Las cruces y la tolerencia

UN juez ha ordenado a un colegio público de Valladolid que retire los crucifijos que desde 1936 adornan todas y cada una de sus aulas y dependencias, salvo el gimnasio.

Lo ha hecho a petición de un padre y de la organización laicista de la ciudad que le apoya. Los medios de comunicación han mostrado al progenitor en cuestión, que lleva tres años de lucha, acosado por pías madres que vociferan que ellas -las católicas- son más, por lo que quitar las cruces sería «una dictadura». Mientras, los obispos piden «tolerancia» hacia un símbolo que «no ofende a nadie».

Yo no estoy en contra -¿Dios me libre!- de los crucifijos siempre que estén en su sitio. Qué se yo, se me ocurre una iglesia, la sala de estar de un cristiano, un local de catequesis Pero no un colegio público. Al menos, no en la España de 2008, democrática y supuestamente aconfesional. No entiendo la obsesión de estos defensores de la tolerancia por poner sus símbolos en las aulas. ¿Acaso creen que esa presencia insuflará la fe a sus pequeños?

Yo les animaría a fundar una ONG: Católicos por la Tolerancia de los Demás. Si lograran difundir sus ideales, disfrutarían de un montón (más) de ventajas. Y no sólo fiscales. Los no católicos deberían pagar a sus profesores, sufragar la reparación de sus templos, asistir por obligación a sus rituales públicos y celebrar sus festividades, como ahora, pero además lo harían callados. Sin rechistar.

Uno de los mejores ejercicios de tolerancia es ponerse en el lugar de los demás. Yo se lo recomiendo a los padres católicos: es muy sano. Imagínense que un día en el colegio de su barrio el 51% de los alumnos -o la mayoría del consejo escolar, tanto da- son musulmanes, judíos, testigos de Jehová o lo que sea. Imagínenselo, porque acabará ocurriendo. ¿De verdad estarán conformes con que sus católicos hijos acudan a una clase presidida por unos versículos del Corán, una estrella de David o una cruz coronada? Duele sólo pensarlo, ¿a que sí?

La postura del Gobierno ante el asunto es chocante, pero no sorprendente: no lo es porque se trata del mismo Ejecutivo que tomó posesión delante de una biblia y un crucifijo. Y sucesor del que les subió la 'paga' a los obispos. La ministra de Educación ha dicho que los centros escolares son «autónomos» para imponer sus normas internas en función de las creencias de la mayoría de sus alumnos.

Pero esa afirmación es muy peligrosa. Las decisiones mayoritarias no son por definición democráticas. Da igual que haya uno o cien padres que no quieren crucifijos: lo que importa es que a ese uno le respalda la ley. Y sólo la mayoría parlamentaria puede cambiar la ley. ¿Es legal la violación o el 'bullying' o el tráfico de drogas si lo aprueba el consejo escolar? ¿Y moralmente aceptable? Al solitario padre de Valladolid le ampara la justicia, pero también el sentido común. ¿Por qué molesta un espacio público sin símbolos religiosos? ¿No es más acogedor para todos, que es de lo que se trata en la escuela?

Supongo que los gurús de la sociología electoral le dicen al PSOE que sus votantes católicos intransigentes son más numerosos que sus votantes agnósticos, ateos, musulmanes, judíos o, sencillamente, católicos laicistas, que también los hay, todos juntos. En mi opinión, es cuestión de tiempo (poco) que cambien las tornas: el primer grupo es más viejo. Es la vida.

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