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“Mejor con los talibán que con Karzai”

Llevan barba poblada y el tradicional sawal kamiz afgano, pero la forma de su turbante los delata. Son sijs originarios de la India, aunque residen en Kabul desde hace décadas. Aseguran que su vida en Afganistán nunca fue un camino de rosas, pero que la discriminación que sufren en la actualidad no tienen parangón.

"Estábamos mejor con los talibán que ahora con Karzai", Chabol Sing, uno de los responsables del templo sij de Kabul, suelta convencido, en referencia al actual presidente afgano, y a pesar de que durante el régimen talibán los sijs debían llevar un brazalete amarillo que los identificara. Como los judíos en la época nazi.

La gota que ha hecho colmar el vaso es la nueva ley electoral que el Parlamento afgano aprobó hace escasos días. Hasta ahora la comunidad sij contaba con un senador que los representaba en la Cámara Alta, pero la nueva legislación elimina ese privilegio de un plumazo. Los sijs se temen lo peor cuando nadie vele por sus derechos.

"Muchos ya han emigrado a India", explica Sing, dando a entender que él, si pudiera, también se iría. Según dice, ni tan siquiera pueden estar tranquilos en el templo que la comunidad tiene en el barrio kabulí de Kart-e-parwan. "Nos tiran piedras cuando vamos", se queja, "y ya nos han roto varias ventanas". Todo empezó a torcerse cuando Mohammad Qasim Fahim, un antiguo señor de la guerra y actual vicepresidente del Gobierno afgano, se mudó a vivir al barrio y compró varias parcelas. "Sus guardias de seguridad nos hacen la vida imposible", lamenta Sing.

Pero eso no es lo único. Ya el año pasado la comunidad sij sufrió varios altercados en Kabul al intentar incinerar a sus muertos. La mayoría musulmana se les tiró encima al considerar que esa práctica es un sacrilegio. En una ocasión los sijs acabaron cargando con el cadáver hasta la puerta del Parlamento afgano para exigir que los diputados les dieran una solución para poder cumplir con su tradición. El remedio fue proporcionales protección armada para llevar a cabo el ritual y la cremación.

"Ahora el Gobierno nos ofrece que quememos a nuestros muertos en las afueras de Kabul, en un terreno en lo alto de una montaña, o en otro situado en medio de un desierto", expone Sing, que opina que, en realidad, lo que el Ejecutivo pretende es expulsarlos del país.

No existen datos exactos sobre cuándo los sijs llegaron a Afganistán, pero se calcula que fue hace un par de siglos. La mayoría eran comerciantes que se asentaron en las ciudades de Kabul, Jalalabad, Kandahar y Ghazni, en el este y sur del país.

En la actualidad quedan en Afganistán unas 300 familias sijs, que se concentran, en su mayoría, en la capital afgana. Continúan dedicándose al comercio, pero se quejan de que el negocio cada vez les va peor porque la gente no compra en sus tiendas por el simple hecho de que son sijs. Incluso sus hijas e hijos se encuentran escolarizados en un centro educativo exclusivo de la comunidad. "En las escuelas públicas los molestaban. Los acosaban para que se convirtieran al islam", afirma el representante sij.

Sing explica que los talibán les obligaban a llevar el brazalete de color amarillo, pero al menos los trataban con respeto por el hecho de tener una fe y creer en Dios. "Ahora, en cambio, lo único que cuenta es ser musulmán", destaca. En su opinión, Afganistán es cada vez más intolerante y de mentalidad más cerrada.

Escuela sijs en Kabul

Niños y niñas sijs en la escuela exclusiva de la comunidad en Kabul. | M. B.

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