Obispo carcelero

El obispo Martínez Camino es el portavoz de la Conferencia Episcopal y convierte sus ruedas de prensa en verborrea hiriente por orgullosa, hueca por carente de contenidos y sofista sobre todo.

Cuando se lanza la palabra y se esconde el sentido auténtico del mensaje que encierra, se cae en el fariseísmo más puro, en la oquedad más absoluta. Proclama sin empacho que la unión del esperma con el óvulo es un bebé, y debe protegerse más que al lince. Pero esa unión no es un niño, ni un bebé es un lince. De ahí que quienes dañan algunas especies protegidas deban sufrir penas de cárcel porque esas especies son patrimonio del mundo y el mundo es el ámbito donde el hombre realiza su existencia como projimidad fraternal e histórica. El hombre es algo más que duración temporal. Existe en cuanto unidad, unicidad, irrepetibilidad, historicidad.

Es verdad que hay una “situación masiva de desprecio a la vida”. Se desprecia la vida del pobre, del trabajador, del enfermo, del viejo, del diferente. Se siente aversión hacia la existencia inútilmente bella de cada ser humano por improductivo de riqueza crematística. Llenamos de eufemismos el trato diario sin renovar por dentro los significados: el ciego es invidente, el anciano tercera edad, es minusválido (término obsceno) quien no puede realizar determinada actividad. Las palabras bien sonantes son balas destructoras, pero que anestesian de paso nuestras conciencias competitivas. Esta defensa interesa menos al obispo Camino.

“El Código Penal establece penas de prisión para quien atente contra la flora y la fauna por lo que la protección de la vida humana, incluso jurídicamente, debe ser adecuada a este hecho. En la ley actual, el aborto está tipificado como delito” constató Camino. ¿Significa esto que la Iglesia aboga por la cárcel para las mujeres que abortan? El portavoz episcopal, pretendiendo ocultar el contenido consecuente de sus palabras, hace recaer esa responsabilidad sobre una sentencia judicial. “Eso no lo he dicho yo ni lo diré. Lo debe decidir un juez”

Ahí radica la oquedad de la palabra, la casuística hipócrita de una Jerarquía que no es capaz de ser consecuente con el mensaje que proclama. Es pura cobardía exigir la cárcel para una opción humana debidamente legislada y encargar a otro, por remordimientos de conciencia, que cierre la celda por fuera. Martínez Camino no es un verdugo. Ese papel, ciertamente repugnante, lo encomienda a otros. Mantiene así limpias sus manos. La ejecución de su sentencia le pertenece a los jueces.

Si los obispos españoles estuvieran volcados en la defensa de los marginados, luchando contra la miseria, contra las guerras, contra el abandono de tantos y tantos seres humanos, no caerían en imposiciones. Se sentarían a la mesa del mundo a buscar la verdad, sin orgullo ni complejos de superioridad. Helder Cámara, Romero, Casaldáliga, los jesuitas de la UCA, los teólogos de la liberación apuestan por la anchura de la vida. Qué contraste. Algunos obispos por estos pagos elucubran cárceles, calles despejadas de pecados malolientes que manchan esclavinas de armiño y muaré.

Rafael Fernando Navarro es Filósofo

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