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Las cruces fascistas de la calle del olvido

El PP y los tres concejales no adscritos de Cáceres proponen que la polémica Cruz de los Caídos se dedique, ahora, a las víctimas de la pandemia. Cualquier excusa es buena para no remover la simbología fascista.

La derecha casposa, nostálgica y ajena a los valores que emanan de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ha encontrado una nueva escapatoria para salvaguardar la simbología fascista con la que tan a gusto se siente en sus paseos por las calles y plazas de un país donde la memoria es continuamente puesta en cuestión y acostumbrado pasto de menoscabo.

Si antes la excusa perfecta para evitar la retirada de las cruces fascistas de los pueblos y ciudades era la de que la Guerra Civil fue un enfrentamiento entre dos bandos en el que hubo muertos de uno y otro, y en consecuencia había que honrar a ambos, cambiando la nómina de los golpistas por la típica leyenda de “a los muertos en las guerras de España”, agotado el discurso de los bandos y más que certificado histórica y documentalmente que aquello fue un golpe de estado en toda regla a manos de unos criminales que subvirtieron el orden constitucional, acude ahora esta derechona de siempre, la del franquismo sociológico, a argumentar razones baladíes como que las cruces fascistas forman parte del patrimonio arqueológico, cuando no del acervo cultural de un pueblo, y proponen que sigan plantadas con su arrogancia fachorra, dedicadas ahora a las víctimas de la pandemia actual.

Su codicia no tiene freno: tan pronto se apropia de los signos identificativos de una ciudadanía común, convirtiéndolos en símbolos patrioteros y exclusivistas, como se arroga del derecho a reivindicar el sufrimiento de los familiares de las víctimas del Covid, importándole un pepino que entre estas últimas hubiera también gente que, a las claras, repudiaban el fascismo que simbolizan tales cruces.

Propuestas como la recientemente hecha por los concejales del PP y no adscritos del Ayuntamiento de Cáceres para que la Cruz de los Caídos no sea retirada, evidencian la supervivencia de grupos y personajes políticos que defienden lo indefendible: el ensalzamiento de una cultura de la muerte que va en contra de la defensa de la vida y de los derechos humanos. Por mucho que lo quieran camuflar con falsos discursos que atribuyen valores culturales a estos símbolos o convertirlos en muestra de homenaje a quienes merecen recuerdo, no dejarán de ser símbolos fascistas, levantados en su día para humillar a los vencidos y celebrar la victoria de quienes traicionaron a su patria.

Su codicia no tiene freno: tan pronto se apropia de los signos identificativos de una ciudadanía común, convirtiéndolos en símbolos patrioteros y exclusivistas, como se arroga del derecho a reivindicar el sufrimiento de los familiares de las víctimas del Covid

Mucho más temprano que tarde, las leyes legítimas de la memoria histórica se abrirán paso por las alamedas de la democracia y habrá que retirar de nuestras plazas y calles estas cruces de la ignominia, que no tienen nada que ver con el sentimiento religioso o creencias espirituales de cada cual, sino con la nostalgia de quienes aún creen que una dictadura tan cruel como la que sufrió España se justifica con el triunfo de quienes la sometieron a una guerra que nunca tuvo que haber sido.

Las salva, por ahora, la inacción de jueces y políticos pusilánimes ante la ley. Los primeros porque arrastran buena parte de ese franquismo sociológico que todavía atufa sus togas, heredadas de sus padres o abuelos, quienes juraron los principios del Movimiento; los segundos, timoratos ediles entre quienes los hay que se autoproclaman de izquierdas, por no querer molestar a aquella gente que, no sin falta de interés, dice que esas cosas hay que ir olvidándolas, sin caer en la cuenta que, como dejó escrito Mario Benedetti, todo olvido está lleno de memoria.

Le pese a quien le pese, poco a poco irán desapareciendo, sustituidas tal vez por otros monumentos que repudien la barbarie que representan y reivindiquen, en su lugar, el cumplimiento de una Declaración ―la de los Derechos Humanos― que para algunos y algunas es cosa olvidada, de hace ya casi un siglo.

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