Respuesta a ‘España es un estado aconfesional’

Siendo concejal de Izquierda Unida, hará ya unos 6 o 7 años, nos llegó a una Comisión de Hacienda del Ayuntamiento una solicitud de subvención para una obra de reforma en una Casa Parroquial de Alcázar de S. Juan. Intuitivamente, pensé que se trataba de una obra en la fachada del edificio, y a punto estuve de votar a favor de la subvención para ayudar a mantener la línea estética de todos los edificios de la zona (independientemente de su carácter religioso o no). Pero, justo antes, se me ocurrió preguntar en qué consistía exactamente la reforma, más por confirmar lo que pensaba que por otra cosa. Cuál sería mi sorpresa cuando me responden que la obra era en el cuarto de baño que usaba el párroco. En ese momento, pregunté (con más vergüenza que duda) si el cuarto de baño tenía algún valor artístico o histórico que justificara la subvención, a lo que se me dijo que se pediría el informe técnico correspondiente, de modo que el expediente de subvención quedaba sobre la mesa hasta la próxima reunión de la Comisión. Cuando llegó el día, se leyó el informe del técnico que era para verlo: en una sola línea decía que el cuarto de baño no tenía ningún valor estético ni histórico. Me imagino los apuros del pobre técnico cuando se le pidiera redactar dicho informe, pensando: «A ver cómo escribo que ¡se trata de un wáter!». Evidentemente, voté en contra de la subvención, igual que los concejales del Grupo Socialista. Increíblemente, los concejales del Grupo Popular y de CxA ¡votaron a favor! Se les preguntó el por qué y simplemente dijeron que porque sí. Como los socialistas eran mayoría, se denegó la subvención.

La anécdota no deja de ser eso, una anécdota, pero ejemplifica el modo de pensar de los conservadores con respecto a la religión y la política. Y que es la misma línea en la que va el texto de Eduardo J. García Villajos, «España es un Estado aconfesional». En dicho texto, García Villajos dice literalmente:

«La idea del laicismo pretende eliminar todas las manifestaciones religiosas, ideológicas y morales del ámbito externo de la personalidad, de tal forma que los ciudadanos no podamos externalizar unas creencias religiosas o ideológicas, y ni mucho menos podamos externalizar el culto o formación pública del hecho religioso. ¿Por qué no me gusta el laicismo? Porque los poderes públicos prohibirían toda expresión o manifestación pública de las ideologías y creencias religiosas, de manera que limitarían ese desarrollo personalísimo de los ciudadanos».

Lo que dice ese párrafo es, simplemente, falso. Partiendo de esa (falsa) premisa, todo el texto no es sino una falacia. Una falacia del hombre de paja, exactamente. Consiste en caricaturizar la tesis contraria que se quiere rebatir para mostrarla como si fuera ridícula, absurda o terrible, y que así parezca que la tesis alternativa es mejor. En su caso, presenta una idea totalmente falsa del laicismo para hacer parecer que su idea de lo que llama «aconfesionalidad» parezca mejor. Poca fuerza tiene que tener su propia tesis si para defenderla tiene que recurrir a falacias y mentiras como esta.

El laicismo no es eso, ni mucho menos. Baste leer a los principales autores laicistas, como Gonzalo Puente Ojea, Henri Peña-Ruiz, Catherine Kintzler, Paolo Flores D’Arcais y tantos otros para darse cuenta que ninguno de ellos defiende algo así. Lo que el laicismo procura es un Estado que garantice la libertad de conciencia (tanto religiosa como no religiosa) y la igualdad de todos los ciudadanos independientemente de los contenidos de su conciencia. Para eso, el Estado ha de ser neutral en esos temas de conciencia y establecer una separación clara entre el ámbito público (el del diálogo y la acción política) y el ámbito privado (el de la conciencia, religiosa o no). De esta forma, se logra un espacio público de convivencia, neutral, y se garantiza la máxima libertad en el ámbito privado.

La libertad de conciencia implica la libertad de expresión de esa conciencia, sin más límite que los derechos de los demás (esto es, el orden público). En ese sentido, un Estado laico no solo no prohíbe la libre expresión de la conciencia religiosa o no religiosa, sino que la garantiza, la protege y la promueve. En Francia, por ejemplo, país laico por antonomasia, a nadie se le encarcela por expresar sus creencias religiosas o sus críticas a la religión (dos manifestaciones igualmente legítimas de la libertad de expresión). En España no es así, sin embargo: criticar la religión sí puede ser castigado penalmente, ya que sigue vigente (aunque parezca mentira en el siglo XXI) el delito de blasfemia en el Código Penal (art. 525 CP). De hecho, el cantautor Javier Krahe fue acusado por esa razón en 2012 por parte del católico Centro Tomás Moro.

