Ruido de mitras

Fue en aquel tiempo. Durante demasiado tiempo. De pronto nos creímos libres, pero llevábamos el miedo debajo del brazo como un periódico de tinta negra. Celebramos la alegría del funeral que procesionó hasta Cuelgamuros. Se llamó la calle libertad. Se llenaron los balcones de derechos posibles, de futuro colgante como quehacer común y compartido. Franco llegó a finales de sí mismo con el marqués fotógrafo de momias entubadas. El equipo médico habitual paseaba por Marbella con la bata colgada en los mástiles de veleros amigos. Abandonaron su amistad con la muerte para andar los caminos de la vida sin caudillos trasfundidos ni cármenes de velo negro a lo Jacqueline Kennedy.

De negro los Obispos, con un luto infinito. Todavía de luto en dos mil once. Demasiada pena acumulada en el costado, llaga recién abierta siempre, lanzada honda hasta los huecos hueros de un réquiem sin resurrección a la vista.

Patio de los Naranjos con azahar de Sevilla. Alambra en la solapa elegante de Córdoba. Pirineos sosteniendo una España cuajada de geranios. De negro los Obispos, para siempre de negro, censurando los besos desflorados de las tardes, condenando los muslos entrevistos, rompiendo las manos enlazadas por los parques. Nacionalcatolicismo oscuro de otros tiempos oscuros.

Y el ruido de sables. Polainas de ayer desfilando al paso alegre de la paz. Cornetines apuntando la democracia estrenada. Guardianes del hombre como portador de valores eternos. Vigilando los valores de occidente. Sables humillados tan solo ante palios vacíos, para siempre vacíos. Pero también cuenta el recuerdo, la nostalgia, el ayer prolongado como una bayoneta ensartando el futuro para desangrarlo, para que la vida se trague su propia sangre amorcillada. Ruido de sables entonces, cuando temprano madrugó la madrugada. Y el miedo arrinconando libertades primeras de escalofrío, como besos primeros, como caricias temblorosas.

La Iglesia no aceptó nunca el silencio de los sables. No asistió al entierro de tejeros de charol, pistola en mano, defensores últimos de cristiandades acaudilladas desde Isabel y Fernando. Prefería un Parlamento vertical como los sindicatos de aquel tiempo de santa unción para los fusilados, de resignación cristiana para las alpargatas, de sagrados corazones-primeros-viernes-de-mes.

Suárez, Calvo Sotelo, Felipe, Aznar, Zapatero. Cuerpo a tierra bajo el santo temor de Dios. Aconfesionales arrodillados, con piedrecitas en los zapatos para salvar a los negritos, con flores a María que madre nuestra es. Leyes de libertad religiosa guardadas en el cajón de José Luis Presidente. Porque el Papa, Cañizares, Rouco Varela.

Y en estas llega Rajoy. Con alforjas de Opus Dei. Con Cotino exigiendo crucifijos. Trillo cartagenero cargando semana santa. Arantza Quiroga dándole la cara a pistolas asesinas. Rouco reconoce que la Iglesia sufre una crisis económica. Hay que aumentar la dotación. Los pobres –piensa el jefe episcopal- no pueden acercarse al nuevo presidente para exigir justicia distributiva. Pero de Presidente a Presidente se puede hasta obligar. Rouco sabe de manifestaciones. Por Colón multitudinario. Para reclamar que no se ataque a la familia, aunque nadie ataque a la familia. Contra el divorcio que ayuda a que el amor no se muera definitivamente. Por el cariño entre seres que se aman entre sí, sin más razón que el amor, que el proyecto de aportarle ternura a la existencia. Contra una educación que nos enseña respeto a los demás. Por una visión de la sexualidad  que conforma lo humano como unidad amorosa, como éxtasis del todo indivisible, como gozo de existir en otro y para otro.

El mundo tiene derechos. Los estómagos vacíos no se llenan con plegarias. Hay urgencia de pan. Hay trigales para todos. Dios creó el mundo y lo puso en manos del hombre. La Iglesia se apropió de la creación y la repartió entre unos pocos.. El silencio es un pecado imperdonable en una Iglesia que se funda en la palabra. El mundo tiene derecho a la libertad por encima de legislaciones que enclaustran la iniciativa humana. El mundo necesita amor y nadie puede segar esa grandeza humana. Una Iglesia pobre se puede entregar a la vida. El desnudo es la prueba de una donación absoluta. Cuando la Iglesia se enquista en su poder se está negando como oferta salvadora, lejana del amor, canjeable por euros manoseados.

Y en estas llega Rajoy y la Jerarquía prevé la resurrección de un nacionalcatolicismo de nuevo cuño.

Fueron ruidos de sables. Hoy son ruidos de mitras.

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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