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Laicidad y moralidad social reiterativa

En teoría somos un Estado laico, pero en la práctica, ahora con la pactocracia en el poder, vemos que la Iglesia católica está adquiriendo mayores privilegios

Deseo iniciar estas reflexiones con un pensamiento que apareció en el editorial del periódico La Jornada el día 14 de marzo de 2013: “Más allá del dato anecdótico sobre su lugar de nacimiento, el nuevo Papa comparte el conservadurismo político, social y moral que han caracterizado a sus dos antecesores inmediatos, por lo que resulta cuesta arriba imaginar que encabezará los cambios que la Iglesia católica requiere con urgencia”.

Existen doctrinas o discursos, fundamentados en creencias, los cuales se orientan hacia la búsqueda de ilusiones vinculadas a dogmas de fe, que no permiten a los sujetos adheridos a ellos, una intervención, desde su interior, para clarificar y justificar el sentido de dichas representaciones, conforme a las preguntas de la razón humana. De ahí la necesidad de tomar distancia, de hacer la lectura, desde otro modo de pensar, más en la crítica, con el objeto de incomodar a la sumisión y a la conformidad establecida.

Este otro modo de pensar lo constituye, sin lugar a dudas, una ética con sentido crítico y disruptivo, para develar los fundamentos de la religión, vía el rito y la experiencia de lo religioso. Pero también incorporar, a dicho análisis, el orden del poder, ya que tanto el ritual o ceremonial y la experiencia religiosa, no son hechos que floten en el espacio de la neutralidad. Como bien afirma Luis Villoro: “La moralidad social da lugar a una ética reiterativa de un orden social y afianza un sistema de poder político”.

Por eso proponemos una ética crítica disruptiva, tanto frente a la moralidad social que sustenta al capitalismo corporativo militar, político, empresarial, mediático como a la ideología del prianismo en el poder. Así, la política conservadora del nuevo Papa y el pragmatismo de resultados del peñanietismo se instalan en la defensa del statu quo, de lo establecido, del orden de la oligarquía. Quieren transformar lo público en privado y repartir el patrimonio de la nación entre los más ricos (reformas estructurales: energética, telecomunicaciones, educativa, fiscal, etcétera).

Tanto la experiencia religiosa y el poder político, son objetos creados por los propios hombres y mujeres. Pero esas creaciones a veces se le escapan a sus creadores; además, tienen la cualidad social de engañar, de ocultar y reprimir muchos sentidos que son contrarios a la condición humana. Algo peor, en la historia, esas creaciones se han unido con el fin de homogeneizar, de esclavizar, de explotar y de dominar la conciencia y el cuerpo de los individuos.

La historia de México ha mostrado que la institución de la religión católica, la cual la profesa una mayoría de mexicanos, se ha enfrentado con la violencia de las armas, al Estado mexicano (la guerra cristera). Estos hechos revelan que la Iglesia católica distingue muy bien lo que corresponde a la salvación de las almas (ilusión) y lo que compete a su política terrenal, necesaria para continuar imponiendo sus intereses concretos, en el aquí y el ahora. Nadie se engañe. Como bien afirma Francisco J. Múgica: “Sí, señores; si dejamos la libertad de enseñanza absoluta para que tome participación en ella el clero con sus ideas rancias y retrospectivas, no formaremos generaciones nuevas de hombres intelectuales y sensatos, sino que nuestros postreros recibirán de nosotros la herencia del fanatismo”.

Tanto el Estado como la Iglesia o las iglesias, forman parte de una estructura de dominación y de explotación. Ninguna de esas instituciones escapa al modelo de acumulación capitalista y al principio de libre mercado. En estos juegos de poder, donde lo que predomina es la racionalidad instrumental, donde lo que importa son los medios, causas y efectos para continuar sometiendo la voluntad de los individuos, creyentes o no, al sistema de conformismo social.

Hoy vemos que el Estado nacional homogéneo y autoritario, está sitiado y secuestrado por los amos del dinero, por una clase política panista y priista, que está violentando los principios constitucionales como el de laicidad (18 legislaturas estatales penalizaron el aborto), el cual constituye una condición necesaria para que los ciudadanos elijan, libremente, cuál experiencia religiosa desean practicar o no practicar ninguna. El Estado laico no impone religión alguna ni el gobernante debe imponer sus creencias religiosas a los gobernados, cuando aquel las tenga.

Pero hoy estamos viendo que los gobernantes de la pactocracia tienen un mayor acercamiento con la cúpula de la Iglesia católica, a tal grado que ésta está haciendo su mayor esfuerzo para que se introduzca en la escuela pública la instrucción religiosa. Vemos cómo se extiende su influencia en los medios de comunicación, especialmente, la televisión comercial. No es extraño ver a sacerdotes y obispos participar en las elecciones con opiniones, a favor o en contra de candidatos. Y al paso que vamos los estaremos viendo como candidatos a puestos de elección popular.

En los últimos años, la institución de la Iglesia católica y otras, han revelado que no sólo explotan, desde su poder, la fe, sino que también violan el cuerpo de la población más vulnerable, como son los niños y las niñas. Ante estos hechos delictivos y monstruosos, los jerarcas de las diversas iglesias han guardado silencio y han sido cómplices de esos delitos (Norberto Rivera). Es más, ellos no se atreven a castigar a los pederastas, y son tan cínicos, que con las limosnas de los creyentes pagan a quienes los han demandado y solamente les prohíben a los delincuentes ejercer su ministerio (oficio) y el castigo mayor se lo dejan a Dios, después de muertos, como es el caso de Marcial Maciel (maniático sexual), quien violentó el cuerpo y la mente de muchos niños y no recibió ningún castigo en la tierra. Estos señores son buenos enterradores de las creencias religiosas, para bien de la humanidad.

En teoría somos un Estado laico, pero en la práctica, ahora con la pactocracia en el poder, vemos que la Iglesia católica está adquiriendo mayores privilegios, mayor capacidad para continuar explotando las creencias religiosas y defender sus intereses privados terrenales. Al fin y al cabo que los deseos de salvación, nadie los puede garantizar ni comprobar (ilusiones). Como bien dice Bernardo Barranco V: “La Iglesia católica, astuta como siempre, no es responsable de la apuesta de Peña Nieto; sin embargo, sabrá sacar provecho político con creces, ejercer todo su peso simbólico y lobby para posicionar su visión, misión y acentos políticos propios”.

Termino este espacio de escritura con un pensamiento poético de Antonio Machado: “¡Y este hoy que mira ayer y este mañana/ que no cesa tan viejo!/ Y esta esperanza vana de romper el encanto del espejo”. Tras el vivir y el soñar/ Está lo que más importa/ Despertar”. Otro mundo es posible.

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