La religión de Trump

La paradoja y el escándalo también marcan la relación del nuevo presidente de los Estados Unidos con la religión. Con la venia de mi buen amigo Manuel Erice, y de su fino análisis publicado en la editorial Encuentro «Trump. El triunfo del showman», recordemos que Donald Trump es el noveno inquilino de la Casa Blanca que se confiesa cristiano de denominación presbiteriana. Aunque no suele referirse a su religiosidad, tampoco la oculta cuando se le pregunta por ella. Su mentora en estos temas, la pastora evangélica Paula White, ha adquirido estos días un protagonismo singular en los análisis sobre esta cuestión en medios americanos. Hay quienes como el sociólogo de la religión Philip Gorski piensan que el «trumpismo» es una forma secular de nacionalismo religioso. Otros hablan de su adscripción a los evangélicos culturales, los que despojan el contenido trascendente y ético de su confesión y la convierten en señal de identidad.

Lo que está claro es que Trump está cumpliendo, en los primeros días, lo que dijo en la carta dirigida, el pasado mes de octubre, a los líderes católicos reunidos en Denver. Allí se comprometió a apoyar la libertad religiosa, la causa provida y la libertad de enseñanza. Escribió aquello de que «soy, y seguiré siendo, provida. Defenderé vuestras libertades religiosas y el derecho a una completa y libre práctica de vuestra religión». No hay que olvidar el deterioro de la libertad religiosa y de la libertad de conciencia en los mandatos de un Obama que se declaraba cristiano, pero sin adscripción a una confesión concreta desde que en 2008 se desvinculara de la United Church of Christ.

Hay, en la prensa italiana, quien se quejaba esta semana de algunos medios que, a la hora de informar sobre Trump, centran su foco informativo en lo que supone una confrontación evidente con la concepción cristiana de la existencia, inmigración, muro con Méjico, lucha contra el cambio climático, políticas contra la pobreza, y no han ofrecido una información adecuada de sudecisión de cortar la financiación de las organizaciones internacionales que promueven el aborto fuera de los Estados Unidos.

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