Laicismo, clericalismo y sociedad civil. La imposible modernización de la Iglesia y del Antiguo Régimen.

La beligerancia de la jerarquía católica, único magisterio en cuestiones de doctrina y moral, contra la soberanía nacional, impulsada por todos los papas desde la Revolución francesa hasta hoy por el actual Papa, quien, en sus agitados mensajes no desaprovecha para cuestionar la legitimidad legislativa de los parlamentos democráticos y exigir su sumisión a la "moral cristiana", nos ha dejado al descubierto dos cuestiones: la del laicismo y la de las "diferentes corrientes, tendencias y divisiones que existen dentro de la Iglesia Católica", según afirman los modernistas católicos.
 

A estos dos asuntos quiero dedicar este artículo citando las declaraciones que, sobre este tema, ya habían hecho los papas desde el siglo XIX. Que no se lo pierda nadie, hablan por sí solas.

Sobre la cuestión terminológica de lo laico, muy a propósito me vienen las palabras de Juan Francisco González Barón, presidente de la asociación Europalaica, quien en su exposición ante el I. Concilio Ateo, recientemente celebrado en Toledo, decía:

El propósito de estas nociones y estas dicotomías analizadas: laicidad frente a laicismo, laicidad inclusiva frente al modelo institucional francés de laicidad sin adjetivos, laicismo moderno frente a laicismo a secas, es siempre el mismo: el establecimiento o la consolidación de un poder espiritual al que todos debemos plegarnos, constreñidos a ello por los poderes públicos en su papel de brazos seculares.

Evidentemente, detrás del debate siempre encontramos a personas de creencia católica a las que parece costarles trabajo resignarse a ser sencillamente ciudadanos. Y es que no debemos olvidar que el término laico fue creado por el clero cristiano para dejar establecido que existen dos sociedades: la clerical/religiosa y la laica/religiosa, ambas sometidas a la dirección del clero. Es la tradicional teoría política religiosa sobre el origen del Poder, expresada por primera vez en el siglo V como teoría de las "dos espadas". El laicismo es un término de reminiscencias religiosas en su origen, aunque hoy se haya vuelto en su contra. No obstante, a mí no me gusta el término porque da por supuesto que aunque no seamos católicos, aunque no fuéramos practicantes de religión alguna, aunque fuéramos ateos, implícitamente estamos reconociendo que, efectivamente, si existe lo laico también existe lo religioso. Dos sociedades paralelas dispuestas a tutearse.

Savater en sus "cinco tesis sobre laicismo" se expresa con la mayor normalidad en términos de sociedad laica como si hubiera una sociedad religiosa. Victorino Mayoral habla con la mayor naturalidad de pasar de un " Estado confesional a un Estado pluriconfesional" y de "libertad religiosa" asociada a las religiones o iglesias ("El laicismo aún espera turno", El País, 24-I-08). Y lo hacen desde posiciones progresistas. A Peces-Barba, le extraña y sorprende que el laicismo sea "una actitud enfrentada y beligerante con la Iglesia". ("Sobre laicidad y laicismo, "El País, 19-IX-07). Pero ¿es que no conoce la historia de la Iglesia Católica y las razones del anticlericalismo, así como las constituciones de la Primera y Segunda Repúblicas? No ha entendido que la iglesia es el clero y que éste, su alto clero, formaba parte de los estamentos privilegiados, la aristocracia laica y clerical, y que lo lógico es que desapareciera con la caída del Antiguo Régimen ¿Cómo no va a ser beligerante el pueblo contra los privilegiados? Lo extraño hubiera sido lo contrario. Claro que, la solución la tiene con el nuevo palabro "la laicidad" porque, "garantiza la neutralidad en el tema religioso, el pluralismo, los derechos y las libertades". O sea que una democracia atea que defienda los derechos individuales, la felicidad, el placer y una moral progresista no represiva no garantiza el pluralismo, los derechos y las libertades.

Sin embargo, Rafael Díaz Salazar afirma, en su libro recién publicado "España laica", lo contrario: "El laicismo no es antirreligioso"."El proyecto laico no es antirreligioso. Su fin es fortalecer una ciudadanía moral y socialmente activa y a ello pueden contribuir las religiones y las iglesias". Pero, pregunto yo a Rafael, ¿cómo pueden contribuir las religiones a fortalecer la ciudadanía moral y socialmente activa? Si no reconocen ni la soberanía nacional, ni al individuo como sujeto de derechos, ni la forma de gobierno basada en la democracia como más deseable que las teocráticas, absolutistas y dictatoriales. Según expuso León XIII en la encíclica "Inmortale Dei" donde sin cortarse un pelo afirmó: "…Sin duda ninguna si se compara esta clase de Estado moderno(el liberal democrático) de que hablamos con otro Estado, ya real, ya imaginario, donde se persiga tiránica y desvergonzadamente el nombre cristiano, aquél podrá parecer más tolerable. Pero los principios en que se fundan son, como antes dijimos, tales, que nadie los puede aprobar (…)"

¿Qué valores son esos, sigo preguntando a Rafael, que la Iglesia Católica puede aportar para enriquecer la moral progresista y ciudadana frente a la moral sexual represiva y religiosa? Que es su propia moral de origen y de casta. Este es el enigma que nunca nos desvelan los laicos católicos como Peces Barba o Díaz Salazar. Pero no hay que desanimarse. Yo seguiré esperando que nos sirvan en bandeja esa aportación "moral religiosa/humanista". A fin de cuentas es esta aportación la que nos permitirá distinguir lo nuevo y lo viejo. A ver si se deciden.

