La religión

COMENTARIO: El laicismo no surge sólo de la libertad de conociencia protestante, promovida por el fundamentalismo y las guerras de religión. Se inicia con la independencia de juicio que propugnan filósofos clásicos como Leucipo de Mileto, Demócrito,… que el imperio religioso ha ocultado en favor de quienes beneficiaban sus ideas de dios.


Una editorial me ha lanzado un reto. ¿Podría explicar si la religión ha aportado algo al progreso de la humanidad? El asunto me interesa. Y creo que, apelando a la historia, la contestación tiene que ser positiva. Sin embargo, en la actualidad cunde la idea de que la religión es un fenómeno peligroso, irracional, incompatible con una visión laica e ilustrada de la realidad, que exige una claudicación del pensamiento crítico o, como decían los teólogos clásicos, un sacrificium intellectus.

Sé, por supuesto, que no hay ferocidad que no se haya realizado en nombre de Dios, y conozco también los trágicos resultados de la unión de la religión con la política, pero creo que el tema tiene más envergadura. La evolución biológica depositó a un animal listo en la playa de la historia. A partir de ese momento comenzó un larguísimo proceso de humanización de la especie en el que todavía andamos comprometidos.

El sabio Dilthey decía que al ser humano no se le puede conocer por introspección, sino estudiando aquellas actividades a las que se ha dedicado asiduamente a lo largo de la historia. La cultura es, en cierto sentido, una expresión de la esencia humana, su despliegue. Pues bien, los hombres siempre han intentado conocer la realidad, explicarse las cosas, crear lenguajes, pintar, hacer música, establecer normas, e inventar religiones.

La religiosidad forma parte de nuestro repertorio vital. Hasta en sus formas más elementales manifiesta la creencia en una realidad más poderosa, más perfecta, más bondadosa que la perceptible. Esta afirmación, con independencia de su verdad o falsedad, funcionó como una gigantesca llamada a la superación. La indiscutible finitud, limitación, facticidad del ser humano encuentra una línea de escape, un dinamismo distinto cuando se contempla sobre el telón de fondo de la trascendencia, que nos libera de la intranscendencia.

Un filósofo no religioso, como fue Horkheimer, decía algo parecido al mencionar el anhelo de lo totalmente otro, que él relacionaba con la nostalgia de una justicia perfecta. "En un pensamiento verdaderamente libre –escribió– el concepto de infinito preserva a la sociedad de un optimismo imbécil, de absolutizar y convertir su propio saber en una nueva religión". Esa llamada a transcendernos a nosotros mismos ha impulsado la creación del concepto de dignidad humana, y la ética fundada en ella. Sin embargo, como expliqué en Dictamen sobre Dios, las morales religiosas han producido vástagos parricidas, que se han vuelto contra ellas. Por ejemplo, la idea de "libertad de conciencia" –ausente en muchas culturas– es un fruto de la teología protestante. El laicismo tiene orígenes religiosos, y la ética brota de las morales para después servir de criterio de evaluación de esas mismas morales de las que procede.

La religión –da igual que nos refiramos al hinduismo, el confucianismo, el platonismo, el judaísmo y sus derivados– instauró un dinamismo de búsqueda de la perfección que hizo que la humanidad no se resignara a permanecer en su condición de animal inteligentísimo. Un dinamismo, por cierto, que aún no ha alcanzado su meta. Por eso decía el perspicaz Nietzsche que los humanos estamos aún en búsqueda de definición.

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