Regalos navideños (Carta abierta a la ministra de Educación)

Muy señora mía:

Un subordinado suyo, concretamente un profesor de Secundaria de una isla llamada Asturias -isla en términos existenciales, usted me entiende- sin intención de incurrir en irreverencia alguna, se dirige a usted, atribulado y trémulo. Bien, por lo que acaba de publicarse en la prensa, al fin en el sistema educativo de la católica España contará para la nota media la religión que nos dio y nos seguirá dando tantas glorias imperiales, así en la tierra como en la eternidad. Ya era hora. Así pues, el conocimiento de la única religión verdadera influirá en el expediente académico en los estudios no universitarios. Esto, que se había anunciado a principios del verano, parece tomar carta de naturaleza definitiva ahora en las presentes fiestas del Señor.

Seguro que es usted consciente del gran regalo que les da con esto a los futuros ciudadanos. Al lado del aprendizaje de conocimientos meramente instrumentales, tendrán la dicha de iniciarse en la instrucción que les ayudará de forma decisiva a acceder a las puertas del cielo cuando el Altísimo tenga a bien llamarlos. Es trascendental su medida, créame. Y lo es por mucho que algunos de esos que incordian siempre vengan con su perorata, es decir, que la religión católica, a juzgar por las calificaciones, sube la nota media, pues raro es el alumno que no obtiene altas calificaciones, aunque en las ciencias terrenales los resultados no sean tan brillantes.

Se atreverán -me atrevo a aventurárselo- a hablar de discriminación con respecto a aquellos que no opten por la religión católica. No tienen límites estos incrédulos, ministra mía. ¿Acaso creen aceptable que se pueda estar en igualdad de condiciones fuera de la Iglesia, tanto en la tierra como en el cielo, máxime en un país tan querido de Dios como es la católica España? ¡Hay que ver hasta dónde puede llegar su osadía!

La única pega de todo esto, señora ministra, es que, para unos y para otros, hay una laguna grande en la formación cultural. Es decir, el desconocimiento del hecho religioso, empezando por la supina ignorancia de lo que son los textos bíblicos, resulta preocupante, y eso lo captamos quienes nos dedicamos a materias de tejas abajo como filosofía, historia, arte, literatura, etcétera. Esa materia que tendría como contenidos el hecho religioso desde una perspectiva histórica sin proselitismos estaría llamada a resolver en parte el problema que planteo. Pero, claro, tal cosa no es nada comparada con el acercamiento a la fe verdadera que su propuesta ministerial contiene.

Créame, señora ministra, la felicito de veras. Ya está bien de papanatismos imitadores de lo que sucede allende los Pirineos. Que en esa Francia cuna del jacobinismo, que en la patria de un ser tan irreverente como Voltaire, el presidente de la República, que además es de derechas, defienda con ardor la escuela pública y el laicismo no nos ha de llevar a confundir las cosas. Estamos en España, y aquí no nos sirven estas cosas, faltaría más. Por eso no entiendo bien que usted se haya solidarizado, si las referencias de prensa son fieles a sus palabras e intenciones, con el señor Chirac, a no ser que fuese sólo en lo que toca a la prohibición de símbolos de otras religiones ajenas a la verdadera. Es lo único plausible que encuentro.

En fin, vuelven las cosas a su cauce. Tras años de confusionismo, tras un período largo de Gobierno socialista (?) la religión católica vuelve a ocupar su sitio natural en la católica España. El sarampión ya pasó. Y usted regala a los estudiantes de Secundaria algo tan valioso que no sólo sirve para orientarse en este valle de lágrimas, sino también para alcanzar la eternidad. Y, como no podía ser de otra manera, la buena nueva parece confirmarse en fechas navideñas.

¡Alegría, alegría, alegría!

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