¿No sería más acertado exigir a las religiones que incluyan en sus textos sagrados una declaración a favor de los "Derechos fundamentales", de la democracia y del derecho a la felicidad y al placer sexual? Son ellos, el clero, quienes tienen que empezar a pensar como ciudadanos y a sustituir su moral sexual represiva por una moral progresista. Claro que, entonces qué función tendría la religión?

En los comienzos de las revoluciones liberales sólo un país y una persona volvieron a plantear la cuestión en términos clásicos: fue Jefferson, en los orígenes de los Estados Unidos, quien, declaró: "Creyendo con ustedes que la religión es un asunto entre un hombre y su Dios solo, por lo que no deben rendirse cuentas a nadie en función del dios en el que crea, que los poderes legislativos del gobierno alcanzan las acciones solamente y no las opiniones, contemplo con reverencia soberana aquel hecho en su totalidad. El pueblo americano declaró que sus legislaturas no deben "promulgar alguna ley con respecto de establecer una religión ni prohibir el ejercicio libre de ella," edificando un muro de separación entre la iglesia y el Estado. Adhiriéndome a esta expresión de la voluntad suprema de la nación a favor de los derechos de consciencia, veré con satisfacción sincera el progreso de aquellos sentimientos que tienen tendencia a restaurar al hombre todos sus derechos naturales, estando convencido que él no tiene derecho natural en oposición a sus deberes sociales. Poco después sería aprobada la "Virginia Statute of Religious Liberty", la ley sobre libertad religiosa frente al Estado. Curioso. Pero no voy a detenerme, ahora, en esta brillante paradoja.

Porque lo que quiero destacar es que todas las revoluciones liberales no sólo establecieron la ruptura con la Iglesia Católica, sino que, ignorando el hecho religioso en sus constituciones, establecieron que "la soberanía es el pueblo", (concepto que se irá dilatando con el paso del tiempo) y que la sociedad es una sociedad civil integrada por hombres (y en su momento mujeres) libres. Y son libres y ciudadanos porque tienen derechos a la libertad, a la seguridad, a opinión, a la expresión, a la creencia o incredulidad, etc.

Y esto es lo que yo quiero plantear en los mismos términos. Sólo existe una sociedad: la civil, constituida por ciudadanos libres que disfrutando de estos derechos individuales pueden creer o no creer en uno o más dioses. Por lo tanto, proclamado este derecho individual, huelgan otros conceptos, como el de libertad religiosa, porque la libertad, religiosa o de cualquier otro contenido, sólo puede ser un derecho individual y nunca el derecho de una organización o institución. Si admitiéramos este derecho corporativo entraríamos en contradicción con los derechos individuales que son, con el individuo, el único fundamento de la sociedad democrática. De manera que ningún Estado democrático puede establecer relaciones bilaterales, de igual a igual, con instituciones religiosas para acordar el establecimiento de privilegios a estas instituciones en nombre de un concepto supraindividual: la libertad religiosa. Inexistente en cualquier declaración de derechos fundamentales. Las relaciones con las instituciones religiosas deberán ser como las que mantenga con cualquier otra asociación como una ONG, por ejemplo. Relaciones de soberano a súbdito. Dejando bien claro que los soberanos son los ciudadanos y los súbditos cualesquiera instituciones supraindividuales.

Y como no es admisible esta relación bilateral, ningún ciudadano y ninguna religión pueden tener unos valores contrarios a los democráticos. Y en ningún caso pueden imponer esos valores a los ciudadanos. Cada ciudadano, siendo libre, es anterior a la religión y como tal sólo está obligado a cumplir las leyes aprobadas por sus instituciones democráticas. Si quiere cumplir otras será en su intimidad y siempre que no entren en contradicción con los Derechos Humanos o las declaraciones fundamentales de derechos, contenidas en las constituciones democráticas.

Tanto Peces Barba como Díaz Salazar son personas que han mantenido vínculos con la Iglesia Católica. Díaz Salazar, y aquí es a donde quería llegar, representa una corriente de opinión según la cual dentro de la Iglesia Católica existen varias iglesias y corrientes de pensamiento enfrentadas. El problema del fundamentalismo no es un problema contenido en la doctrina de esta religión sino una actitud característica de una corriente dentro de la Iglesia. Bastaría con derrotar a los fundamentalistas para que los "modernos" modernizaran la Iglesia.

Bien, Díaz Salazar, sin tener que militar necesariamente en el PSOE, es un teórico de la corriente socialista más derechista y tradicionalista: la representada y encarnada por Bono. Los dos manchegos. Díaz Salazar viene sosteniendo que la renovación ideológica del socialismo y de la izquierda pasa por una asimilación de los valores "humanistas" cristianos por parte de los socialistas ("La izquierda y el cristianismo", Taurus, 1998). Y Bono lo pone en práctica, pues no en vano presume que el 80% de los militantes del PSOE manchego son católicos. No voy a entrar ahora en desmentir que el cristianismo no puede ser humanista porque lo que es divino es antagónico de lo humano. Voy, simplemente, a terminar citando a un Papa sobre la otra tesis que viene sosteniendo Díaz Salazar y la corriente derechista, tradicionalista y, ahora también, la posibilista de que si existen corrientes dentro de la Iglesia Católica lo que debe hacerse es destronar a los fundamentalistas y llevar al Poder a los modernos. Entonces, les pregunto, ¿el problema religioso se habría terminado? ¿Deberemos, entonces, someter nuestra voluntad, la voluntad de los ciudadanos, hasta entonces libres, a la voluntad del clero expresada en sus dogmas y su moral sexual represiva, sólo porque, al decir de esta corriente social-cristiana, ya no son fundamentalistas, sino modernos? A ver si alguno nos explica este galimatías porque no hay quien lo entienda.

