Poder abortar es de justicia

Hubo un tiempo muy largo en la Historia de España en que el cuerpo de la mujer era propiedad de distintos hombres: el padre, los hermanos, los tíos, los primos y hasta los hijos, incluso menores; todos hombres (sigue ocurriendo en otros lugares como Irán, Pakistán, zonas de India y algunos puntos del oriente próximo y Africa). Hubo un tiempo en que los hombres usaban el cuerpo de la mujer, lo tocaban, lo manipulaban, lo violaban, dejaban en el su esperma y el resultado era algo que la mujer debía incorporar a su vida le gustara o no, le viniera bien o mal, incluso aunque se la destrozara. La mujer era una cosa nacida para procrear (con el apoyo de todas las religiones monoteístas), un pedazo de carne con agujero, sin alma (ahora parece que esto es sólo un rumor que ha recorrido las enciclopedias), lo que equivaldría a decir sin espíritu para los ateos, sin derechos, sin nada. Nada de nada. Un adorno en el mejor de los casos, el florero que reivindicaba no ser Bernadette Chirac, la esposa del ex presidente francés, en una inauguración donde nadie le hacía caso.

Estoy casi segura de que Alberto Ruiz Gallardón, ahora Ministro de Justicia pero hace años simple vecino de Alonso Martínez y las Salesas, lo mismo que yo, ha tenido alguna prima, compañera de universidad o amiga de la infancia que se vio obligada a abortar, porque casi nunca el aborto es algo que se hace queriendo; pero tampoco es un fracaso, como reivindica la pija de la señora Aguirre. No es más que la mejor de las soluciones para un error, antes de que se convierta en irreparable. Estoy segura de que el hoy Ministro de Justicia (¿qué justicia?) sabe perfectamente cuan injusto es obligar a adolescentes, mujeres jóvenes y adultas, a asumir las consecuencias indeseadas de un calentón, unas hormonas dislocadas e incluso un acto de amor. También entra  dentro de la normalidad, señor ministro, querer a una persona del otro sexo, hacer incansablemente el amor, hacer al amor, fare all’amore que dicen los italianos, y no desear  que el resultado sea un hijo.

Estoy segura de que el ministro Gallardón sabe que incurre en falacia cuando dice esas perogrulladas de que la violencia estructural, el miedo a perder un trabajo o a que no le den los papeles a una emigrante, es una “presión” que induce a abortar. Claro que hay “violencia estructural”, y usted lo sabe ministro, pero es la que genera la estructura familiar nacionalcatólica donde gracias a tipos como usted, con derecho a hacer leyes, el macho sigue dictando las normas, ignorando, pegando, maltratando e incluso matando a su compañera o su hija. Violencia estructural que lleva a muchas mujeres al cementerio años antes de lo que estaba escrito en la página de su destino.

Menos cuento, ministro. Con más de cinco millones de parados oficiales, y un aumento exponencial de familias desahuciadas y personas sin techo, vaya usted a contarle a una embarazada en esas condiciones que el Estado, la Comunidad, el Ayuntamiento, le van a facilitar la vida a cambio de que no aborte: por lo visto usted cree, y en fin de cuentas allá usted con sus creencias pero lo peor es quiere que creamos los demás,  que para criar a un ser niño bastan un bonobús y la visita de una asistente social. Suscribo todas y cada una de las palabras de la periodistas Cristina Fallarás (despedida del gratuito ADN en el octavo mes de embarazo), quien  ha escrito en su blog: “Efectivamente, señor Gallardón, existe una violencia estructural cuyo puñetazo yo recibo (…) por el simple hecho de que usted quiera intervenir en esa decisión partiendo de la base de que es una desgracia que usted, varón, rico, católico y con un futuro asegurado, puede solucionar. Ni desgracia ni solución son los términos. La violencia estructural que sí, que existe, no está dirigida contra la maternidad (oh, derecho divino), sino contra la capacidad de las mujeres, que es al fin y al cabo a quienes incumbe lo que usted declara, para tomar sus propias decisiones según les vengan dadas”.

Pedir que las mujeres sean quienes decidan qué hacer con su cuerpo no es cosa de izquierdas, ni mucho menos una cuestión banal, como parece que piensan los redactores de los informativos de Tele 5 (Berlusconi, presunto corruptor de menores), que en su línea habitual de frivolizarlo todo se atreven a decir que el ministro “solivianta a la izquierda con sus palabras sobre el aborto”. Pedir que la decisión de abortar, y cuando hacerlo (nadie más que la pija de Aguirre habla de abortar a los ocho meses), corresponda tomarla a la embarazada no es ni de izquierda ni de derechas, es de justicia; evidentemente, no de la justicia de Gallardón, sino de la universal, la del siglo XXI civilizado.

De todas maneras, y como parece que aquí nadie se ha equivocado nunca, nadie ha roto un plato en su vida, como parece que la derecha española –ortodoxa fundamentalista  católica  y de las jons- está empeñada en que creamos que no tiene ni puñetera idea de lo que es un aborto clandestino (que es la condena que quiere añadir el ministro al mal trago de tener que abortar), me veo en la obligación de contárselo para que ya no pueda volver a decir nunca que ignora lo que van  a tener que pasar sus hijas y sus nietas en el peor de los casos (en el mejor, conseguirán dinero suficiente para viajar a Londres o Amsterdam y pagarse allí un aborto en condiciones. Estoy  dispuesta a facilitar direcciones).

Un aborto clandestino, señor Gallardón, Aguirre y señores, señoras y señorías del conservadurismo más recalcitrante, es una mujer asustada, asustadísima (acompañada de una amiga igual de asustada y, a veces pero pocas, de un novio, marido o lo que sea, blanco como el papel de liar maría y respirando entrecortadamente), que entra en un portal a veces siniestro, a veces incluso lujoso en la Milla de Oro, sube las escaleras temblando y pasa a una habitación que no reúne ni las más mínimas condiciones de higiene y asepsia. Allí, encima de una mesa tapada con una sábana, primero le pedirán el dinero de la intervención, después le darán una pastilla de algún tranquilizante, la desnudarán de la cintura  para abajo y alguien que puede ser un técnico sanitario, o no, manipulará dentro de su cuerpo con un instrumental que el resto del tiempo permanece escondido entre un ramo de flores, o en el doble fondo de algún cajón. Mientras tanto, sonará una música estridente para que si los vecinos protestan por algo sea por los berridos del rockero, y no por los de la mujer que está abortando. Luego la ayudarán a vestirse, la sentarán quince minutos en una salita, le darán un par de analgésicos contundentes y la enviarán a casa con la recomendación de olvidarse para siempre del lugar donde ha estado.

Eso es un aborto clandestino, señor Gallardón. Eso es lo que usted quiere para sus amigas,  las amigas de sus hijos y las hijas de sus amigos. Eso es lo que usted firma al modificar la ley. Ni sus amigas, ni las amigas de sus hijos, ni las hijas de sus amigos se lo van a perdonar nunca.

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