Los intermediarios divinos

El 2 de septiembre de 1945, a bordo del US Missouri, Shigemitsu, ministro de Relaciones Exteriores de Japón, vestido de etiqueta firma la rendición incondicional de su país ante las fuerzas aliadas, según los términos de la Declaración de Posdam, firmada en agosto ante el general Douglas MacArthur, vestido en traje de campaña. Humillante. Entre las condiciones que se establecieron, estaba la conversión de Japón en una democracia parlamentaria, sin tocar al Emperador.

Tenno, nombre del Emperador en japonés, significaba mucho más que una autoridad política. Era y sigue siendo sobre todo una autoridad religiosa. Un Sumo Sacerdote, intermediario entre los dioses y el pueblo.
Una especie de semidiós, de la familia de los dioses, de quien provenía toda la legitimidad política y militar. La nueva Constitución del Japón que entregaba la soberanía al pueblo, no iba a cambiar eso. El único salvamento de la rendición, que despojaba a Japón de su imperio y enjuiciaba por crímenes de guerra a los más altos oficiales, fue dejar incólume la figura y la persona sagrada del Emperador Hirohito, quien de hecho no tenía las funciones de un Jefe de Estado a la manera occidental.

Por ello, cuando en 1990 se realiza la ceremonia de entronización de Akihito, se repite en el palacio imperial ese ritual milenario, casi secreto.
Una lenta procesión de la familia real, revestida por capas y capas de túnicas de seda, que lleva a un par de tabernáculos, en uno de los cuales está el Emperador y en el otro la Emperatriz. No es una coronación, porque no hay autoridad ni poder superiores sino una entronización: un reconocimiento de su estatus sagrado de intermediario ante la divinidad. Luego hay otras ceremonias un poco más públicas. Ese mismo ritual va a repetirse el 22 de octubre, cuando se realice la entronización de Naruhito, quien empieza a ejercer su cargo este mayo, porque en todas partes la religión, que es inmutable, está por encima de la política, que es cambiante. Los dioses por encima de los partidos.

También en Occidente, para legitimar el poder absoluto de los monarcas, se acudía a la religión. Eran el Papa o sus obispos los que coronaban a los reyes, puesto que el intermediario entre Dios y sus criaturas era el pontífice romano, no el rey, que era una figura de poder político y militar, en busca de una legitimidad que venía de Dios. Por eso Luis IX de Francia, San Luis, compra en Constantinopla al precio de un ejército, la supuesta corona de espinas de Cristo, que se salvó del incendio de Notre Dame. Los reyes de Francia luego de su coronación adquirían además del poder terreno el de sanar las escrófulas. Se volvían personas sagradas.

No hay en Occidente un ceremonial religioso más lleno de símbolos que la coronación del Rey de Inglaterra por el Arzobispo de Canterbury, donde se unge al monarca con óleo sagrado. Seguramente se repetirá cuando finalice la interminable espera del actual Príncipe de Gales, por lo que significa como la más antigua tradición de una nación, que es ahora multiétnica y multirreligiosa. Así que no sobra decir que todo ese ceremonial carece ya de sentido en Occidente, que es ahora democrático y laico. Por eso en España, Holanda, Bélgica, tan cristianos, no hay ya coronaciones religiosas, sino solemnes ceremonias civiles en los parlamentos. Con la enjoyada corona a un lado, en un cojín. Que es mejor, pero menos hermoso.

Óscar López Pulecio

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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