La cuestión es que desde Trento las divisiones dentro de la Iglesia son de formas nunca de contenidos porque la moral, la doctrina, los valores son los mismos. Sólo que unos, los modernos aceptan la debilidad de su institución cuando la sociedad se democratiza y otros, los fundamentalistas pasan a la ofensiva cuando creen que la sociedad política tiene grietas por la que infiltrase, debilitarla y acabar sometiéndola a su voluntad. Por encima de las diferencias permanece que es una ideología totalitaria. Incompatible con la democracia, los derechos individuales y la felicidad. De manera que gobierne la corriente que gobierne el problema seguiría estando ahí: el clero contra el pueblo. Las dos sociedades.

Y termino citando al Papa Gregorio XVI quien, el 15 de agosto de 1832 publicó una carta encíclica "Mirari vos" sobre los "errores modernos" (estos son, según los Papas, los derechos individuales, la libertad de pensamiento y la democracia), en la que, anticipándose a las tesis derechistas del PSOE, de Bono y de Díaz Salazar explica cómo los modernos no pueden hacerse con la dirección de la Iglesia por la sencilla razón de que la Iglesia no puede modernizarse. Es una contradicción in terminis. Dice este Papa:

Admirados tal vez estáis, Venerables Hermanos, porque desde que sobre Nuestra pequeñez pesa la carga de toda la Iglesia, todavía no os hemos dirigido Nuestras Cartas según Nos reclamaban así el amor que os tenemos como una costumbre que viene ya de los primeros siglos. Ardiente era, en verdad, el deseo de abriros inmediatamente Nuestro corazón, y, al comunicaros Nuestro mismo espíritu, haceros oír aquella misma voz con la que, en la persona del beato Pedro, se Nos mandó confirmar a nuestros hermanos.

Pero bien conocida os es la tempestad de tantos desastres y dolores que, desde el primer tiempo de nuestro Pontificado, Nos lanzó de repente a alta mar; en la cual, de no haber hecho prodigios la diestra del Señor, Nos hubiereis visto sumergidos a causa de la más negra conspiración de los malvados. Nuestro ánimo rehuye el renovar nuestros justos dolores aun sólo por el recuerdo de tantos peligros; preferimos, pues, bendecir al Padre de toda consolación que, humillando a los perversos, Nos libró de un inminente peligro y, calmando una tan horrenda tormenta, Nos permitió respirar. Al momento Nos propusimos daros consejos para sanar las llagas de Israel, pero el gran número de cuidados que pesó sobre Nos para lograr el restablecimiento del orden público, fue causa de nueva tardanza para nuestro propósito.

La insolencia de los facciosos, que intentaron levantar otra vez bandera de rebelión, fue nueva causa de silencio. Y Nos, aunque con grandísima tristeza, nos vimos obligados a reprimir con mano dura la obstinación de aquellos hombres cuyo furor, lejos de mitigarse por una impunidad prolongada y por nuestra benigna indulgencia, se exaltó mucho más aún; y desde entonces, como bien podéis colegir, Nuestra preocupación cotidiana fue cada vez más laboriosa.

Mas habiendo tomado ya posesión del Pontificado en la Basílica de Letrán, según la costumbre establecida por Nuestros mayores, lo que habíamos retrasado por las causas predichas, sin dar lugar a más dilaciones, Nos apresuramos a dirigiros la presente Carta, testimonio de Nuestro afecto para con vosotros, en este gratísimo día en que celebramos la solemne fiesta de la gloriosa Asunción de la Santísima Virgen, para que Aquella misma, que Nos fue patrona y salvadora en las mayores calamidades, Nos sea propicia al escribiros, iluminando Nuestra mente con celestial inspiración para daros los consejos que más saludables puedan ser para la grey cristiana.

Los males actuales

2. Tristes, en verdad, y con muy apenado ánimo Nos dirigimos a vosotros, a quienes vemos llenos de angustia al considerar los peligros de los tiempos que corren para la religión que tanto amáis. Verdaderamente, pudiéramos decir que ésta es la hora del poder de las tinieblas para cribar, como trigo, a los hijos de elección. Sí; la tierra está en duelo y perece, inficionada por la corrupción de sus habitantes, porque han violado las leyes, han alterado el derecho, han roto la alianza eterna[4]. Nos referimos, Venerables Hermanos, a las cosas que veis con vuestros mismos ojos y que todos lloramos con las mismas lágrimas. Es el triunfo de una malicia sin freno, de una ciencia sin pudor, de una disolución sin límite. Se desprecia la santidad de las cosas sagradas; y la majestad del divino culto, que es tan poderosa como necesaria, es censurada, profanada y escarnecida: De ahí que se corrompa la santa doctrina y que se diseminen con audacia errores de todo género. Ni las leyes sagradas, ni los derechos, ni las instituciones, ni las santas enseñanzas están a salvo de los ataques de las lenguas malvadas.