Para comprender mejor el laicismo, basta con entender qué es lo que reivindican los católicos en aquellos países donde son minoría, por ejemplo, en el contexto de los países islámicos. Allí, los católicos no piden un Estado «aconfesional» como dice García-Villajos, sino uno laico. Esto es, que el Estado esté separado de la religión y sea neutral entre todas ellas, para que tanto la mayoría musulmana como la minoría católica (o de otras religiones o de ninguna) puedan vivir de acuerdo a su conciencia, en libertad e igualdad: ¡eso es el laicismo! En esos países, los católicos no quieren un Estado «aconfesional» donde haya símbolos religiosos musulmanes en los edificios públicos, donde el islam tenga privilegios económicos o donde las leyes se hagan de acuerdo a la sharia. Lo que quieren es que el Estado sea de todos (no solo, ni principalmente, de los musulmanes) y para eso piden que sea neutral. Pues exactamente lo mismo queremos los laicistas también en España, que el Estado sea de todos, neutral, y no solo ni principalmente de los católicos: que no haya símbolos católicos (ni musulmanes ni ateos) en los edificios públicos, donde la iglesia católica (ni ninguna otra) tenga privilegios económicos, y que las leyes (como la de la interrupción voluntaria del embarazo u otras) no se hagan de acuerdo a la moral católica sino a la ética pública.

El problema de los católicos en España es que, por tradición, están acostumbrados a privilegios, y por eso les cuesta entender el laicismo que, los mismos católicos, exigen allí donde son minoría. El laicismo es una forma de filosofía política cuyo objetivo no es atacar la religión, sino todo lo contrario, protegerla dentro del derecho a la libertad de conciencia y en igualdad con otras religiones o ideologías. De hecho, la neutralidad y separación público-privada que establece el laicismo lo que pretende es garantizar la libertad y la autonomía de las religiones respecto del Estado. Cuando el laicismo señala que los poderes públicos no deben acudir a actos religiosos, el motivo principal es el de salvaguardar la autonomía e independencia de la religión. Históricamente, la presencia política en los actos religiosos era una forma de vigilarlos, de controlarlos. Era como un aviso por parte del poder político a las autoridades religiosas diciéndoles: «A ver qué vas a decir, que estoy aquí». Era una forma de controlar a la religión, lo que impedía su libertad. ¿Por qué? No fuera a pasar que a algún sacerdote, por ejemplo, se le ocurriera citar en su homilía la Carta de Santiago, en la que dice:

«Ahora les toca a los ricos: lloren y laméntense porque les han venido encima desgracias. Los gusanos se han metido en sus reservas y la polilla se come sus vestidos, su oro y su plata se han oxidado. El óxido se levanta como acusador contra ustedes y como un fuego les devora las carnes. ¿Cómo han atesorado, si ya estamos en los últimos días? El salario de los trabajadores que cosecharon sus campos se ha puesto a gritar, pues ustedes no les pagaron; las quejas de los segadores ya habían llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Han conocido sólo lujo y placeres en este mundo, y lo pasaron muy bien, mientras otros eran asesinados. Condenaron y mataron al inocente, pues ¿cómo podía defenderse? (Santiago 5, 1-6).

Sacerdotes católicos en América Latina o en España, con la lectura de textos como este y otros de la Biblia, animaron a sus congregaciones a luchar contra las dictaduras, los caciques, los terratenientes y los capitalistas en sus países. Algunos de ellos hasta se unieron a las guerrillas al lado de los más pobres. Por ejemplo, Camilo Torres Restrepo, sacerdote colombiano y fundador del Frente Unido del Pueblo, y después guerrillero del Ejército de Liberación Nacional (ELN). En España tuvimos al jesuita José María de Llanos, más conocido como el padre Llanos, cura obrero y del Partido Comunista de España (PCE).

La laicidad es la garantía de que sacerdotes como estos puedan ser libres para expresar libremente lo que quieran, sin estar vigilados ni ser reprimidos por las autoridades políticas por eso, ni tener que suavizar su discurso ante su presencia. Por eso el laicismo, en ese compromiso de respetar totalmente la libertad de conciencia, y por ende, también religiosa, establece la separación entre política y religión. Por eso mismo, los políticos laicistas se abstienen de participar, como políticos, en los actos religiosos, como una muestra de respeto a la religión y de garantía de su independencia. Es como decirles: no os queremos vigilar, queremos que seáis libres, incluso para criticarnos.

Distinto es el caso de los políticos que quieren controlar la religión y, a su vez, se dejan controlar por ella, en connivencia de intereses y poderes, y siempre en contra del pueblo y de los más humildes. No olvidemos que durante el franquismo, el dictador no solo acudía a los actos religiosos y los vigilaba, sino que hasta tenía la potestad de nombrar obispos (evidentemente, a los más conservadores, y no a los que eran como el padre Llanos).

La llamada «aconfesionalidad» no es sino un criptoconfesionalismo (en palabras de Puente Ojea), una forma de aparentar laicidad cuando lo que hay es un régimen de privilegios para la iglesia católica. Por eso, la iglesia católica y los políticos conservadores no pueden aceptar el laicismo, porque saben que lo que acabarían serían sus privilegios y prebendas mutuos, y lo que menos les importa es la libertad religiosa y de conciencia, ya que, en el laicismo, están plenamente garantizadas.

Andrés Carmona Campo, licenciado en Filosofía y en Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía.

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