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Prohibido hablar de moral

Se llama canon occidental al punto de vista que, con independencia del sexo, raza o condición del emisor, transmite los valores del varón de raza blanca del primer mundo, laico, creyente o demó­crata. Es canon (vara o medida) porque se pone como modelo y es hegemonía, porque se impone por imitación o agrado, no a la fuerza. Sirva de ejemplo la llamada Primavera Árabe (las mayúsculas son suyas). Entre la miopía y la presbicia, Dios guarde la vista a nuestros telediarios y a las muchachas les vaya bien el verano árabe con burka (que con gusto, no pica).

Si allí no salen del Corán, aquí no salimos del ágora del siglo quinto ateniense, aquella Grecia que tendría tanta mierda como cualquier socie­dad que se sostiene en esclavitud y botín. Que el Partenón nos parezca más humano que la pirá­mide egipcia, no es más que una prueba, loable, de cuanto podemos razonar. Pero las amistades deliciosas de Aquiles el de los pies ligeros y de Safo de Lesbos no condicen con lo tarde y mal que las democracias occidentales están tolerando la libre sexualidad y, en cambio, lo pronto que se tolera que a las niñas las tapen en cuanto tienen la regla. Mi amigo, el de clásicas, le echa la culpa a la Iglesia y el otro, más liberal, da por buena la alianza entre in-civilizaciones, con tal de que a él no le amarguen la vida.

Uno y otro creen en la educación y en su lenguaje: ‹‹es posible esa evolución ética y que pierdan la estu­pidez y el egoísmo que a todos nos hace creernos los más inte­ligentes y con derecho a no respetar el pensamiento ajeno››. Las palabras ética, estupidez, egoísmo, inteligente, derecho, respetar o pensamiento ni son de todos ni es igual para todos la frontera entre lo propio y lo ajeno. Los grandes títulos de persona, humanidad o sociedad son de gente que tiene el estómago lleno, y ahí nos quiero ver. Deberíamos prohibirnos pensamientos fuera del alcance de quien no llega a los mínimos de vida y esperanza. Nuestra ética, salpicada de hondas preocupaciones colectivas, es la pastilla para coger bien el sueño, disuelta en si les gusta, alguien tiene que hacerlo, o en que tiene que haber de todo.

Pregúntese el bella durmiente qué haría en caso de necesidad, de quien duerme en la calle o se busca en los contenedores, en el cayuco o en la patera, con qué moral. Incluso el 15-M, que se nutre de mileuristas familiares, ha caído en la trama de la economía. Esta caída, que es de raíz marxista, el 15-M la nota como un inconveniente y quiere que manden otros valores: honradez, entrega, inteligencia. Pero la eco­nomía ha venido y Stop Desahucios sabe cómo ha sido. El vacío es el vacío de la cabeza y de la doble moral: la triste de cebolla y la satisfecha. Pasarse de egoísmo o de ambición (como denuncian los caza recompensas de la crisis), no sale gratis. Hay que tener.

El naufragio se llama Democracia y Estado. Quie­n siga a bordo de ese Titánic, tanto más se va a hundir con sus lemas de primera clase (noso­tros los demócratas, en democracia) y más se ahogarán los de segunda, que a un falso leño se confían, viejas tablas reivindicativas de esos derechos e igualdades nunca adquiridos (como el derecho a la familia). La democracia pudo guiñarnos un ojo cuando la dictadura: hoy nadie ignora que las urnas, como las armas, las carga el mercado, Obama o Merkel. Junto a la democracia, el Estado [del Bienestar], nos ilusionó otra época: hoy las clases acomodadas levantan el chiringuito, el sector público, porque no lo necesitan. ¿Para qué, si educación, sanidad y vivienda, y hasta las fuerzas del orden que les alejen los pobres de encima, pueden pagarlas de su/nuestro bolsillo? Nosotros, los progres, que creíamos que el Estado era el aparato al servicio de las clases dominantes con el que había que acabar, y resulta que al Estado lo lloran las huérfanas clases dominadas, las que no tienen ni para la salud ni para la enfermedad.

La democracia fue útil en Grecia. Dejó de serlo, y el sufragio se perdió, de manera que su vuelta fue como unos dibujos animados: el filósofo con su sabanita, el ágora con pajaritos, Sócrates con sé tú mismo o solo sé que no sé nada, chorradillas así. Libros de texto le iban poniendo música celestial a la edad de oro ateniense mientras la letra Libertad, igualdad y fraternidad se iba degradando. ¿Libertad?, ¿sin determinismos ni herencias? La mayoría nos iremos de esta vida sin saber qué hicimos libres: nada. ¿Fraternidad? Cáritas y oenegés, no, gra­cias: justicia social. Y de igualdad, mejor no hablemos: el comunismo utópico la intuye. No dirán que es igualdad la de todos ante la ley, la de un hombre, un voto, y otras lindezas por el estilo.

Últimamente, desde Ikea y el Informe Pisa, un tipo de profesor y de universitario se pirra, sin más análisis ni más dialéctica, por las potentes democracias albinas, arriba del paralelo 40. Esta admiración por la Europa alta y rubia y de ojos azules admite sus sesiones de psicoanálisis y de economía colonial, primera lección: Boliden. Si la extraescolar por Az­nalcóllar no le basta, despierte el alma dormida contemplando el carril-bici que nos vino del Norte, apártese, que llevo timbre, o esas hinchadas ebrias que acompañan a sus equipos de fútbol. Vayan a la última remonarquización de Holanda. Es tanta su armonía, y tan educada, que está participada por el pueblo. Sin entrar en las fuentes de su riqueza (Philips, Shell, ING) y sin remontarnos a aquel Tratado de Utrecht donde se hizo inglesa Gibraltar: Un pueblo que admira su aristocracia es un pueblo vil (Baroja). Aplíquese a El País de don Felipe y doña Letizia. Y a Islandia: centroderecha, en fin. Como mandan los cánones.

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