Se combate tenazmente a la Sede de Pedro, en la que puso Cristo el fundamento de la Iglesia, y se quebrantan y se rompen por momentos los vínculos de la unidad. Se impugna la autoridad divina de la Iglesia y, conculcados sus derechos, se la somete a razones terrenas, y, con suma injusticia, la hacen objeto del odio de los pueblos reduciéndola a torpe servidumbre. Se niega la obediencia debida a los Obispos, se les desconocen sus derechos. Universidades y escuelas resuenan con el clamoroso estruendo de nuevas opiniones, que no ya ocultamente y con subterfugios, sino con cruda y nefaria guerra impugnan abiertamente la fe católica. Corrompidos los corazones de los jóvenes por la doctrina y ejemplos de los maestros, crecieron sin medida el daño de la religión y la perversidad de costumbres. De aquí que roto el freno de la religión santísima, por la que solamente subsisten los reinos y se confirma el vigor de toda potestad, vemos avanzar progresivamente la ruina del orden público, la caída de los príncipes, y la destrucción de todo poder legítimo. Debemos buscar el origen de tantas calamidades en la conspiración de aquellas sociedades a las que, como a una inmensa sentina, ha venido a parar cuanto de sacrílego, subversivo y blasfemo habían acumulado la herejía y las más perversas sectas de todos los tiempos.

Los Obispos y la Cátedra de Pedro

3. Estos males, Venerables Hermanos, y muchos otros más, quizá más graves, enumerar los cuales ahora sería muy largo, pero que perfectamente conocéis vosotros, Nos obligan a sentir un dolor amargo y constante, ya que, constituidos en la Cátedra del Príncipe de los Apóstoles, preciso es que el celo de la casa de Dios Nos consuma como a nadie. Y, al reconocer que se ha llegado a tal punto que ya no Nos basta el deplorar tantos males, sino que hemos de esforzarnos por remediarlos con todas nuestras fuerzas, acudimos a la ayuda de vuestra fe e invocamos vuestra solicitud por la salvación de la grey católica, Venerables Hermanos, porque vuestra bien conocida virtud y religiosidad, así como vuestra singular prudencia y constante vigilancia, Nos dan nuevo ánimo, Nos consuelan y aun Nos recrean en medio de estos tiempos tan tristes como desgarradores.

Deber Nuestro es alzar la voz y poner todos los medios para que ni el selvático jabalí destruya la viña, ni los rapaces lobos sacrifiquen el rebaño. A Nos pertenece el conducir las ovejas tan sólo a pastos saludables, sin mancha de peligro alguno. No permita Dios, carísimos Hermanos, que en medio de males tan grandes y entre tamaños peligros, falten los pastores a su deber y que, llenos de miedo, abandonen a sus ovejas, o que, despreocupados del cuidado de su grey, se entreguen a un perezoso descanso. Defendamos, pues, con plena unidad del mismo espíritu, la causa que nos es común, o mejor dicho, la causa de Dios, y mancomunemos vigilancia y esfuerzos en la lucha contra el enemigo común, en beneficio del pueblo cristiano.

4. Bien cumpliréis vuestro deber si, como lo exige vuestro oficio, vigiláis tanto sobre vosotros como sobre vuestra doctrina, teniendo presente siempre, que toda la Iglesia sufre con cualquier novedad, y que, según consejo del pontífice San Agatón, nada debe quitarse de cuanto ha sido definido, nada mudarse, nada añadirse, sino que debe conservarse puro tanto en la palabra como en el sentido. Firme e inconmovible se mantendrá así la unidad, arraigada como en su fundamento en la Cátedra de Pedro para que todos encuentren baluarte, seguridad, puerto tranquilo y tesoro de innumerables bienes allí mismo donde las Iglesias todas tienen la fuente de todos sus derechos. Para reprimir, pues, la audacia de aquellos que, ora intenten infringir los derechos de esta Sede, ora romper la unión de las Iglesias con la misma, en la que solamente se apoyan y vigorizan, es preciso inculcar un profundo sentimiento de sincera confianza y veneración hacia ella, clamando con San Cipriano, que en vano alardea de estar en la Iglesia el que abandona la Cátedra de Pedro, sobre la cual está fundada la Iglesia.

5. Debéis, pues, trabajar y vigilar asiduamente para guardar el depósito de la fe, precisamente en medio de esa conspiración de impíos, cuyos esfuerzos para saquearlo y arruinarlo contemplamos con dolor. Tengan todos presente que el juzgar de la sana doctrina, que los pueblos han de creer, y el régimen y administración de la Iglesia universal toca al Romano Pontífice, a quien Cristo le dio plena potestad de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal, según enseñaron los Padres del Concilio de Florencia. Por lo tanto, cada Obispo debe adherirse fielmente a la Cátedra de Pedro, guardar santa y religiosamente el depósito de la santa fe y gobernar el rebaño de Dios que le haya sido encomendado. Los presbíteros estén sujetos a los Obispos, considerándolos, según aconseja San Jerónimo, como padre de sus almas; y jamás olviden que aun la legislación más antigua les prohibe desempeñar ministerio alguno, enseñar y predicar sin licencia del Obispo, a cuyo cuidado se ha encomendado el pueblo, y a quien se pedirá razón de las almas. Finalmente téngase como cierto e inmutable que todos cuantos intenten algo contra este orden establecido perturban, bajo su responsabilidad, el estado de la Iglesia.

Disciplina de la Iglesia, inmutable

6. Reprobable, sería, en verdad, y muy ajeno a la veneración con que deben recibirse las leyes de la Iglesia, condenar por un afán caprichoso de opiniones cualesquiera, la disciplina por ella sancionada y que abarca la administración de las cosas sagradas, la regla de las costumbres, y los derechos de la Iglesia y de sus ministros, o censurarla como opuesta a determinados principios del derecho natural o presentarla como defectuosa o imperfecta, y sometida al poder civil.

