Libertad de expresión y libertad de pensamiento

La libertad de expresión y la libertad de pensamiento están recortadas por factores económicos y por la ideología dominante, dos exclusas con vasos comunicantes que operan a favor del poder establecido.

Pensar en libertad y expresarse sin tapujos ni prejuicios parecen conceptos muy cercanos: primero pensamos y luego nos explayamos públicamente. No obstante, ambas realidades son más complejas que esa mera enunciación simplista.

Siguiendo el tópico, solemos calificar de dictadura a todo sistema político que impide la libre expresión y circulación de ideas, sometiendo a censura o persiguiendo judicialmente las opiniones críticas contra un sistema dado. Se dice que hay libertad de expresión cuando existe una pluralidad de medios que informan de la realidad sociopolítica a la vez, sin cortapisas legales para difundir noticias a la sociedad en su conjunto.

A lo expuesto le falta una condición relevante: esa ideal y mitificada libertad de expresión está determinada e influida por el poder económico, porque solo pueden mantener un órgano de comunicación potente y viable los sectores privilegiados del régimen capitalista, aquellos que tienen los suficientes recursos económicos para sufragar las inversiones y los gastos que requiere un mass media influyente y con mayoritaria presencia en la vida cotidiana.

Por tanto, la libertad de expresión está seriamente limitada por lo económico. ¿De qué sirve esa libertad legal si no puedo individual o colectivamente hacer llegar mi opinión personal o sectorial a la masa al estar vedado el camino por condicionantes financieros insalvables?

La libertad de expresión se asemeja a la libertad de comercio: solo los más fuertes pueden acceder a ella de modo genuino y práctico. Las clases opulentas y los emporios multinacionales son las únicas voces que usan su libertad de expresión de manera real, cercenando la posibilidad de que las voces críticas puedan romper el oligopolio de los intereses empresariales y de los poderes fácticos capitalistas.

Sobre el papel, la libertad de expresión existe, si bien la férrea dictadura del dinero oculta las voces discrepantes. Y cuando alguna voz rebelde se filtra por las fisuras del sistema, si su audiencia alcanza cotas peligrosas para el régimen, la instancia judicial sanciona como ilegal o irregular este tipo de conductas no políticamente correctas, haciendo uso de tecnicismos jurídicos para erradicar y suspender la libertad de expresión original.

La batería de excusas es amplia y ambigua: insultos, desconsideraciones, libelos, enaltecimientos del terrorismo, etcétera. Las presas favoritas suelen ser artistas underground o iconos contestatarios radicales, caso de Pablo Hasél ahora mismo, puesto en la picota de forma unilateral y restrictiva por jueces y magistrados que no aplican un rasero similar ante declaraciones emitidas por autoridades o personalidades adictas al poder establecido.

Casi todos los políticos o acólitos del séquito oficialista suelen salir indemnes de sus manifestaciones públicas. Esperanza Aguirre acaba de tachar de terroristas a los que participaron activamente en las Marchas de la Dignidad del 22M, avalando la Fiscalía General del Estado tamaña tropelía dialéctica al abrir de facto una investigación sobre lo dicho tan a la ligera e impunemente.

A Hasél le registraron su domicilio y le metieron en la cárcel por cantar. Hallaron en su hogar los cuerpos de un delito infame: letras y partituras musicales de sus sofisticados artilugios terroristas, obras raperas de crítica social, política e ideológica contra el sistema corrupto e hipócrita en el que vivimos desde hace mucho tiempo.

La judicatura no ha ordenado todavía registros cautelares o inmediatos de las fuerzas de orden público ni en la sede del PP, ni en las oficinas centrales de los grandes bancos, ni en la Zarzuela, ni en Moncloa. Y todos sabemos que hay en marcha procesos judiciales que afectan directa o indirectamente a sus moradores o a personas relacionadas o vinculadas con ellos. La catadura moral del régimen se deja ver a las claras en estos ejemplos tan poco edificantes.

El sistema seudodemocrático capitalista es severamente fuerte con los débiles y extremadamente débil con los fuertes. Forma parte de su lógica esencial y constitutiva.

Hasta aquí por lo que se refiere a la susodicha libertad de expresión. Harina de otro costal es la libertad de pensamiento, mecanismo de mayor enjundia y sutileza teórica.

Si partimos de la base de que la expresión libre y plural está limitada y erosionada por la capacidad económica, tendremos que llegar a la conclusión de que el pensamiento individual y colectivo se ve influido y reducido drásticamente en sus fuentes de origen para formarnos opinión casi exclusivamente a partir de las voces e informaciones vertidas por los principales medios de comunicación, esto es, los portavoces de las clases dominantes o hegemónicas.

