La vigencia del valor moral de la tolerancia

Los terribles acontecimientos acaecidos en París, a raíz de los atentados terroristas que costaron la vida de más de ciento treinta  personas, entre ellas tres chilenos, nos recuerdan   con crudeza   que la defensa y la promoción de la tolerancia sigue siendo un elemento central en cualquier estrategia de promoción de nuestro ideario laicista.

En efecto estos  atentados, organizados por miembros activos del llamado Estado Islámico, tienen una profunda raíz de intolerancia religiosa y cultural.  El objetivo declarado de esta organización es unir y controlar todas las regiones habitadas por musulmanes en un Califato, imponiendo en ellos su autoridad religiosa. En una primera etapa se proponen controlar  Irak y el Levante, Siria, el  Líbano, Palestina, Jordania y parte de Turquía. Desde un punto de vista religioso se caracterizan por una interpretación fundamentalista y altamente intolerante del Islam, declarándose enemigos de los no musulmanes  y de aquellos otros a quienes llaman falsos musulmanes.

Nuestra visión laicista, que surge como fruto de una larga y dolorosa experiencia en el devenir de la historia de la Humanidad, propone la separación de los ámbitos civiles y religiosos, reservando a cada cual la esfera de influencia que le es consustancial. El laicismo no es una expresión de anti-religiosidad.  Lo que pretende es proteger un principio superior, la libertad de conciencia  y, como fruto de ella, el irrestricto respeto a todas las creencias.

Como consecuencia de ello y para garantizar esa libertad, ese respeto y esa tolerancia, el poder civil debe estar separado de toda influencia religiosa particular que pretenda instrumentalizar al estado en la defensa de su particular visión del mundo.

A lo largo de su historia, la humanidad ha sufrido períodos cíclicos de  intolerancia religiosa en los que se justificó crímenes horrendos y una barbarie que degradaba la  concepción del hombre.

El fanatismo  presente en las cruzadas y en las guerras religiosas en Europa, entre católicos y protestantes,  la matanza de los Hugonotes en Francia,  los crímenes de la Inquisición, las muertes en la hoguera , etc. fueron expresiones  de una intolerancia brutal llevada al extremo, y exacerbada por oscuros intereses mucho más mundanos que espirituales.

La desestabilización del Medio Oriente producida por las intervenciones militares, en el afán de controlar la producción y el abastecimiento  de petróleo, ha traído insospechadas consecuencias tanto en  Irak como en Afganistán y ahora también en Siria y sus vecinos. Las facciones musulmanas más moderadas han cedido frente a aquellas otras mucho más radicalizadas y agresivas, que levantan como bandera la lucha contra los invasores e intervencionistas de occidente.

La elección de París para la realización de estos horribles atentados no ha sido al azar. La sociedad francesa, en cuyo seno se desencadenó  la revolución que trajo consigo los ideales  de Libertad, Igualdad y  Fraternidad, ha sido en Europa una de las más  proclives a abrir sus puertas a todo tipo de migrantes, provenientes  especialmente de sus ex colonias y muchos de ellos de tradición musulmana.

Esa sociedad francesa, abierta, tolerante y  democrática  en  que  la  separación  de  los  aspectos religiosos y políticos constituye un sello característico irrenunciable es, tal vez, la de mayor tradición laicista en Europa y también, por ello, un símbolo vivo de la integración la diversidad, el respeto a la libertad de conciencia. Por ello se transformó en un blanco para la más extrema de las manifestaciones del integrismo religioso, el terrorismo.

Es por ello que, aquellos que defendemos como un principio la libertad de conciencia y aspiramos a vivir en una sociedad diversa e integradora, donde se respeten los derechos de las personas y se acojan sin exclusión todas las manifestaciones culturales, debemos estrechar filas en defensa de un laicismo  que garantice a todos el respeto a sus concepciones religiosas y a sus ideas políticas.

Ese camino de defensa del laicismo tiene un correlato en la política internacional  que se expresa en el respeto al derecho internacional, la no intervención en los asuntos internos de otros países, la libre determinación de los pueblos y la solución pacífica de los conflictos. Esta posición no significa neutralidad o un relativismo moral acomodaticio, significa que, en la defensa de la libertad, de la justicia, de la tolerancia y la solidaridad humana, corresponde a cada pueblo hacer su propio camino y vivir su propia experiencia.  Mientras tanto  nos unimos a todos aquellos que con fuerza condenan de la manera más categórica los horrores de la violencia y el terrorismo nacidos del fanatismo y la intolerancia.

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