En efecto, constando, según el testimonio de los Padres de Trento, que la Iglesia recibió su doctrina de Cristo Jesús y de sus Apóstoles, que es enseñada por el Espíritu Santo, que sin cesar la sugiere toda verdad, es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta restauración y regeneración para volverla a su incolumidad primitiva, dándola nueva vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones. Con cuyo intento pretenden los innovadores echar los fundamentos de una institución humana moderna, para así lograr aquello que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia, que es cosa divina, se haga cosa humana. Piensen pues, los que tal pretenden que sólo al Romano Pontífice, como atestigua San León, ha sido confiada la constitución de los cánones; y que a él solo compete, y no a otro, juzgar acerca de los antiguos decretos, o como dice San Gelasio: Pesar los decretos de los cánones, medir los preceptos de sus antecesores para atemperar, después de un maduro examen, los que hubieran de ser modificados, atendiendo a los tiempos y al interés de las Iglesias.

Celibato clerical

7. Queremos ahora Nos excitar vuestro gran celo por la religión contra la vergonzosa liga que, en daño del celibato clerical, sabéis cómo crece por momentos, porque hacen coro a los falsos filósofos de nuestro siglo algunos eclesiásticos que, olvidando su dignidad y estado y arrastrados por ansia de placer, a tal licencia han llegado que en algunos lugares se atreven a pedir, tan pública como repetidamente, a los Príncipes que supriman semejante imposición disciplinaria. Rubor causa el hablar tan largamente de intentos tan torpes; y fiados en vuestra piedad, os recomendamos que pongáis todo vuestro empeño en guardar, reivindicar y defender íntegra e inquebrantable, según está mandado en los cánones, esa ley tan importante, contra la que se dirigen de todas partes los dardos de los libertinos.

Matrimonio cristiano

8. Aquella santa unión de los cristianos, llamada por el Apóstol sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, reclama también toda nuestra solicitud, por parte de todos, para impedir que, por ideas poco exactas, se diga o se intente algo contra la santidad, o contra la indisolubilidad del vínculo conyugal. Esto mismo ya os lo recordó Nuestro predecesor Pío VIII, de s. m., con no poca insistencia, en sus Cartas. Pero aun continúan aumentando los ataques adversarios. Se debe, pues, enseñar a los pueblos que el matrimonio, una vez constituido legítimamente, no puede ya disolverse, y que los unidos por el matrimonio forman, por voluntad de Dios, una perpetua sociedad con vínculos tan estrechos que sólo la muerte los puede disolver. Tengan presente los fieles que el matrimonio es cosa sagrada, y que por ello está sujeto a la Iglesia; tengan ante sus ojos las leyes que sobre él ha dictado la Iglesia; obedézcanlas santa y escrupulosamente, pues de cumplirlas depende la eficacia, fuerza y justicia de la unión. No admitan en modo alguno lo que se oponga a los sagrados cánones o a los decretos de los Concilios y conozcan bien el mal resultado que necesariamente han de tener las uniones hechas contra la disciplina de la Iglesia, sin implorar la protección divina o por sola liviandad, cuando los esposos no piensan en el sacramento y en los misterios por él significados.

Indiferentismo religioso

9. Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha; oigan a San Jerónimo que nos cuenta cómo, estando la Iglesia dividida en tres partes por el cisma, cuando alguno intentaba atraerle a su causa, decía siempre con entereza: Si alguno está unido con la Cátedra de Pedro, yo estoy con él. No se hagan ilusiones porque están bautizados; a esto les responde San Agustín que no pierde su forma el sarmiento cuando está separado de la vid; pero, ¿de qué le sirve tal forma, si ya no vive de la raíz?.

Libertad de conciencia

10. De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. ¾Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error! decía San Agustín. Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto aquel abismo del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio – por parte del pueblo- de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad, porque, aun la más antigua experiencia enseña cómo los Estados, que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades.

Libertad de imprenta

11. Debemos también tratar en este lugar de la libertad de imprenta, nunca suficientemente condenada, si por tal se entiende el derecho de dar a la luz pública toda clase de escritos; libertad, por muchos deseada y promovida. Nos horrorizamos, Venerables Hermanos, al considerar qué monstruos de doctrina, o mejor dicho, qué sinnúmero de errores nos rodea, diseminándose por todas partes, en innumerables libros, folletos y artículos que, si son insignificantes por su extensión, no lo son ciertamente por la malicia que encierran; y de todos ellos sale la maldición que vemos con honda pena esparcirse sobre la tierra. Hay, sin embargo, ¾oh dolor!, quienes llevan su osadía a tal grado que aseguran, con insistencia, que este aluvión de errores esparcido por todas partes está compensado por algún que otro libro, que en medio de tantos errores se publica para defender la causa de la religión. Es de todo punto ilícito, condenado además por todo derecho, hacer un mal cierto y mayor a sabiendas, porque haya esperanza de un pequeño bien que de aquel resulte. ¿Por ventura dirá alguno que se pueden y deben esparcir libremente activos venenos, venderlos públicamente y darlos a beber, porque alguna vez ocurre que el que los usa haya sido arrebatado a la muerte?

