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Opinión: Sobre sexo, género y gramática

La gran renovación del mundo quizá consista en que el hombre y la mujer, liberados de todos los sentires erróneos y desganas, no se buscarán como opuestos, sino como hermanos y vecinos, y se reunirán como personas, para llevar simplemente en común, serios y pacientes, el pesado sexo que les está impuesto”.

Rainer María Rilke. Cartas a un joven poeta

“Al ser humano corresponde hacer triunfar el reino de la libertad en el seno del mundo establecido; para alcanzar esa suprema victoria es necesario, entre otras cosas, que, por encima de sus diferencias naturales, hombres y mujeres afirmen sin equívocos su fraternidad”.

Simone de Beavoir. El segundo sexo

Con insistencia se ha reiterado la demanda por un lenguaje inclusivo. Esto es, un lenguaje no sexista, que en su propio discurrir cierre el paso a la discriminación, trasmitiendo más bien alguna forma de simetría e integración. Esta demanda, asociada a distintas discusiones, con sus apasionamientos, excesos y dogmatismos, por cierto, no carece de contexto.

En uno de los pliegues de este universo problemático, el lenguaje también tiene sus responsabilidades. Claro está, porque en él se reflejan y se cristalizan estos males que se quiere superar. Al menos así se pretende desde ciertas posiciones feministas, que aspiran a producir un avance incorporando normativamente prácticas como el uso obligado de la “e” (“todes”, “muches”) o la incorporación de odiosas reiteraciones (“niñas y niños”, “diputadas y diputados”, “las y los estudiantes”). Y tratándose del lenguaje escrito, el uso intensivo de la “@” y la “x”.

El libro Sexo, género y gramática aborda esta problemática. Se reúnen aquí distintos trabajos, todos ellos a cargo de lingüistas, con tres artículos focalizados en el fenómeno del lenguaje inclusivo.

Un primer detalle es que estamos frente a un asunto con historia, puesto que lleva varias décadas. Ninguno de los autores desconoce la legitimidad de las demandas que apuntan al término de la discriminación, pero presentan argumentos para exculpar a la lengua. Guillermo Soto escribe: “No hay, hasta donde llega mi conocimiento, datos que muestren que hay menos discriminación de género en las sociedades en que se hablan lenguas sin género gramatical basado en el sexo o el género social; tampoco, que en las lenguas con género gramatical de este tipo la discriminación sea mayor. Esto es consistente con la idea de que la discriminación es una acción que realizan las personas, algo que hacemos, cuyo lugar está, antes que en la lengua, en el discurso, es decir, el uso del lenguaje” (pág. 52).

Así, una cuestión medular es la distinción entre “lengua” y “discurso”. Ambos están relacionados, se requieren, pero no son lo mismo. Alejandra Meneses aclara: “La lengua es definida como un sistema histórico y compartido por una comunidad lingüística para representar la realidad social, para establecer relaciones y para construir discursos en distintos contextos. La lengua es utilizada y continuamente (re)creada por sus hablantes a través de los discursos construidos que responden a una variedad de propósitos sociales y comunicativos. (…) Por su parte, el discurso refiere a los distintos usos de la lengua para la construcción de sentidos en contextos particulares y a través de los cuales se materializan las prácticas sociales y culturales” (pág. 18).

Esta distinción es central porque claramente establece que la lengua no discrimina, sino que son los sujetos sociales los que llegan a discriminar, humillar, degradar o dañar al otro mediante el uso intencionado de la lengua. Lo anterior, unido a una serie de elementos paralingüísticos y de conducta no verbal, en el caso de las comunicaciones orales. Esa discriminación puede tener o no apoyo en la tradición o raíces en la cultura, lo concreto es que, si apuntamos a la lengua, puede ocurrir que nuestro esfuerzo resulte estéril.

Al hilo de la misma distinción es preciso asumir la diferencia entre “género gramatical”, y “género social”. La primera categoría tiene un carácter formal, es propia de la lengua, y no guarda relación con el sexo biológico ni con el género como una realidad construida socialmente. Ambas se proyectan en planos diferenciados: por un lado, como una propiedad de los nombres y pronombres, sustantivos y adjetivos, posibilitando la concordancia en el uso de la lengua; por otro lado, como una construcción sometida a procesos históricos y asociada a prácticas al interior de las comunidades y en algunas épocas.

Estas definiciones permiten comprender que la misma lengua que sirve para escribir declaraciones de amor, permite hacer una declaración de guerra. Del mismo modo que la lengua resulta útil para redactar informes científicos, nuevas constituciones, ensayos filosóficos, poemas épicos o, con un léxico parecido y la misma gramática, amenazas de muerte, noticias falsas, publicidades engañosas o montajes retóricos. Así, podría ser irrelevante que se cambie la gramática, si correlativamente no se generan cambios en las prácticas sociales, usos culturales o modos de pensar. Como es obvio, esto es lo más difícil y requiere procesos de largo aliento.

Carlos González aporta un buen ejemplo:

“Existen, como planteamos al principio, muchas lenguas que no hacen distinciones de masculino/femenino en su sistema gramatical y en ellas, por supuesto, no hay uso genérico del masculino porque el género mismo en cuestión no existe. Una de esas lenguas es el farsi. Esta lengua no tiene género en ninguna parte: ni en los sustantivos, ni en sus adjetivos, ni en sus pronombres. En ella no hay rastros de género y no lo ha habido por cientos de años. El farsi (o persa), sin embargo, es la lengua de Irán, cuya sociedad se encuentra entre las más machistas de nuestro planeta. En farsi, por ejemplo, se puede decir y se puede pensar lo que un clérigo iraní señaló, según el periódico The Guardian: ‘Las mujeres que usan ropa reveladora y se comportan de manera promiscua son las causantes de los terremotos”  (págs. 37-38).

Carlos González

Un ejemplo complementario, muy ilustrativo al respecto, es un evento ocurrido en España. En efecto, recientemente el gobierno español solicitó a la Real Academia Española una revisión del texto de la Constitución, con el fin de corregir cualquier expresión que fuese sospechosa de sexismo, o que resultara impropia para un proyecto de inclusión. En enero de este año, un grupo competente de profesionales, hombres y mujeres, respondió que no era preciso incorporar ninguna modificación, puesto que la Constitución estaba escrita de manera gramaticalmente correcta y con un lenguaje suficientemente inclusivo.

Puede ser que en esta discusión, como en tantas otras, los participantes formulan discursos que son inmensurables entre sí. Desde un punto de vista político, el activismo de género aspira a ciertos resultados, en especial sobre la base de persuadir a los actores sociales para incorporar las nuevas demandas, recurriendo a frases redundantes, pero demostrativas, sin sombra de duda, de una adhesión a la causa de la no discriminación. Desde un punto de vista disciplinario, en especial desde la lingüística, el punto se plantea sobre otros supuestos, dado que se reconocen en la lengua desde el comienzo los mecanismos suficientes para conseguir una comunicación respetuosa y no lesiva para ningún grupo particular.

Las disciplinas del conocimiento, y la misma academia, tienen unos códigos que no compaginan bien con la contingencia y los debates políticos más acuciantes. El lenguaje de la política, inversamente, puede recoger o ignorar los desarrollos de la ciencia, en la medida en que no entre en contradicción con sus propósitos. Los desencuentros en el plano de las ideas rara vez generan diálogos productivos (en el sentido genuino de la palabra diálogo), de modo que esta es solo una especificación de un situación más bien habitual y esperable.

Sexo, género y gramática. Ideas sobre el lenguaje inclusivo

Academia Chilena de la Lengua. Santiago: Catalonia. 2020, 137 págs.

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