Mahoma también fue niño…

La columna de hoy parece una ficción porque acaba bien. Es la historia de la profesora Gillian Gibbons, en su casa de Liverpool en estos momentos, con la que el fanatismo estuvo a punto de perpetrar una locura irremediable.

Daba clases en una escuela de Jartum, la capital de Sudán, Uno de los críos apareció un día con un osito de peluche, con el que hubo acuerdo de darle un nombre, honor que la docente consideró que correspondía a la infancia, y resultó que de 23 niños que había en la clase, 22 se inclinaron por el nombre de Mahoma.
Pero el radicalismo islamista no descansa y sus agentes de las vestiduras siempre rasgadas reclamaron la aplicación de la pena de muerte a la maestra, por haber permitido que los chiquillos llamaran al animalito de peluche por el nombre del profeta. Pero la mediación de dos parlamentarios británicos de confesión musulmana ha conseguido el perdón de las autoridades. Como mínimo, 15 días de cárcel no se los quitaba nadie, antes de que aparecieran los mediadores de la Cámara de los Lores
Del caso se extraen varias lecciones: primera, todos los fanatismos son condenables. Castigarían a la británica, pero castigarían también a los chiquillos. Un muñeco de peluche es siempre una figura simpática. Si la maestra permitió el nombre de Mahoma era porque entendió que así se enaltecía la figura del profeta. En casi todas las religiones existe la versión entrañable de una criatura. Recordemos al chiquillo de Belén. Cuando no lo hay, seguro que la fe se resiente. No me extrañaría que algún crío hubiera dejado caer una lágrima al saber la ocultación que se ha hecho de la infancia del profeta. Los ulemas se la saltan, Con instinto de madre, la profesora le dio vida en un muñeco de peluche.

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