12. Enteramente distinta fue siempre la disciplina de la Iglesia en perseguir la publicación de los malos libros, ya desde el tiempo de los Apóstoles: ellos mismos quemaron públicamente un gran número de libros. Basta leer las leyes que sobre este punto dio el Concilio V de Letrán y la Constitución que fue publicada después por León X, de f. r., a fin de impedir que lo inventado para el aumento de la fe y propagación de las buenas artes, se emplee con una finalidad contraria, ocasionando daño a los fieles. A esto atendieron los Padres de Trento, que, para poner remedio a tanto mal, publicaron el salubérrimo decreto para hacer un Indice de todos aquellos libros, que, por su mala doctrina, deben ser prohibidos. Hay que luchar valientemente, dice Nuestro predecesor Clemente XIII, de p. m., hay que luchar con todas nuestras fuerzas, según lo exige asunto tan grave, para exterminar la mortífera plaga de tales libros; pues existirá materia para el error, mientras no perezcan en el fuego esos instrumentos de maldad. Colijan, por tanto, de la constante solicitud que mostró siempre esta Sede Apostólica en condenar los libros sospechosos y dañinos, arrancándolos de sus manos, cuán enteramente falsa, temeraria, injuriosa a la Santa Sede y fecunda en gravísimos males para el pueblo cristiano es la doctrina de quienes, no contentos con rechazar tal censura de libros como demasiado grave y onerosa, llegan al extremo de afirmar que se opone a los principios de la recta justicia, y niegan a la Iglesia el derecho de decretarla y ejercitarla.

Rebeldía contra el poder

13. Sabiendo Nos que se han divulgado, en escritos que corren por todas partes, ciertas doctrinas que niegan la fidelidad y sumisión debidas a los príncipes, que por doquier encienden la antorcha de la rebelión, se ha de trabajar para que los pueblos no se aparten, engañados, del camino del bien. Sepan todos que, como dice el Apóstol, toda potestad viene de Dios y todas las cosas son ordenadas por el mismo Dios. Así, pues, el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios, y los que resisten se condenan a sí mismos. Por ello, tanto las leyes divinas como las humanas se levantan contra quienes se empeñan, con vergonzosas conspiraciones tan traidoras como sediciosas, en negar la fidelidad a los príncipes y aun en destronarles.

14. Por aquella razón, y por no mancharse con crimen tan grande, consta cómo los primitivos cristianos, aun en medio de las terribles persecuciones contra ellos levantadas, se distinguieron por su celo en obedecer a los emperadores y en luchar por la integridad del imperio, como lo probaron ya en el fiel y pronto cumplimiento de todo cuanto se les mandaba (no oponiéndose a su fe de cristianos), ya en el derramar su sangre en las batallas peleando contra los enemigos del imperio. Los soldados cristianos, dice San Agustín, sirvieron fielmente a los emperadores infieles; mas cuando se trataba de la causa de Cristo, no reconocieron otro emperador que al de los cielos. Distinguían al Señor eterno del señor temporal; y, no obstante, por el primero obedecían al segundo. Así ciertamente lo entendía el glorioso mártir San Mauricio, invicto jefe de la legión Tebea, cuando, según refiere Euquerio, dijo a su emperador: Somos, oh emperador, soldados tuyos, pero también siervos que con libertad confesamos a Dios; vamos a morir y no nos rebelamos; en las manos tenemos nuestras armas y no resistimos porque preferimos morir mucho mejor que ser asesinos. Y esta fidelidad de los primeros cristianos hacia los príncipes brilla aún con mayor fulgor, cuando se piensa que, además de la razón, según ya hizo observar Tertuliano, no faltaban a los cristianos ni la fuerza del número ni el esfuerzo de la valentía, si hubiesen querido mostrarse como enemigos: Somos de ayer, y ocupamos ya todas vuestras casas, ciudades, islas, castros, municipios, asambleas, hasta los mismos campamentos, las tribus y las decurias, los palacios, el senado, el foro… ¿De qué guerra y de qué lucha no seríamos capaces, y dispuestos a ello aun con menores fuerzas, los que tan gozosamente morimos, a no ser porque según nuestra doctrina es más lícito morir que matar? Si tan gran masa de hombres nos retirásemos, abandonándoos, a algún rincón remoto del orbe, vuestro imperio se llenaría de vergüenza ante la pérdida de tantos y tan buenos ciudadanos, y os veríais castigados hasta con la destitución. No hay duda de que os espantaríais de vuestra propia soledad…; no encontraríais a quien mandar, tendríais más enemigos que ciudadanos; mas ahora, por lo contrario, debéis a la multitud de los cristianos el tener menos enemigos.

15. Estos hermosos ejemplos de inquebrantable sumisión a los príncipes, consecuencia de los santísimos preceptos de la religión cristiana, condenan la insolencia y gravedad de los que, agitados por torpe deseo de desenfrenada libertad, no se proponen otra cosa sino quebrar y aun aniquilar todos los derechos de los príncipes, mientras en realidad no tratan sino de esclavizar al pueblo con el mismo señuelo de la libertad. No otros eran los criminales delirios e intentos de los valdenses, beguardos, wiclefitas y otros hijos de Belial, que fueron plaga y deshonor del género humano, que, con tanta razón y tantas veces fueron anatematizados por la Sede Apostólica. Y todos esos malvados concentran todas sus fuerzas no por otra razón que para poder creerse triunfantes felicitándose con Lutero por considerarse libres de todo vínculo; y, para conseguirlo mejor y con mayor rapidez, se lanzan a las más criminales y audaces empresas.

