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Lecciones eclesiásticas para Zapatero

Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa (…): un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado (…); un tiempo para amar y un tiempo para odiar; un tiempo de guerra y un tiempo de paz.” (Eclesiastés 3:1, 2 y 8)

Ya quedó escrito en el Antiguo Testamento que pacto y conflicto están llamados a sucederse sin fin, pero lo acontecido en esta legislatura entre la jerarquía eclesiástica y el Gobierno no presagia que la pugna vaya a ser pasajera. Si los obispos se pusieron en pie de guerra en cuanto Zapatero estrenó su mandato, en vísperas del 9-M han movilizado a sus más reaccionarias huestes para demostrarle, con una insólita exhibición de fuerza en Madrid, que están dispuestos a aguantar el pulso por muchas y muy generosas que sean las prebendas que les ofrezca.
Variopintas son las ofensas que los prelados reprochan al PSOE: las bodas gays, el divorcio exprés, la investigación con células madre, el carácter opcional de la asignatura de religión e, incluso, la despenalización parcial del aborto, tan vigente hoy como cuando gobernaba Aznar. Objetan, a modo de eslogan, "la destrucción de la familia cristiana", y bajo ese paraguas se han manifestado, casi siempre del brazo del PP, exigiendo que su muy respetable fe se imponga a la razón de las urnas, que son las que legitimaron a la actual mayoría parlamentaria para legislar sobre los derechos –que no sobre el credo– de todos los españoles.
Bajo esta ofensiva teocon –neologismo que define al catolicismo más conservador, que abjura de la moderna separación entre Iglesia y Estado– se oculta una lucha de poder. La acaudilla Rouco Varela, que hace tres años perdió por un solo voto la presidencia de la Conferencia Episcopal y pretende recuperarla en la asamblea de marzo. Y lo hace, además, sin apenas oposición interna: el presidente Blázquez, con fama de dialogante, ha predicado su templanza en el desierto, y el cardenal Martínez Sistach, lejos de secundarlo, no asistió a la concentración del pasado domingo en Madrid alegando… una gripe. ¿Qué fue de los herederos del moderado Tarancón?
Todo lo escrito no es óbice, si no pretexto, para concluir que Zapatero debería extraer lecciones de cómo negociar con los mitrados en el futuro. Los buenos oficios de De la Vega solo han servido para que la asignatura de religión siga siendo de oferta obligada, para que el Estado pague los sueldos de los profesores –sin poder velar por sus derechos laborales– y para elevar al 0,7% la aportación voluntaria a la Iglesia en la declaración del IRPF. Y ello sin que la prelatura ni su altavoz radiofónico hayan rebajado su hostilidad. Si poner la otra mejilla, por muy cristiano que sea, se revela estéril, es de necios no revisar la estrategia. Conviene releer el Eclesiastés.

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