Neofanatismo e intolerancia

Algunos sacerdotes de la Iglesia en Colombia todavía miran a las mujeres como aliadas del demonio.

El Procurador, el nuevo jefe del Partido Conservador y los sectores más ortodoxos de la Iglesia Católica están promoviendo un retroceso en normas sociales que no correspondería a una sociedad laica, no respeta los derechos de las mujeres, que en Colombia son una mayoría, ni los de los homosexuales, que son una minoría merecedora de consideración y respeto.

Lo que indigna es que lo hacen invocando principios religiosos y creencias que son respetables y que tienen toda la libertad de invocar o de poseer, pero no para imponérselos a todos los demás, o para menoscabar la dignidad y la libertad de otros.

En España y en Argentina, el fanatismo de los sacerdotes y la intolerancia de la derecha católica han promovido curiosamente legislación mucho más progresista y contraria a lo que originalmente se proponían cuando iniciaron sus campañas contra el divorcio primero, y luego contra el aborto y contra el matrimonio gay.

Un artículo reciente de la revista The Economist revela que en Francia ya casi no quedan sacerdotes y que la Iglesia católica está a tal punto dividida entre extremos en ese país que en el medio casi no hay nadie. Aunque la Iglesia sigue siendo fuerte en Irlanda, en Polonia y en Bavaria, por ejemplo, y continúa siéndolo en España, allá está inmersa en una lucha ideológica sin cuartel, fomentada originalmente desde el Vaticano. En otros países europeos, donde el catolicismo era muy fuerte, ha perdido relevancia, a pesar de que los valores de la sociedad continúan enraizados en una fuerte tradición católica.

La discordancia entre la intolerancia de la homosexualidad, el comportamiento de muchos sacerdotes a los que se les ha descubierto que abusan de menores y la tolerancia y complicidad inicial de la Iglesia y de otros sacerdotes con lo que consideraban pecadillos, a pesar de ser un crimen abominable, ha sido algo que les ha hecho perder muchos adeptos. En las naciones industrializadas, según The Economist, la pérdida de poder de la Iglesia ha hecho que muchas de las víctimas se hayan atrevido a denunciar, y esto ha hecho que se debilite aún más la institución.

En Colombia ha sucedido esto mismo. Mientras más se conocen incidentes de pedofilia, que es criminal, más incongruente resulta la oposición al matrimonio de homosexuales adultos o a que ellos gocen de los derechos económicos que poseen otras parejas.
Pero el problema grande que tiene la Iglesia en Colombia es con las mujeres, a las que todavía muchos sacerdotes miran como aliadas del demonio, a pesar de haber sido su feligresía tradicional.

Se han ido alejando de la Iglesia porque ellas han evolucionado y la Iglesia no lo ha hecho en muchos frentes, entre los que se destacan el comportamiento sexual de hombres y mujeres, el control de la natalidad y el aborto. Mujeres que son fervientes católicas han dejado de comulgar porque la Iglesia las considera pecadoras, o comulgan desafiándola, pero con temor, y terminan renunciando a lo que no es natural; o sea, a la Iglesia.

Ancianas católicas regresan de misa diciendo que ojalá no se vayan al infierno, pero que están de acuerdo con el aborto. Los sacerdotes no se han dado cuenta de que las mujeres, aun las que no se harían un aborto ni quisieran que sus hijas se lo hicieran, están más en desacuerdo con la posición extrema de la Iglesia frente al aborto que con la decisión de nuestra Corte Constitucional, que lo ha declarado legal para unos casos especiales, una solución razonable que se debería dejar en paz. Echarla para atrás en el Congreso, como pretenden el nuevo jefe de los conservadores y el Procurador, es algo que puede salirles mal, porque va a haber mucha gente, particularmente mujeres, que promuevan lo contrario, y con mucha razón.

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