Patria, religión y antimarxismo

La Universitat de València presenta “El último cruzado español. El padre Oltra y el franquismo”, de Eladi Mainar

Fue un personaje importante en el franquismo, pero hoy resulta difícil encontrar reseñas biográficas o noticias del religioso valenciano Miguel Oltra (Benifairó de la Valldigna, 1911). La fotografía de portada del libro “El último cruzado español. El padre Oltra y el franquismo” (Ed. La Xara), del historiador Eladi Mainar, da cuenta de la relevancia de este cura franciscano: aparece en una audiencia áulica -cara a cara, sonriente y con los “ducados” en la capucha- junto al dictador. Mainar, autor de libros como “L’alçament militar de juliol de 1936 a València”; “De milicians a soldats” y “La agonía de la II República” (con José M. Santandreu y Robert Llopis) ha presentado la biografía del padre Oltra en la Universitat de València.

El archivo franciscano es la fuente básica para el estudio sobre este clérigo ultramontano. Hijo de ferroviario, Oltra estudia en la comunidad franciscana de Carcaixent, formación que amplía más adelante en el convento de Benissa (Alicante). Eladi Mainar explica el contexto: “En el primer tercio del siglo XX la iglesia española es muy reaccionaria, no acepta el liberalismo”. Personaje de su tiempo, Miguel Oltra llega a escribir –en tono de lamento- que bajo la protección de los gobernantes de la patria, las ideas de la enciclopedia francesa penetraron en el pueblo español. Durante la II República, ante la quema de las primeras iglesias, Oltra es uno de los religiosos franciscanos que abandona el estado español. Los superiores de la orden le envían a Alemania.

“De talante antiliberal y joseantoniano, apunta Eladi Mainar, allí vive en 1932 todo el ascenso del nazismo”, y a España no volverá hasta 1937, iniciada la guerra civil. Oltra se incorpora al bando llamado “rebelde”. Le trasladaron a la capital de los facciosos, Burgos, donde se hallaba Franco. El hecho de que conociera varios idiomas contribuyó a su designación como capellán del campo de concentración de san Pedro de Cardeña, donde destacaba la presencia de brigadistas internacionales. El religioso ultra “vende” en san Pedro de Cardeña las “bondades” del nazismo y el fascismo a los brigadistas, recuerda el autor de “El último cruzado español”. “Sus discursos son arengas políticas y hagiográficas sobre Franco”, agrega Mainar (se refería al “caudillo” como a un instrumento humano de inspiración divina). En el campo de internamiento Miguel Oltra trabó relación con Vallejo Nájera, gran mentor de la psiquiatría franquista, quien estudiaba en ese momento los factores por los que las masas abrazaban el marxismo. La conclusión atribuye el fenómeno al déficit de inteligencia.

Finalizada la guerra civil, el religioso es nombrado –en 1943- asesor espiritual de los trabajadores españoles en Alemania. “Intenta evitar que los trabajadores caigan en las garras del marxismo”, apunta Eladi Mainar. Además, vivió personalmente en Berlín los bombardeos de las tropas aliadas. De vuelta a España, con residencia fija en la comunidad san Francisco el Grande (Madrid), continúa su apostolado anticomunista y publicando en revistas como “Verdad y Vida”. Oltra es fiel siempre a tres grandes lemas: religión y patria y combate al marxismo.

Una de las grandes batallas en las que se empeñó el eclesiástico fue el regreso a España de los divisionistas (azules) que estaban presos en la URSS. De hecho, Oltra emprendió una ruta de muchos meses para convencer a políticos europeos de la necesidad del retorno. Viajó a Francia, Austria, Dinamarca… A la muerte de Stalin, se entrevistó con el mariscal Chuikov para engrasar los trámites. Finalmente 286 prisioneros españoles regresaron en un barco de bandera liberiana al puerto de Barcelona, el 2 de abril de 1954. A pesar del esfuerzo, las loas no se las llevó Oltra, sino Muñoz Grandes, primer jefe de la División Azul.

A principios de la década de los 50, Miguel Oltra impulsa un proyecto de Misionología. El punto de partida es el desagrado que le produce al franciscano la Teología de la Liberación. Trata, por ello, de promover la formación de frailes y clérigos que se desplacen a América Latina para difundir los valores del catolicismo más conservador. En 1956 viaja a Estados Unidos. De la documentación analizada por Eladi Mainar no se deduce que lo hiciera en busca de financiación, aunque pueda intuirse. Realiza el religioso un periplo en autobús por las casas franciscanas e intenta entrevistarse con Henry Ford, sin conseguirlo. El capítulo de “El último cruzado español” sobre esta aventura estadounidense revela el deslumbramiento que causó en Miguel Oltra la potencia americana (en comparación con su pueblo, Benifairó): “Hasta los barrenderos tienen coche”.

