¡Que dios nos pille confesados!

Termina el noveno año del siglo XXI y la irracionalidad sigue guiando de forma nada desdeñable el comportamiento humano y, lo que es peor, su pensamiento. En nuestro país, uno de los adelantados del mundo civilizado occidental, una multitud de ciudadanos se han congregado en una de las plazas más importantes de su capital para asistir a una extraña ceremonia, que han denominado Fiesta de la Sagrada Familia.

Decenas de personas disfrazadas con ricas vestimentas, tocadas con estrafalarios gorros puntiagudos y que portan enormes varas de mando -al modo de los hechiceros de ciertas tribus africanas- han dirigido el multitudinario cotarro. Estos cabecillas, que se consideran a sí mismos portavoces de un ser superior, se dirigen a las decenas de miles de personas asistentes al acto para hacerles saber su opinión sobre lo que debe ser la institución familiar.

Ellos son célibes y se tienen por superiores a los que han optado por el matrimonio (Concilio de Trento, Sesión 24, 11 nov. 1563, canon 10) pero ello no obsta para que afirmen con rotundidad que “sin la familia cristiana, Europa se quedaría sin hijos” y que cualquier otro modelo “no responde a la verdad natural, tal como viene dada al hombre desde el principio de la creación”.

Dos afirmaciones que encierran sendas incongruencias pero que los fieles y fanáticos seguidores de los individuos disfrazados no ponen en cuestión. La autoridad les viene otorgada, según aseguran, sobrenaturalmente y todo lo que dicen está marcado para sus incondicionales con el marchamo de la auténtica y única verdad.

Pero, si como aseveran estos emisarios del otro mundo, el celibato que practican representa un estado superior ¿por qué en el supuesto de que todas las personas accedieran a esta superioridad el resultado sería tan catastrófico que la humanidad desaparecería en el lapso de una única generación? Y si la “verdad natural” es la del matrimonio entendido como la unión “abierta a la procreación” entre un varón y una mujer ¿por qué los que así lo afirman y se lo exigen a los demás se comportan de forma tan diametralmente opuesta y, por ende, tan antinatural?

No obstante, lo comentado hasta aquí no tendría mayor relevancia si todo ello concerniera sólo a una minoría de ciudadanos anclados en la prehistoria social pero, por desgracia, no es así. Los comentarios políticos a este aquelarre celebrado por fosilizados cerebros a plena luz del día, no dejan lugar a la duda.

El secretario general del PSOE madrileño, Tomás Gómez, ha afirmado que este evento supuso “un acto claro en contra del progreso y de los avances en los derechos sociales e individuales”. Pero la contundente réplica por parte del portavoz del Grupo Parlamentario Popular en la Asamblea de Madrid, David Pérez, sitúa el fenómeno en su verdadera dimensión al asegurar que “muy mal acaba el año Gómez, despreciando los valores que unen a la inmensa mayoría de los españoles, y que el PSOE está intentando en vano aniquilar con sus prejuicios rancios y anticuados”.

Es decir, para el partido político que tiene todas las papeletas para gobernar en alguna próxima ocasión el país, la fiesta organizada por monseñor Rouco y compañía el pasado domingo en Madrid ha sido todo un alarde de modernidad y de tolerancia. ¡Que dios nos pille confesados!

Gerardo Rivas Rico es licenciado en Ciencias Económicas

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