Por tanto, el pensamiento está inducido y se conforma con valores y datos que priman los programas de las fuerzas políticas preponderantes y los intereses en la sombra que postulan y defienden el satu quo capitalista. Eso sin tener en cuenta al sistema educativo, lugar donde se dan las primeras consignas ideológicas a temprana edad para mantener la superestructura de valores predominante afín a los preceptos capitalistas.

Resumiendo, la libertad de expresión y la libertad de pensamiento están recortadas por factores económicos y por la ideología dominante, dos exclusas con vasos comunicantes que operan a favor del poder establecido. La opinión pública resultante se mueve entre ambos vectores. Si el pensamiento sortea las correas ideológicas de la educación, la propaganda, la costumbre y la tradición, siempre le quedará la barrera de expresarse sin restricciones de hecho. No todos los pensamientos libres y críticos pueden salvar así como así esa barrera espumosa de espinos intangibles.

Caso de sobrepasarla, la expresión pública ya está sujeta a interdicciones y amenazas de todo tipo. Todo dependerá de su capacidad de contagio y extensión. Hoy vivimos de pleno en España en un espacio hostil para difundir opiniones y hechos que pongan en entredicho la corrupción inherente a personas y grupos con demasiada resonancia y presencia mediática. Atreverse a pensar en libertad y expresarlo tal cual, si se ataca a los tabúes o tótems del capitalismo, puede significar que el peso de la toga o la porra pueda caer sobre la crítica rebelde de manera brutal, inapelable y arbitraria.

Los próceres del sistema se están jugando sus carreras, sus peculios personales, sus beneficios empresariales, su futuro mediante sinecuras corruptas, sus prestigios particulares y sus omnímodas influencias morales contra una sociedad harta ya de corrupción y evidente hipocresía privada y pública.

Lo que ha sucedido con Hasél es un toque de atención más para criminalizar cualquier tono y contenido en la protesta ciudadana. Ya han arrancado testículos y ojos. Ahora le llega el turno a la palabra. Solo vale ser “libre” dentro del “orden capitalista”. O sea, piensa lo que quieras, cállate, consume, mira la Champions League, tómate unas cervezas en el bar de la esquina y trabaja por un salario de miseria. Exprésate en todo momento con patriotismo, la máxima moderación y un fino decoro militarote y católico: ¡Viva el Rey! ¡Viva España!

A Hasél le han condenado por apología del odio. ¿Qué son entonces las cuchillas del Ministerio de Interior en la frontera con África? Desprecio absoluto por la vida humana. ¿Se acuerdan del exabrupto, ¡que se jodan!, de la ínclita diputada ultraderechista del PP Andrea Fabra contra los recortes de su partido a los parados? Terrorismo social, sin paliativos. Un tercer ejemplo de esta impunidad que siempre cae en el sumidero del olvido. Muy reciente: Bono, del PSOE, llamando cretinos e idiotas a los independentistas, separatistas como los denomina él. Enorme argumento político de un político de raza y ética católica intachable, ¿verdad que sí? Menos reciente pero de gran impacto fue fue la contestación rayana en el fascismo puro y duro del un edil del PP de Villarrobledo a una desempleada y madre soltera que solicitaba un trabajo digno: métete a puta le espetó el desvergonzado concejal. Otra más de un dirigente de postín del PP, el lenguaraz Rafael Hernando, cuando manifestó que los familiares de las víctimas del régimen franquista solo se acordaban de ellas cuando había por medio subvenciones públicas. Terrorismo cutre incalificable. Y una última declaración retrospectiva de Felipe González en 2010 a El País en la dijo que tuvo que decidir si volaba o no a la cúpula de ETA. Se inclinó por el no, pero entonces aún albergaba dudas de si hizo lo correcto. Eso sí, ninguna duda moral o ética le atormentó para meternos en la OTAN, una organización pacífica y sin cientos de miles de muertos a sus espaldas, como todos conocemos muy bien. Recordemos también las innumerables ocasiones en que cargos del PP se han significado en las redes sociales vertiendo difamaciones e insidias contra las mujeres, las lesbianas, los gays y los inmigrantes. Los casos, y los arrepentimientos posteriores de boquillas, son habituales y contumaces.

Pese a lo relatado, entre la bomba desesperada o el tiro en la nuca y la violencia capitalista, desde la izquierda transformadora siempre hay que elegir, cueste lo que cueste, la revolución social y política por una sociedad que ponga en común la solidaridad, la fraternidad y la libertad de todos y todas. Mientras tanto, solo nos queda abrir espacios y alamedas de libertad, rebeldía y crítica coherente que cerquen a los falsos valores ideológicos y terroristas que actualmente gobiernan la globalización neoliberal.

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