16. Las mayores desgracias vendrían sobre la religión y sobre las naciones, si se cumplieran los deseos de quienes pretenden la separación de la Iglesia y el Estado, y que se rompiera la concordia entre el sacerdocio y el poder civil. Consta, en efecto, que los partidarios de una libertad desenfrenada se estremecen ante la concordia, que fue siempre tan favorable y tan saludable así para la religión como para los pueblos.

17. A otras muchas causas de no escasa gravedad que Nos preocupan y Nos llenan de dolor, deben añadirse ciertas asociaciones o reuniones, las cuales, confederándose con los sectarios de cualquier falsa religión o culto, simulando cierta piedad religiosa pero llenos, a la verdad, del deseo de novedades y de promover sediciones en todas partes, predican toda clase de libertades, promueven perturbaciones contra la Iglesia y el Estado; y tratan de destruir toda autoridad, por muy santa que sea.

Remedio, la palabra de Dios

18. Con el ánimo, pues, lleno de tristeza, pero enteramente confiados en Aquel que manda a los vientos y calma las tempestades, os escribimos Nos estas cosas, Venerables Hermanos, para que, armados con el escudo de la fe, peleéis valerosamente las batallas del Señor. A vosotros os toca el mostraros como fuertes murallas, contra toda opinión altanera que se levante contra la ciencia del Señor. Desenvainad la espada espiritual, la palabra de Dios; reciban de vosotros el pan, los que han hambre de justicia. Elegidos para ser cultivadores diligentes en la viña del Señor, trabajad con empeño, todos juntos, en arrancar las malas raíces del campo que os ha sido encomendado, para que, sofocado todo germen de vicio, florezca allí mismo abundante la mies de las virtudes. Abrazad especialmente con paternal afecto a los que se dedican a la ciencia sagrada y a la filosofía, exhortadles y guiadles, no sea que, fiándose imprudentemente de sus fuerzas, se aparten del camino de la verdad y sigan la senda de los impíos. Entiendan que Dios es guía de la sabiduría y reformador de los sabios, y que es imposible que conozcamos a Dios sino por Dios, que por medio del Verbo enseña a los hombres a conocer a Dios. Sólo los soberbios, o más bien los ignorantes, pretenden sujetar a criterio humano los misterios de la fe, que exceden a la capacidad humana, confiando solamente en la razón, que, por condición propia de la humana naturaleza, es débil y enfermiza.

Los gobernantes y la Iglesia

19. Que también los Príncipes, Nuestros muy amados hijos en Cristo, cooperen con su concurso y actividad para que se tornen realidad Nuestros deseos en pro de la Iglesia y del Estado. Piensen que se les ha dado la autoridad no sólo para el gobierno temporal, sino sobre todo para defender la Iglesia; y que todo cuanto por la Iglesia hagan, redundará en beneficio de su poder y de su tranquilidad; lleguen a persuadirse que han de estimar más la religión que su propio imperio, y que su mayor gloria será, digamos con San León, cuando a su propia corona la mano del Señor venga a añadirles la corona de la fe. Han sido constituidos como padres y tutores de los pueblos; y darán a éstos una paz y una tranquilidad tan verdadera y constante como rica en beneficios, si ponen especial cuidado en conservar la religión de aquel Señor, que tiene escrito en la orla de su vestido: Rey de los reyes y Señor de los que dominan.

20. Y para que todo ello se realice próspera y felizmente, elevemos suplicantes nuestros ojos y manos hacia la Santísimo Virgen María, única que destruyó todas las herejías, que es Nuestra mayor confianza, y hasta toda la razón de Nuestra esperanza. Que ella misma con su poderosa intercesión pida el éxito más feliz para Nuestros deseos, consejos y actuación en este peligro tan grave para el pueblo cristiano. Y con humildad supliquemos al Príncipe de los apóstoles Pedro y a su compañero de apostolado Pablo que todos estéis delante de la muralla, a fin de que no se ponga otro fundamento que el que ya se puso. Apoyados en tan dulce esperanza, confiamos que el autor y consumador de la fe, Cristo Jesús, a todos nos ha de consolar en estas tribulaciones tan grandes que han caído sobre nosotros; y en prenda del auxilio divino a vosotros, Venerables Hermanos, y a las ovejas que os están confiadas, de todo corazón, os damos la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, en Santa María la Mayor, en el día de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, 15 de agosto de 1832, año segundo de Nuestro Pontificado."

Hay que preguntar a los "modernistas católicos" que nos digan si el Papa actual, o el anterior, o el anterior del anterior, y así sucesivamente, han dicho algo que rectificara en una coma los dogmas y moral del pasado. Esperaremos otros 20 siglos, si es necesario. Y es que la Iglesia no puede modernizarse en coherencia con sus propios dogmas. Primero, porque es dogmática y, en consecuencia, sus dogmas son inmutables; en segundo lugar, porque toda modernización de valores y dogmas cuestionaría sus fundamentos desde dos perspectivas. Puesto que sus dirigentes hablan en nombre de dios o, en otras palabras, como dios se manifiesta en el tiempo a través de la su más alta autoridad, el Papa, si hoy cambiara la doctrina tradicional eso significaría que: o dios, su dios, se equivocó en el pasado o se equivoca en el presente o que su más alto representante en la Tierra, el Papa, se equivocó o se equivoca en el presente. En cualquier caso, tanto la doctrina como la autoridad divina y papal qu edarían en cuestión. Es esta contradicción la que la mantiene coherentemente atada al pasado e inmóvil y reaccionaria frente a cualquier forma de progreso.

