercicio de un Derecho que, por su trascendencia, requiere de alguna solemnidad, la reconversión civilista de sacramentos puede llevarnos a lugares inusitados. Veremos, quizá, una "confirmación de ateísmo" en la que el adolescente se rascará los granos mientras asegura perseverar en la fe infiel de sus mayores; una "ordenación sacerdotal atea", en la que los más rotundos creyentes en la inexistencia de Dios harán votos perpetuos de constancia en su actitud; la "penitencia laica" consistirá en el perdón amable de las recaídas en la fe de Abraham o de uno de esos, y será penitenciada con la lectura de manuales de autoayuda y la ingesta de música chill out; y, en fin, en la "extremaunción incrédula", alguien asegurará al moribundo que le espera el divertido Infierno o la Nada Absoluta, con lo que el agónico se marchará reconfortado, a la espera que en el funeral se lean poemas de Brecht y Miguel Hernández, mientras canta Joaquín Sabina, amén. (Afortunadamente aquí no se estila la circuncisión).

Insisto: en España es muy fácil, por higiene democrática, ser anticlerical, pero muy difícil, por lo visto, practicar, además, un laicismo consecuente. Y es que igual que los católicos bondadosos necesitan de los pobres para ser caritativos, los anticlericales necesitan de la clericalla más rancia para poder perseverar en su virtud. Todo vale, por lo visto, mientras las batallas se mantengan en un nivel alegórico y, sobre todo, mientras que a una creencia tenida por obsoleta se le pueda oponer "otra" creencia. Así no se rompe el círculo vicioso y la Católica SA, pese a estar en horas bajas de audiencia, conserva un impresionante dominio de segmentos amplios del espacio público. Y así será mientras sus críticos se empeñen en imitarla, en proponerse como su mero espejo distorsionado. Si ahora se descristianan chiquillos, hace años se celebró un "Concilio Ateo". O sea, que la Iglesia recibe el regalo de ocupar la centralidad del debate cultural.

Por lo demás es plausible encontrar presuntos laicos creyentes en una reliquia, en una advocación particular o, ya puestos, dispuestos a confesar que "creo en Dios, a mi manera", elevando a Sinatra a Doctor Angélico de su Particular e Individualista Iglesia. Son legión los descreídos que creen fervientemente en el Espíritu Humano, en fuerzas telúricas o en bienaventurados marcianos y que consideran que cada palabra sobre los templarios encubre un misterio inescrutable. Sin olvidar a los que muestran una fe ciega en una ciencia frivolizada, en sus posibilidades futuras como instrumento de revelación de "lo" que permanece oculto, sea la telekinesia o la transmigración de las almas. En este último punto, me temo, radican nuestros males: el soplo de la ciencia racionalista ha sido leve sobre la historia de España. Creemos en la Ley de la Gravedad porque las manzanas se nos caen, pero a ver cuántos ilustrados laicistas son capaces de explicar la Teoría de la Evolución de ese comecuras de Darwin, bendito sea. Y es que la ciencia -incluida las ciencias sociales que no se desvían al sortilegio- es la mejor terapia para asegurar que no nos apoltronamos en la creencia como fuente argumental esencial. Una vida condicionada radicalmente por una creencia, aunque sea la creencia en la increencia, es una forma de religiosidad que fecundará algún grumo de fanatismo y de irracionalidad y dificultará, llegado el momento, que la libertad y la igualdad implícitas en el laicismo derroten a la inercia del tiempo.

Pero en España aún se afirmaba la primacía del tomismo cuando en el resto de Europa se dudaba y se razonaba y experimentaba. Los liberales, desde Cádiz-1812, tuvieron que pactar -ceder- con la Iglesia; y así han seguido, que salvo un breve y trémulo amanecer dorado, institucionista y orteguiano, los liberales continúan más pendientes de no molestar al Nuncio que de proclamar la libertad de pensamiento. Los socialistas no dieron apenas en leer a Marx, que fue una vía de racionalismo en otros sitios, y vienen prefiriendo una mixtura de profetismo diluido y de inocencia de souvenir de primera comunión. Y los anarquistas dividieron su camino de salvación entre la rabia desaforada y un bonancible naturismo y vegetarianismo, compatible con la quema de conventos. Un desastre. No digo yo que no haya razones históricas que expliquen todo eso, pero esas mismas razones son las que nos iluminan, sobre la falsa moneda laicista y lo bien que lo seguirá teniendo la Iglesia, per secula seculorum.

Vamos, creo yo. Y si estoy equivocado, por favor, que alguien me derrame, como sin querer, una miaja de agua de progresía-nº 5, a ver si supero, al fin, esta minoría de edad culpable y me despojo de este Pecado Original, que del Otro ya me rescataron, que bien guapo quedé en las fotos.

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