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¡Qué abuso!

Nuestra Constitución concede al estado español la categoría de Aconfesional, laico. No obstante, mucha gente sigue empeñada en aquello de que somos “católicos, apostólicos y romanos”, al menos en una parte de la liturgia de la iglesia católica.

En Semana Santa, donde quien más quien menos piensa en unas pequeñas vacaciones, queda una buena parte de la población dispuesta a sacrificar su tiempo en presenciar, acompañar o participar en las procesiones que se celebran con mayor o menor fastuosidad en las distintas ciudades de nuestro país. En algunas, Sevilla, Málaga, y buena parte de Andalucía, se han convertido en un espectáculo, más que en un acto religioso. En otras se mantiene el recogimiento, la fe y las creencias que cada quien pueda profesar. Y, en general, se ha llegado a pensar que una Semana Santa sin procesiones pierde todo su encanto. Hasta ahí, bien. Respeto profundamente a quien se viste de negro y acompaña la imagen del Nazareno, de la Pasión o del Encuentro. Respeto a quienes presencian el discurrir de los Pasos por las diferentes calles y, de alguna manera, se sienten partícipes de un momento de abstracción religiosa. Y no me importa lo más mínimo que en algunas de estas procesiones se dé cabida a unidades del Ejército (diga la señora Chacón lo que diga), por tradición, por cultura popular, por la razón que sea.

Sinceramente, creo que el espectáculo que dan los legionarios con el Cristo de la Buena Muerte en Málaga es impresionante y estoy convencido de que, aparte de un show, la gente que acude a verles se siente plenamente identificada con lo espiritual del momento. Digamos que hay una tradición arraigada tanto en los caballeros legionarios como en el pueblo llano, que disfruta con actos así.

Pero… aquí viene el “pero”. Si estamos en un estado aconfesional, laico, llámesele como se quiera, no acabo de entender por qué el párroco de una iglesia de barrio tiene capacidad de movilizar al ayuntamiento de turno y señalizar media docena de calles con prohibición de aparcar y amenaza de grúa, tres días antes. Calles por las que pasará “su” procesión integrada por: él mismo con tres monaguillos, 45 personas que son los componentes de la banda de música; y detrás de la banda ¡se los juro! no más de treinta personas.

No es que esté uno en contra de las procesiones, pero sí de los abusos. Y en un barrio donde el aparcamiento escasea, que venga el cura a quitártelo “desde las 15:00 horas del día “tal” hasta el final de la procesión” me parece hasta inquisidor. Es un verdadero abuso porque este caso se ha dado en días laborables y en calles donde caben perfectamente las pocas decenas de personas antes citadas en pacífica convivencia con los coches aparcados. Que solicite ayuda para cortar el tráfico durante la media hora que dura el evento, bien; pero lo demás es absolutamente impresentable. Y esto, año tras año. Un abuso.

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