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Naguib Mahfouz

Desde los años cuarenta, Mahfouz examina el papel de la religión en la vida actual de los árabes. La posición del escritor, siempre laico, evolucionó en el curso del tiempo. Sus novelas sociales de los años cuarenta oponen, en un antagonismo declarado, a los personajes ateos y los personajes practicantes. Los primeros son inteligentes, prácticos y simpáticos, mientras que los demás son fanáticos, acomplejados, honestos, pero retrógradas. Esta visión esquemática va a matizarse más tarde, y el discurso sobre la religión se volverá más sutil.

En La Trilogía, el fenómeno religioso ocupa un lugar importante. Allí encuentra uno todos los tipos de creyentes: los supersticiosos, los mentirosos, los sinceros, los renegados, los fanáticos.

En su grupo se encuentra incienso de variedades diferentes, del indio, del sudanés, del árabe —impasse de los dos palacios—, Amina informó su hijo Kamal advierte a su hijo de no pronunciar las palabras “demonios o djinns”. Dice que los djinns que habitan en la casa, y deben ser “djinns musulmanes”, si no desde hace tiempo no hubiéramos escapado a ellos.

Por otro lado, algunos burgueses no temen criticar la religión y sus prescripciones absurdas. A propósito de la cerveza y del puerco. Hussein Shaddad dijo a Kamal: De verdad no veo dónde la religión tiene buen sentido en materia de alimento… si tomamos cerveza es para alegrarnos y refrescarnos, nada más… En cuanto a la carne de puerco, es una delicia! Pruébenla. ¡No tengan extremado rigor! Tendrán ustedes muchas oportunidades de obedecer a la religión para cosas más importantes todavía —El Palacio del deseo—. Para justificar su amor de las mujeres y de las bebidas, Yasine se interroga: ¿seré inútil? ¿será que los califas eran malévolos? Dios es clemente y misericordioso. En el debate entre Kamal y su padre sobre la religión y la ciencia, el último recomienda al primero dedicar su vida “a desenmascarar las mentiras de esta ciencia y difundir la luz de Dios”.

Pero Kamal, liberado de todo lazo religioso, proclama que no hay otra verdadera religión que la ciencia, y si los profetas resucitaran hoy ya no escogieran el mismo mensaje.

Los rasgos que ridiculizan los cheikhs d’al-Azhar son múltiples. Para escapar al calvario del celibato, khadiga, la mala desea cualquier tipo de marido, hasta un azharite. Cuando a uno lo acusan de haber sido un gran fumador de haschisch, el cheikh Metwalli ostenta la fatua siguiente: “El haschisch no es pecado. Tú probaste ya la oración del alba estando desecho —El Palacio del deseo—.

En Los Niños de la Medina, para simbolizar la evolución de las ideas, el novelista opone dos personajes: al-Gabalawi, aquel que plasma, modela que es creador, y Arafa, “aquel que sabe”, “el sabio”; el primero muere y el segundo le sucede de manera muy normal. Esto no quiere decir que Mahfouz considera toda la gente de religión como personas desagradables y atrasadas; al contrario, en la obra abundan los devotos honestos y humanos: Radwan al-Houssayni (en el pasaje de los milagros), Amer Wagdi (en Miramar), el cheikh soufi (en el ladrón y los perros), y tantos más. Lo que Mahfouz detesta es cualquier práctica y cualquier sentimiento religioso impuesto, todo lo que Dios puede evocar la inquisición y las hogueras. Hay que secularizar la religión.

Uno entiende que los integristas no dejaron en paz a Mahfouz. En un panfleto de 200 páginas, Mouhammad Yahya y Mou’tazz Choukri atacan particularmente a Los Niños de la Medina, novela impía y herética que no tiene nada que envidiar a los versos satánicos de Salman Rushdie. En efecto, ellos repiten que Dios falleció y que los tres profetas Moisés, Jesús y Muhammad eran charlatanes y chistosos.

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