Cuando el religioso vuelve al estado español, en 1961, se halla en la cima de su carrera política y eclesiástica. “Siempre hubo una clara simbiosis entre ambas”, señala Mainar. En Valencia es toda una autoridad eclesiástica que, por ejemplo, imparte conferencias en la universidad. Se le dedican calles, en Carcaixent o en Madrid (que hoy se mantiene). Pero Oltra empieza a chocar con algunos religiosos de la comunidad franciscana de Carcaixent, quienes influidos por los aires nuevos que trae Juan XXIII cuestionan su labor. Lo que sucede, afirma Eladi Mainar, trasciende el mero episodio de banderías religiosas: “Una de las grandes directrices del Concilio Vaticano II es la separación entre la iglesia y el estado; esto Oltra no lo podía consentir”.

“Se considera traicionado; el traslado al colegio de Cocentaina lo vive como una puñalada traicionera”, añade el historiador. Empieza entonces a escribir a generales, ministros e incluso al dictador, para que se revierta la situación. Lo consigue, sale de Cocentaina y recala en diferentes colegios mayores de Madrid. Eladi Mainar rescata en el libro otro episodio importante en la biografía del padre Miguel Oltra, el asesinato (oculto por el franquismo) en 1969 en Carcaixent de uno de sus grandes amigos, el general Luburic, responsable de un campo de concentración croata –Jasenovac- en el que murieron 700.000 personas durante la segunda guerra mundial. El caso de Luburic no era una excepción, pues en municipios como Dènia se encontraban otros nazis disfrutando de una vida tranquila.

El tiempo no discurría en vano y la figura de Oltra se fue apagando mientras envejecían Franco y la dictadura. Mainar se ha esmerado para que “El último cruzado” no fuera un mero anecdotario sobre un religioso inquieto y retardatario, que hizo carrera durante el franquismo. “El objetivo del libro es contextualizar”, anota el historiador. “No me gusta contar batallas”. ¿Quién fue, así pues, Miguel Oltra? “Un franquista declarado que intenta, en la última etapa, que la iglesia no se desenganche del Régimen, sobre todo por la influencia del Concilio Vaticano II”.

La Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes (1971) representó una de las señales de apertura y “desenganche” (término empleado por diferentes historiadores) con la dictadura. Planteó, incluso, la petición de “perdón” por el rol de la iglesia durante la guerra del 36. Frontalmente posicionado contra Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y Pablo VI, Oltra continuaba apuntando al “comunismo inspirado por Rusia, verdugo de la iglesia española”. Además, el eclesiástico valenciano fundó la Hermandad Sacerdotal Española, con una visión de la iglesia católica casi tridentina, que organizó unas jornadas en Zaragoza (1972) para contrarrestar a la Asamblea Conjunta. Eladi Mainar recuerda que la iglesia de la época vive una especie de “cisma” por las consecuencias del Concilio Vaticano II. Miguel Oltra fue uno de los promotores de la Hermandad Universitaria, organización de ultraderecha, que trataba de frenar el virus del mayo francés. Textos de la Hermandad Sacerdotal Española señalaban que la pornografía “se ha hecho dueña de la calle, y va contra la religión y la patria”. Oltra, quien consideraba que el pueblo español había hecho “apostasía”, se vinculó además a los religiosos más reaccionarios como Marcel Lefebvre.

Hasta el último día Miguel Oltra censuró el aperturismo religioso. Se le desplazó al convento de Cullera como modo de descabezar a la Hermandad Sacerdotal Española. De hecho, su modelo de iglesia para España se enfrentaba abiertamente al del cardenal Tarancón. Pasados los años, recuerda Eladi Mainar, “La Hermandad Sacerdotal y Oltra depositaron muchas expectativas en Wojtyla, pues coincidían en su anticomunismo visceral”. Además, según el historiador, “la victoria electoral del PSOE en 1982, ya muy débil de salud, le supuso un duro golpe; Miguel Oltra era amigo íntimo de Blas Piñar y también del fundador de los Guerrilleros de Cristo Rey, Mariano Sánchez Covisa”. Muy integrado en el “búnker”, redactaba artículos en la revista “Fuerza Nueva”. Murió el 31 de octubre de 1982. “Una vida al servicio de la iglesia y de España”, rezaba la esquela.

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