Las raíces cristianas del racismo

Hace dos años, mi amigo Caleb Lack y Charles Abramson publicaron su libro Psychology Gone Astray, una selección de literatura racista y sexista de investigación en los albores de la psicología, mostrando cómo se usó esta disciplina para perpetuar prejuicios y discriminación.

Este pequeño extracto del primer capítulo, «Raza, psicología, y racismo científico«, de la sección de vistas predarwinianas sobre la raza, me pareció particularmente interesante:

La idea de la raza como una característica determinada biológicamente es una construcción relativamente moderna, que data sólo desde finales de 1700 (Richards, 1997). De hecho, antes del Renacimiento, el concepto mismo de lo que ahora se conoce como «raza» se definía exclusivamente en términos sociales y culturales, más que biológicos (Weizmann, 2004). Muchos historiadores coinciden en que en las antiguas civilizaciones del Mediterráneo, no existía la discriminación basada puramente en el color de la piel. Por el contrario, la discriminación basada en las clases sociales y las diferencias culturales era la norma en las culturas griega (Demand, 1996), romana (Dupont, 1994) y persa (Frye, 1993). La opinión de muchos de los filósofos griegos más prominentes, entre ellos Platón y Aristóteles, era que no ajustarse a sus estándares de civilización era lo que lo hacía a uno menos que la persona civilizada, una visión aplicada incluso a aquellos griegos que no vivían en una polis (Weizmann, 2004). En todo caso, las opiniones expresadas por griegos prominentes, entre ellos el semilegendario médico Hipócrates, apoyan una visión de las diferencias entre los pueblos basada en el entorno y no en lo hereditario (véase Friedmann, 1981; y Snowden, 1983 para mayor discusión).

Con el surgimiento del cristianismo en toda Europa, el punto de vista de que toda la humanidad comparte un ancestro común adquirió importancia (Hannaford, 1996). En la mitología cristiana, todos eran originalmente descendientes de Adán y Eva, e incluso más recientemente de los hijos e hijas de Noé, los únicos miembros de la humanidad que sobrevivieron al diluvio descrito en Génesis. La creencia generalizada era que la diversidad de los pueblos del mundo podría explicarse por las diferencias en los hijos de Noé. El hecho de que uno de sus hijos, Cam, había sido maldecido por ver a su padre borracho y desnudo, y que los descendientes de Cam fueron maldecidos con la piel negra y talentos y habilidades inferiores, a menudo se utilizaba para discriminar a las personas con pieles más oscuras (Johnson & Bond, 1933). Esta visión monogénica de la humanidad llegó a ser especialmente importante durante las guerras entre cristianos y moros en España durante el siglo 8, cuando se aprobaron varias leyes que discriminaban contra las personas con «sangre» mora o judía (como se describe en Weizmann, 2004). Si bien muchas de estas leyes fueron muy cuestionadas en gran parte de España y de hecho repudiadas por los más altos niveles de la Iglesia, algunos estudiosos han argumentado que este movimiento fue la anticipación de que más adelante se definiera la raza con base en la biología, incluyendo el uso de la expresión «sangre» para referirse al grado de «pureza racial» que se tiene (por ejemplo, de sangre mixta, mestizo; Teo, 2004).

La genética demostró que en los humanos las razas no existen, aunque el daño ya está hecho.

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