Podríamos hacernos este razonamiento en otros términos. Si, como afirma Díaz Salazar y que otros afirmaron con la misma ilusión en los siglos XV, XVI, XVII, XVIII, XIX y XX, dentro de la Iglesia existen diferentes iglesias o corrientes de opinión habría que preguntarle que nos explique en qué momento de la Historia esta institución clerical fue conquistada por lo "modernos" y cuáles fueron los cambios que introdujeron en dogmática (lo que sería una contradicción) y moral. Esperemos expectantes la respuesta. Mientras tanto, lo que sí estamos en condiciones científicas de afirmar es que cuando dentro de la institución clerical católica ha habido corrientes de opinión enfrentadas a su máxima y única autoridad: el Papa, o acabaron claudicando o encarcelados o no les quedó más remedio que la escisión. Que no otra cosa fue lo ocurrido en tiempos de la Reforma. Y siglos antes con los ortodoxos. Dentro de la Iglesia católica sólo puede existir un Poder, el del Papa. Y ese poder se fundamentaen el dogma. Y esto no es opinable porque es doctrina.

A Díaz Salazar y a la corriente socialista de derechas y tradicionalista, encabezada por Bono, no les quedará más alternativa que o claudicar ante el clero, pues este constituye la osamenta en torno al cual se petrifica la Iglesia, o escindirse que será la única posibilidad que les quede. Pero entonces ya no serán Iglesia Católica serán otra cosa. Como los del Palmar de Troya. O esto o la reintegración del hijo pródigo. Claro que, también les queda la posibilidad de ser socialistas, ateos y progresistas, pero esto es pedirle peras al olmo. Y sería un milagro. Y los ateos no creemos en milagros.

Para terminar voy a citar a dos autores que nos describen con precisión los caminos de la razón humana opuestos a la dependencia divina, al clero. En el primero, Paul Hazard nos dice hablando del "Siglo de las Luces":

Se trataba de saber si se creería o si no se creería ya; si se obedecería a la tradición, o si se rebelaría uno contra ella; si la humanidad continuaría su camino fiándose de los mismos guías o si sus nuevos jefes le harían dar la vuelta para conducirla hacia otras tierras prometidas…

Los asaltantes triunfaban poco a poco. La herejía no era ya solitaria y oculta; ganaba discípulos, se volvía insolente y jactanciosa. La negación no se disfrazaba ya; se ostentaba. La razón no era ya una cordura equilibrada, sino una audacia crítica. Las nociones más comúnmente aceptadas, la del consentimiento universal que probaba a Dios, la de los milagros, se ponían en duda. Se relegaba a lo divino a cielos desconocidos e impenetrables; el hombre y sólo el hombre, se convertía en la medida de todas las cosas; era por sí mismo su razón de ser y su fin. Bastante tiempo habían tenido en sus manos el poder los pastores de los pueblos; habían prometido hacer reinar en la tierra la bondad, la justicia, el amor fraternal; pero no habían cumplido su promesa; en la gran partida en que se jugaba la verdad y la felicidad, habían perdido; y, por tanto, no tenían que hacer sino marcharse. Era menester echarlos si no querían irse de buen grado. Había que destruir, se pensaba, el edificio antiguo, que había abrigado mal a la gran familia humana; y la primera tarea era un trabajo de demolición. La segunda era reconstruir y preparar los cimientos de la ciudad futura.

No menos impresionante, y para evitar la caída en un escepticismo precursor de la muerte, era menester construir una filosofía que renunciara a los sueños metafísicos, siempre engañosos, para estudiar las apariencias que nuestras débiles manos pueden alcanzar y que deben bastar para contentarnos; había que edificar una política sin derecho divino, una religión sin misterio, una moral sin dogmas. Había que obligar a la ciencia a no ser más un simple juego del espíritu, sino decididamente un poder capaz de dominar la naturaleza; por la ciencia, se conquistaría sin duda la felicidad. Reconquistando así el mundo, el hombre se organizaría para su bienestar, para su gloria y para la felicidad del porvenir…

A una civilización fundada sobre la idea de deber, los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe, los "nuevos filósofos" han intentado sustituirla con una civilización fundada en la idea de derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos de la razón, los derechos del hombre y del ciudadano.

(Paul Hazard, en "La crisis de la conciencia europea", A.U. Madrid, 1988, pp. 10 y 11)

A lo que añade Hannah Arendt:

Como los Derechos del Hombre eran proclamados "inalienables", irreducibles e indeducibles de otros derechos o leyes, no se invocaba autoridad alguna para su establecimiento: el Hombre en sí mismo era su fuente tanto como su objetivo último. Además, no se estimaba necesaria ninguna ley especial para protegerlos, porque se suponía que todas las leyes se basaban en ellos. El Hombre aparecía como el único soberano en cuestiones de ley de la misma manera que el pueblo era proclamado como el único soberano en cuestiones de Gobierno. La soberanía del pueblo (diferente de la del príncipe) no era proclamada por la gracia de Dios, sino en nombre del Hombre; así es que parecía natural que los derechos "inalienables" del hombre hallaran su garantía y se convirtieran en parte inalienable del derecho del pueblo al autogobierno soberano."

(Hannah Arendt: "Los orígenes del totalitarismo", Alianza Universidad, Madrid,1982 p. 369)

Y remato yo preguntándome si no sería más necesario que todos hiciéramos un esfuerzo de madurez psicológica, política y moral abandonando la oscuridad de la fe iluminados por la luz de la ciencia, la libertad política y el principio del placer?

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