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Ninguna “cultura” prevalece sobre los derechos humanos

Nada hay tan antiguo en la filosofía moral como la dialéctica entre universalistas y relativistas. Siempre ha habido defensores de una moralidad objetivable, universal y de legítima imposición. Y siempre se ha escuchado a quienes esgrimen que, en realidad, cada valor moral resulta válido para un lugar y una circunstancia concreta, pudiendo ser diferente e igualmente legítimo para otro sitio y otro tiempo.

Esta controversia ha reverdecido con ocasión de la victoria de los talibanes en la guerra de Afganistán y la consecuente imposición de sus normas y reglas de convivencia, inspiradas, según ellos mismos, en una interpretación rigurosa del Corán. Los universalistas han denunciado, por ejemplo, el maltrato y discriminación de la mujer y de los homosexuales allí. Los relativistas reclaman respeto por la “cultura autóctona” y rechazan la importación obligatoria de la “cultura occidental”.

Es evidente que no se pueden imponer creencias, convicciones, experiencias, costumbres o formas de vida con carácter general a cualquier sociedad, por interesantes y válidas que resulten a sus creyentes y practicantes. No se debe siquiera demandar que cualquier nación o “cultura” renuncie, sin más, a su identidad y asuma identidades ajenas.

Es censurable, incluso, el discurso de quienes, como hizo recientemente el expresidente Aznar, reclaman “claridad moral a Occidente”, interpretando como tal la implantación universal de los valores religiosos del cristianismo e, incluso, de la ideología neoliberal que sacraliza el mercado y su famosa “mano invisible” en la organización del espacio público.

Ahora bien, existen unos principios morales indeclinablemente vinculados a la integridad y la dignidad del ser humano. Estos principios morales objetivos sí merecen el carácter de universales y sí pueden y deben ser de cumplimiento obligado y exigible en cualquier lugar y circunstancia, sin relativismo alguno. Son los principios expresados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Se trata del derecho a la vida, a la libertad, al trato igualitario, a la no discriminación por razón de sexo, raza, orientación sexual, ideología o religión. No hay “cultura”, tradición, costumbre o carácter nacional que legitime o justifique la vulneración de los derechos humanos.

Adela Cortina plantea a este respecto una distinción entre la ética de mínimos y la ética de máximos. La primera asegura una sociedad justa. La segunda busca la felicidad de sus practicantes. La ética de mínimos es de obligado cumplimiento, porque afecta a los derechos propios y ajenos. La ética de máximos es relativa, por cuanto somos diversos en nuestro concepto y nuestro camino hacia el mayor bienestar personal.

Por tanto, no se puede discriminar a la mujer o perseguir al homosexual al amparo de “nuestra cultura”, “nuestra religión” o “nuestra nacionalidad”. Es moralmente ilegítimo y censurable discriminar a las mujeres, aquí y en Afganistán, por igual. Es éticamente ilegítimo y condenable discriminar a los homosexuales, aquí y en Rusia, por igual.

De hecho, la garantía de los derechos humanos en todo el mundo, en cada país, bajo cada religión o ideología, debiera constituir una de las batallas más relevantes y prioritarias para cualquier activista en defensa del progreso político, social y cívico.

La prevalencia de los derechos humanos ha de defenderse allende nuestras fronteras y también en el ámbito doméstico. Porque negar la violencia de género, cuando cada pocos días se mata a una mujer por ser mujer, es una vulneración de los principios éticos más elementales. Como lo es también la mercantilización del cuerpo de las mujeres que llamamos prostitución, al menos a juicio de quien esto escribe.

También se vulneran los derechos humanos cuando se niegan los delitos de odio hacia los homosexuales, o cuando se promueve la censura parental en los colegios a la hora de educar en valores de respeto a la diversidad.  O cuando se señala a los menores inmigrantes como presuntos criminales por razón de su raza o procedencia…

La diversidad de opiniones enriquece el debate social y favorece la convivencia democrática. El relativismo moral absoluto, no. Hay principios morales universales, más allá de cualquier diversidad política, ideológica y cultural. Se llaman derechos humanos, y hay que defenderlos en todo lugar, en todo tiempo y a toda costa.

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