Laicidad

La ministra de Educación ha presentado a los medios la LOE, la nueva ley de enseñanza en la que la religión no puntuará aunque los colegios estarán obligados a ofrecer su aprendizaje para los niños y niñas que quieran (sus padres, claro). Una de cal y otra de arena.

 Hay mucha gente que esperaba esa ley regida por la laicidad de la escuela, para que todos los alumnos tuvieran las mismas coordenadas de aprendizaje, para que no hubiera diferencias. Y ahora, con ese añadido de las clases de religión optativas aunque no puntuables, se crea una discriminación de orden religioso en una escuela pública que se supone laica.

En primer lugar, falta saber si el profesorado de religión será para todas las religiones, católica, judía, musulmana, etcétera.Y es precisamente por ahí por donde se puede empezar a estropear la cuestión, porque no es conveniente que las cuestiones de fe se mezclen en los mismos lugares que la enseñanza de las ciencias y las letras. No es
casual que Francia otorgue a la laicidad de su escuela pública una importancia básica, y precisamente adquiere más importancia cuantas más religiones habitan entre su ciudadanía.

Las creencias mueven emociones que no son las mismas que se mueven en el aprendizaje de las ciencias y las letras. La razón y la fe provienen de dos órdenes distintos y conviene no confundirlos. La religión es del orden de lo inmutable y permanente, de lo dogmático. La ciencia es del orden de un conocimiento cambiante y en perpetua revisión.

Creo que, desde el ministerio, se ha querido optar por una decisión salomónica que en ese caso resulta confusa, porque si la escuela es laica, es laica y la religión no tiene cabida en ella. Los padres que quieran que alguien enseñe religión a sus hijos tienen la libertad de hacerlo en horas no lectivas y en otro lugar, nadie se lo impide, pero si el gobierno, con esa cláusula, ha querido contentar a la Iglesia y a sus fieles, es que conoce poco a la Iglesia y esa clase de compromiso amedias resultará un punto de discordia continuo además de mostrar políticamente que se quiere nadar y guardar la ropa a la vez.

Hay leyes que marcan una ruta clara hacia unos principios pensados en la dignidad de la persona y precisamente si se quiere un trato de igualdad en la enseñanza en una ciudadanía que contiene muchas creencias distintas, el único punto de coincidencia para todos es la laicidad de la escuela.Yno vale, para el caso, las componendas de asignaturas que puntuarán o no puntuarán sino que se trata de que la religión esté fuera
de la escuela, sea la religión que sea.

Lo que ocurre es que la Iglesia, -que no la religión, que no es lo mismo- quiere cobijarse bajo el paraguas de la escuela pública, adquiriendo con ello una cierta carta de institucionalidad; no es extraño que lo quiera, ya que durante algunos decenios estuvo en ello.

Por eso mismo, para marcar la diferencia entre una situación política y otra, es necesario que el sistema de enseñanza pública se vea libre de cualquier confesión, sea puntuable o no. Se trata de fomentar lo que une, no lo que divide y así como la laicidad es el punto común para todos, sean cuales sean sus creencias y al margen de ellas, justamente las iglesias y confesiones diversas lo que hacen es a la inversa, separar a los fieles de los infieles.

En la política, hay momentos en los que es necesario tomar decisiones claras y apostar a lo más razonable aunque cueste un precio de votos a corto plazo, porque lo que se defiende en este caso es una educación para la dignidad humana, común a todos. El ámbito de lo religioso debe quedar como lo que es, creencias personales con sus congregaciones, pero sin instituciones públicas de por medio.

R. MARGARIT, psicóloga y escritora

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