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La revista feminista que trataron de secuestrar para que no hablara del Patronato de Protección a la Mujer

Esta semana, Emakunde, Instituto Vasco de la Mujer, ha entregado el premio que otorgan anualmente a proyectos o personas que contribuyen a la igualdad en Euskadi. En esta ocasión han querido premiar el periodismo con perspectiva de género. Han dividido el premio entre Lucía Martinez Odriozola a título póstumo, el diario Berria y Pikara Magazine, revista a la que pertenezco. ¡Estamos de enhorabuena, sí!

Total, que se han quedado unos días muy bonitos para explicar que no, que nosotras no somos las primeras ni muchísimo menos en hacer periodismo con enfoque de género. Desde El Pensil Gaditano —el periódico de 1856 que es considerado el primero de corte feminista— a Vindicación feminista —una revista setentera que hizo las delicias de las miles de mujeres que empezaban a organizarse entonces en el Estado español— son cientos las mujeres periodistas que han creado sus propias cabeceras para contribuir con su trabajo a la transformación social.

Bego, militante feminista y vecina del barrio, me trajo a la redacción de Pikara Magazine toda su colección de ejemplares de Vindicación feminista cuando supo de mi interés por la memoria histórica del movimiento. Ahora, guardo con una delicadeza de la que normalmente no hago gala, prácticamente todos los ejemplares de esta revista que se estuvo editando entre  1976​ y 1979. La verdad es que cualquiera de sus números está repleto de piezas maravillosas en las que las periodistas y colaboradoras que hacían la revista se dedicaban a denunciar la situación de desigualdad y vulnerabilidad en la que se encontraban las mujeres españolas. Escribieron decenas de textos, pero hay uno que a mí me impactó especialmente.

El 1 de septiembre de 1977 salió al mercado el número 15 de la revista. Costaba 100 pesetas y la directora era Carmen Alcalde. Ese número, exactamente el número 15, sufrió una orden de secuestro. ¿Qué osaron publicar? Un reportaje titulado Patronato de protección a la mujer: fábrica de subnormales. El texto es desolador y es, probablemente, uno de los textos de la época que explicó con mayor crudeza qué significaba el Patronato y las consecuencias que tenía en la vida de las mujeres. Una institución perversa, vinculada directamente al régimen, que sirvió durante años de mecanismo de represión y control contra las mujeres.

La periodista Magda Oranich, que también había sido víctima del centro, da cuenta en el “famoso” reportaje de una de las religiosas que tuvo a bien explicar que ella no necesitaba ni titulación ni conocimientos especiales para tratar a las niñas con las que trabajaba (sic): “Yo conozco mejor que cualquier psiquiatra a estas niñas. Yo las interrogo, las aconsejo y las medico. Solo en muy contados casos es preciso darles electroshock”.

Pero sigue: “En las primeras entrevistas con ellas me entero de su pasado, aunque algunas me mienten y entonces es preciso reconocerlas ginecológicamente. Sobre todo para saber si son o no vírgenes. Para saber si han pecado. Porque hay mucha diferencia en el trato con unas o con otras”.

Oranich reconoce que, a pesar de que fue muy complicado poder entrar al centro al que entró en Barcelona, la trataron bien. Estuvo en el Buen Pastor, uno de los reformatorios que gestionaban las Adoratrices en Barcelona.

Las víctimas —supervivientes— narraban una película de terror en el mismo reportaje: “Si se es obediente y se aceptan las indicaciones de las mujeres hay que fingir que nos hemos vuelto idiotas. Imitamos los gestos y la voz de niñas de doce años, fingimos caprichos infantiles y entonces nos premian con muñecas y caramelos”.

En el texto, Magda Oranich denuncia también que las lesbianas que caían en manos del Patronato eran expuestas a tratamientos psiquiátricos. Es probable que ahí estuvieran todas esas lesbianas que, en teoría, y sólo en teoría, no fueron tan represaliadas en el franquismo. La periodista denunciaba que podías caer bajo la tutela del Patronato por muchas razones y contaba, por ejemplo, que un padre fascista había entregado desesperado a su hija porque él no quería una Pasionaria en casa. Advertía, además, de los trabajos forzosos a los que sometían a las internas y de las grandes fortunas que estaban amasando algunas de las órdenes religiosas que tenían trabajando a cientos y cientos de mujeres. Nadie como la escritora y periodista Consuelo García Cid conoce tan bien cómo funcionaban y los describe con crudeza: “La formación académica no les interesaba. Los centros de Patronato eran lugares de castigo y de mano de obra gratuita. Las internas hacían trabajos forzados.”

El reportaje llegó a los quioscos.

Carmen Guillén Lorente, autora de la tesis doctoral El Patronato de Protección a la Mujer: Prostitución, Moralidad e Intervención Estatal durante el Franquismo cuenta que cuando la Policía llegó a los locales de la distribuidora la revista ya estaba en reparto. El Patronato de Protección de la Mujer les había denunciado. Además, aprovecharon uno de sus principales mecanismos de propaganda, los boletines informativos que editaban, para seguir con la pataleta: “No queremos dejar sin respuesta las abrumadoras inexactitudes que  se  vierten en dicho artículo,  y además para  alertar, una  vez  más, a  todos los miembros nuestra  institución  en  la  prensa  diaria  y  periódica,  sin  fundamento  alguno,  y  con  una  saña,  mal estilo  y  aviesa  intención,  que  no  pueden  ser  más  evidentes”.

Aviesa.

Tócate las narices.

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