Laicismo

A diferencia del vicario de Cristo los laicos nos equivocamos continuamente. Al contrario que él, no tenemos varios siglos por delante para arrepentirnos de haber perseguido a Galileo.

También los tendrá, los siglos, para pedir perdón por no haber entendido que si unos padres seleccionan un embrión para que su hijo no padezca ceguera en el futuro no están arrojando ninguna condición humana por el sumidero. Como decía el director del semanario satírico Charlie hebdo, al ser absuelto por las famosas caricaturas de Mahoma, la idea de progreso e ilustración es inseparable de la crítica a las religiones.

Por una circunstancia que me atrevería a calificar de providencial -soy un descreído panteísta- la marca laica está casi libre en el mercado político español, donde no pocos concejales socialistas, o más rojos y totalmente descreídos, no dudan en lucir cirios de procesión, varas de peregrino o hábitos de penitente a causa de correosos malentendidos: de los comecuras de ayer no somos responsable los rojos de ahora. Algunos cenetistas de los años treinta consideraban una provocación cruzarse en la misma acera con un cura. Ahora es la Conferencia Episcopal la que se considera agredida porque dos hombres se casen en una ceremonia pacífica y privada. Creo que es una interesante simetría.

Aunque al elector le resulte a veces difícil distinguir entre creencias y deberes, entre moral y leyes, entre creyentes y ministros, entre crítica y vejación, propongo a nuestra izquierda que abrace el laicismo con toda la consecuencia que permitan las circunstancias. La derecha europea suele ser muy laica -y Jesús Pardo, «Autorretrato sin retoques», se divirtió mucho con su droite infernal británica-, pero la de aquí sigue en el parvulario, pegada al púlpito, a las sacristías y, sobre todo, a los palacios episcopales. Hay que ser respetuoso, claro, pero hay que precisar perfil y la marca laicismo está disponible.

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