Laicismo y Semana Santa

No sé si esta semana es o no es santa, ni siquiera sé lo que significa la palabra “santo”, porque, liberado este adjetivo de su semántica proselitista e irracional, se percibe con claridad que todo lo que así se califica desde la perspectiva confesional está más relacionado con el fanatismo y la sinrazón que con cualquier otro valor positivo, ético o deseable. El caso es que, un año más, recién estrenada la maravillosa primavera, las calles españolas se llenarán, oponiéndose al curso natural de la explosión de vida de la natura, de manifestaciones de penas, culpas, martirios, dolores, quebrantos, saetas, penitencias, espantos y muerte.

Cada quién es muy libre (según propugnan los Artículos 18 y 19 de la Declaración de los Derechos Humanos)  de creer y de alabar lo que quiera y como quiera, pero es muy significativo que, de nuevo, este año se haya prohibido, como todos los años, una manifestación atea en Madrid; que no iba ser una reunión de diablos con cuernos verdes y cola de flecha, no, sino un acto del todo pacífico, por parte de escépticos, ateos, agnósticos, racionalistas y librepensadores (mucho más cultivados intelectualmente, por cierto, que los creyentes), que pretendía reivindicar el derecho de todos a pensar libremente y a rechazar el que toda la ciudadanía tenga que vivir como públicos unos cultos litúrgicos con los que muchos ciudadanos no se identifican. Actos que, además, activan en el subconsciente colectivo sentimientos de culpas, penas, miedos, castigos y, en esencia, de indignidad del ser humano. Todo lo cual, como sabemos, ha generado, durante veinte siglos, suculentos réditos a ciertas arcas.

Seremos testigos de ciertos rituales que mueven emociones viscerales y profundas en muchos españoles, porque desde la infancia nos han adoctrinado en la fusión de nuestro universo afectivo con esos resortes supuestamente espirituales. Rituales cargados de emocionalidad que se transmutan en una especie de catarsis para muchas personas que transfieren a las penas y tristezas que se viven en esas representaciones quasi-teatrales sus propias penas y tristezas, por lo cual se convierten, de algún modo, en un acto emocionalmente liberador. Esa era una de las finalidades de la Tragedia Griega, redimir las cargas afectivas y emocionales del espectador en un proceso catártico que ya definió muy bien Aristóteles en su Poética. De ahí ese apego, que suele traspasar los límites del fanatismo, de tantas personas a unos ritos y escenografias que, desde una perspectiva objetiva y racional, y despojados de su bagaje morboso y emocional, se perciben como del todo absurdos, irracionales y hasta patéticos.

La coartada de la tradición sirve para justificarlos y perpetuarlos. Personalmente opino que es una salvajada exponer a los niños a ese tipo de rituales por su carga de adoctrinamiento, de apología del dolor y del sometimiento y, repito, de irracionalidad y de exaltación de indignidad del ser humano. Son, simbólicamente, la negación de la alegría, de la razón y de la libertad. Aunque sea como fuere, en cualquier caso cada quién es muy libre de creer en lo que quiera; el problema es que no todos pueden salir a la calle a expresar sus ideas, y que, se mire como se mire, o huimos del país en estas fechas, o estamos expuestos todos a desgarros, penas y miserias por todos los lados, desde las calles de toda España a los informativos de televisión. Que no nos cuenten después que España es un país laico.

Mientras tanto, entre tanto sollozo, saeta, féretros, culpas, coronas de espinas, y desgarros, nos pasa casi desapercibido el 14 de abril, fecha del aniversario de la II República Española, el breve período más democrático de la historia de este país nuestro, por más que se siga ignorando, desde el poder, en los currículums educativos y en la memoria colectiva de los españoles.

 
 

Y, mientras tanto también, nos pasa casi desapercibida la explosión de belleza y de vida que todos los años nos regala, por estas fechas, la natura con la primavera. Mientras algunos encuentran lo sagrado en sollozos, angustias, calvarios y penitencias, otros muchos percibimos lo sagrado en el renacer natural de las flores, en el poder inmenso de las semillas que son capaces de crear un bosque, en el respeto supremo a la vida y a todos los seres que tienen su pálpito; en la alegría, en los corazones limpios y bondadosos, en la inocencia, en el deseo de trascender la ignorancia, en el derecho a la dignidad y a la libertad de todos los seres sintientes. Porque, como dijo el filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach en su obra “La esencia del cristianismo”, lo deseable para convertir este mundo en un mundo mejor sería que los amigos de dios se convirtieran en amigos de los hombres”.

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