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Que Dios proteja a Polonia

El pasado 23 de agosto el gobierno polaco anunció a la prensa la construcción de un muro de 2,5 metros de alto a lo largo de su frontera con Bielorrusia. Al estilo Trump, el primer ministro, Mateusz Morawiecki, ha decidido poner freno a la ola migratoria y no ha dudado en calificar  de “guerra” al goteo constante de inmigrantes que pretenden cruzar la línea de 418 kilómetros que separa a ambos países.   

Polonia, históricamente acostumbrada a ver emigrar a sus ciudadanos, se ha convertido en cinco años en el país europeo con mayor recepción de inmigrantes de la Unión Europea. Las cifras representan la evidencia de la supuesta buena predisposición a la hora de la acogida. Según el Informe Mundial sobre las Migraciones 2020, entre los años 2013 y 2019 Polonia emitió más de 660 mil permisos de residencia a los extranjeros. Sin embargo detrás de esos números se esconde una realidad que en otros países europeos receptores de inmigrantes suele darse de igual manera. La retórica anti-inmigrante del oficialismo contrasta con la necesidad de trabajadores para asumir los trabajos mal pagados que los polacos rechazan.

Polonia se ha convertido en cinco años en el país europeo con mayor recepción de inmigrantes de la UE

La frontera con Bielorrusia es la zona declarada “en guerra” por el gobierno de Polonia. Allí se amontonan cientos de personas a la espera de una ayuda humanitaria que no llega. Desde hace tres semanas se reporta la permanencia de un grupo de cincuenta personas, entre ellas niños, en el área de Usnarz Górny, a escasos metros de la frontera polaca. Según declaró a la prensa el activista Władysław Frasyniuk, “los refugiados no están recibiendo ningún tipo de ayuda a pesar de que tienen derecho a entrar en territorio polaco. No sólo no están siendo asistidos sino que están siendo intimidados por soldados polacos para que permanezcan del lado bielorruso y a la intemperie”.

La situación de los inmigrantes obligados a pernoctar cerca del alambrado de espino que divide a los dos países cobró notoriedad en la opinión pública. Hubo algunas manifestaciones en los pueblos cercanos a la frontera, criticando la actuación de los soldados polacos cuya conducta fue calificada como “Inhumana y anti-polaca”. “Escupen sobre los valores por los que sus padres y abuelos lucharon”, dijo  Władysław Frasyniuk en una entrevista televisiva. “Enviar a más de 1000 soldados a patrullar la frontera en vez de procurarles ayuda humanitaria es criminalizar la tragedia que viven esas personas”, sostuvo Frasyniuk.

El encono contra la inmigración creció significativamente, y el reclamo en contra de la diversidad se multiplicó entre los partidos de la ultraderecha. En 2015, en plena crisis migratoria en Europa, el partido nacionalista Ley y Justicia rechazó recibir refugiados en un momento en el cual la Unión Europea intentaba asentar, entre los estados miembros, a 160 mil personas. Jarosław Kaczyński, líder del partido que llegó al poder en octubre de ese mismo año, señaló que los inmigrantes traían consigo “todo tipo de parásitos y protozoos que, aunque no son peligrosos en los organismos de estas personas, podrían ser peligrosos aquí”.

En noviembre de 2018 se realizó en Varsovia una marcha neonazi con motivo del Día Nacional. En esta conmemoración participaron más de 60 mil neonazis que entre gritos y pancartas en alto exigían la “pureza de la raza”. El ministro del interior, Mariusz Błaszczak, aseguró que se trataba de una “bonita imagen”. Y la televisión pública habló de “una gran marcha patriótica”. 

La arenga en contra de los extranjeros fue el caballo de batalla con el que Ley y Justicia logró hacerse con el poder en 2015, año en el que miles de refugiados intentaban recalar en Europa a través de la ruta de los Balcanes. Es el propio gobierno ahora el que contribuye con la naturalización del racismo. El discurso xenófobo ha calado tan profundo que, según el Informe Mundial sobre las Migraciones, más del 80 por ciento de los jóvenes están en contra de acoger inmigrantes en Polonia. Y el dato más revelador de este odio creciente fue la primera medida del gobierno al disolver el Consejo Contra el Racismo.

Jerarcas de la Iglesia Católica remueven los resentimientos nacionalistas más repugnantes

El odio de esta facción de la sociedad polaca hacia el inmigrante incluye a jerarcas de la Iglesia Católica que remueven los resentimientos nacionalistas más repugnantes. Parte de la Iglesia instala la idea de “agresiones anticristianas del islam”, y asegura que defenderá al país de posiciones “anticlericales y de izquierda radical”. En este frenesí xenófobo miembros de la Iglesia no han dudado en bendecir los alambres de espino que separan a Polonia de Bielorrusia (tal como puede observarse en la imagen que ilustra el texto). Bendicen el alambre de espinos para que Dios proteja a Polonia -país de tradición migrante- de los migrantes. Bendicen los alambres de espino en los que se dejará la sangre el inmigrante. Bendicen el alambre que pronto será reemplazado por el muro que ya comenzó a construirse. Bendicen la frontera, la línea invisible; tal vez considerando que Dios está de un solo lado. Es por lo menos extraño el concepto del mérito de una bendición el que aplican en su santo criterio estos sacerdotes cristianos.  

Polonia es uno de los países más homogéneos desde el punto de vista étnico y religioso en Europa. Sin embargo el discurso de “Polonia Primero” ayudó al partido ultraderechista a ganar el 37,6 por ciento de los votos contra la Plataforma Cívica que gobernaba en ese momento, que solo obtuvo el 24,1. Con la ayuda de la Iglesia Católica crecen los adeptos a la ultraderecha polaca. Y la furia por la defensa de unos valores cuyo sustento no es más que el odio, remiten a lo peor de la historia de la humanidad. Que Dios proteja a Polonia.

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