Llévame a un chino

El éxito de las iglesias y su insólita perduración no se debe a las respuestas metafísicas que dan, sino a su oferta de rituales bien consolidados en esos procesos difíciles del cambio de estado social.

Ha producido cierto escándalo –quizá algo excesivo, pero ya se sabe que en la España actual no produce escándalo lo verdaderamente escandaloso, a lo que estamos habituados, sino cualquier otra cosa más publicitadael bautizo laico del retoño de una actriz oficiado por el bullicioso y omnipresente concejal del Ayuntamiento de Madrid don Pedro Zerolo . Para decirlo pronto y de una vez, hablar de “bautizo laico” de un ser humano –los transatlánticos ya son otra cosa- es una amable idiotez.

A la gente, o se la bautiza cristianamente o se la presenta en sociedad de cualquier otro modo, pero no hay caminos intermedios. Ni siquiera es un asunto religioso, porque la mayoría de los seres humanos que pertenecen a religiones no cristianas no son bautizados y no por ello se quedan al margen de sus comunidades. Lo pintoresco es que los españoles podemos ser laicos, pero queremos ser laicos cristianos y católicos. Ya recuerdan ustedes el diálogo entre irlandeses: “¿Cuál es tu religión?” “Soy ateo”. “Pero… ¿ateo católico o protestante?”. Bueno, pues aquí no hay más que laicos y ateos católicos, qué le vamos a hacer. Por eso podemos prescindir audazmente del cura y de la pila de agua bendita, pero nunca del bautizo mismo, lo mismo que es obligado que cualquier pareja institucionalizada legalmente se llame “matrimonio”, aunque en ella no haya madre alguna ni responda a lo que la ortodoxia considera bajo ese nombre.
A mí me parece evidente que el éxito de las iglesias y su insólita perduración no se debe a las respuestas metafísicas que dan a muy legítimas angustias humanas, sino a su oferta de rituales bien consolidados en esos procesos difíciles del cambio de estado social: nacimiento, matrimonio, fallecimiento e incluso luto colectivo por un accidente masivo (incluyo tentativamente en este último rubro la aceptación del cargo por nuevos ministros). En estas ocasiones, se impone la experiencia decantada a través de los siglos. Recuerdo que cuando murió el añorado Jesús Polanco , sus amigos y allegados nos reunimos en una especie de funeral laico en el Círculo de Bellas Artes.
Hubo música flamenca y clásica, discursos emotivos, etcétera. Cuando la cosa iba terminando, el veterano compañero que tenía al lado me comentó: “Hay que reconocer que estas cosas los curas las hacen mucho mejor”. Cuando uno sale de la iglesia sigue echándola de menos, no en las grandes cosas sino en las convenciones rituales. Ahí estamos desarmados. Es como cuando nos separamos de la pareja de muchos años y de pronto nos encontramos añorándola no por su conversación o sus arrebatos eróticos, sino por la excelencia que ponía al preparar el desayuno.
En una de sus últimas películas (creo que Un final made in Hollywood , pero no me hagan demasiado caso) Woody Allen baja al infierno y allí se encuentra con su padre. “¡Por favor sácame de aquí!”, le pide el progenitor. “¿Sacarte? Pero… ¿a dónde quieres que te lleve?”, responde Woody. “Pues no sé… al cielo”. “Pero hombre, tú eres judío, no puedo llevarte al cielo”. “Pues entonces llévame… ¡a un restaurante chino!”. Ése es el problema: que más allá del cielo y del infierno sólo queda el restaurante chino. Y claro, no es lo mismo.

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